Atlántica XII, nº 56, mayo de 2018.

Luis Feás Costilla

El pintor, dibujante, escultor y escritor asturiano Jaime Herrero (Gijón, 1937) asegura ser el autor de uno de los carteles más conocidos de Mayo del 68, el del policía de los CRS con la porra, el casco antidisturbios y el escudo que acompaña a estas líneas, mil veces reproducido.

Lo hizo, según afirma, la primera noche de revueltas en las calles de París, usando los pocos medios de que disponía y ante la demanda de sus compañeros activistas, al comienzo de un conflicto en el que se mantuvo básicamente de espectador. Después de los primeros incidentes graves decidió ausentarse y marchar a Versalles por si acaso, siguiendo el consejo de un amigo legionario.

Herrero estuvo toda la década yendo y viniendo desde Asturias. En París tuvo varios oficios, desde pintor de brocha gorda de la Torre Eiffel hasta falsificador en los bajos fondos, según contó en esta misma revista, y también trabajó pintando carrocerías en la Renault, donde tuvo que afiliarse a un sindicato y lo hizo en el minoritario anarquista, en el que predominaban los españoles.

Arte colectivo y anónimo

Dados sus contactos en los medios artísticos y con el grupo surrealista le animaron a moverse también entre los estudiantes de la Sorbona, una vez se tuvo conciencia de que en la capital francesa iba a estallar “algo muy gordo”.

La primera noche de disturbios y de carreras por los bulevares de la orilla izquierda del Sena le acabó llevando a la Escuela de Bellas Artes, donde, con el apremio de tener que expresar en imágenes lo que sucedía, se las ingenió para con una sencilla plancha de metal y un punzón diseñar ese cartel ahora tan famoso, de contornos definidos y blanco y negro muy marcado, en una primera tirada que dejaron secar colgada con unas pinzas.

Repartido y pegado por todo París, el éxito del cartel hizo que se conocieran otras versiones inmediatas, hechas con más medios y ya en imprenta.

Cuando le preguntan que por qué no lo firmó, responde diciendo que el cartelismo es un arte colectivo, que pertenece a todos desde su misma concepción, y que además no era tan tonto como para incriminarse si las cosas venían mal dadas. También hizo caricaturas de Franco para la editorial Ruedo Ibérico y tampoco las firmó, “¿no te jode?”.

En lo sucedido en París subraya la importancia de grupos de vanguardia como el surrealista, la Internacional Situacionista y los patafísicos. Recuerda los contactos entre el grupo surrealista y el Partido Comunista francés, frustrados por la pretensión de este último de monopolizar la revuelta, a la que descalificaron después como “algarada” o “tumulto infantil”.

Eso hizo que se minimizaran los muertos, “que los hubo”, como los “mártires de la Sorbona”, víctimas del desalojo policial. O las mujeres violadas en los furgones de la policía, “algo que ocultan hasta los cronistas de la época”. También destaca que el Mayo del 68 no solo se produjo en París, sino “en toda Francia”.

El legado de Mayo del 68

De todas maneras asegura que la importancia del Mayo francés no se puede obviar, pues dio lugar nada menos que a “una nueva clase social, la de los mandos intermedios”, que tomó conciencia en ese momento y se tradujo en revistas como Cahiers du Travail.

También es fundamental en todo lo que supuso la “liberación sexual, incluso en lugares tan en la periferia como Oviedo”, y ayudó a formar a una generación de líderes que han marcado el pensamiento de los últimos cincuenta años, como Daniel Cohn-Bendit.

“A mis amigos más jóvenes les decía que la revolución les había puesto cara de mayores”, asegura el pintor, para quien el vencedor inmediato de Mayo del 68 fue el general De Gaulle, pero en una victoria pírrica que no pudo impedir que el orden cambiara definitivamente.

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