Xuan Bello, 2004.

Cuando la Carlistada, contaba Bras, el cabecilla Ayones había llegado perseguido hasta Queirúas por los liberales que lo habían tropezado en las tierras tinetenses de Ríu Castiellu. Al galope, al galope, había conseguido el defensor de don Carlos escapar hasta la costa y al llegar a la playa el caballo que montaba cayó desfallecido. “De poco le iba a servir -comentaba Bras-, que nunca se vio un caballo que nadara o cabalgase sobre el mar.” Ayones miró la bocana del horizonte, pensando que tal vez era lo último que veía, y decidió que antes de morir preso se metería mar adentro hasta ahogarse. Los liberales, que venían también desfallecidos pero que habían refrescado la caballería en Trevías, nunca supieron lo que había pasado. Los vecinos de Queirúas sí: Ayones, que llegó si no me confundo a marqués de la Lealtad y que  estas alturas de la historia ya era el tatarabuelo de Bras Ferreirín, entró en el mar cantando aquello de “Si me matan que me maten/ no me matan por ladrón,/ que me matan por defender/ a don Carlos de Borbón”; cuando ya el agua le llegaba a la cintura, un delfín asomó la cabeza y se puso a hablar con él. “Lo que acordaron ni se sabe, pero el caso es que Ayones se puso a lomos del delfín y huyó con él agarrado a la aleta.” Dicen que llegó hasta la ría de Bilbao, que los carlistas estaban cercando, y quién sabe si Ayones no sería alguno de los oficiales que Miguel de Unamuno vio en su infancia incendiando la villa. Del delfín, decía Bras, se supo poco, aunque de vez en cuando aparecía por Queirúas a ver si llegaban más leales con necesidad de auxilio. “Dicen que el delfín traía boina colorada, pero eso son cuentos de los antiguos. ¿Para qué iba a querer una gorra si con meterse en el agua ya se protegía del sol? La gente, según pasan los años, exagera mucho.”

Ahora bien que me pesa no haberme tratado más con aquel hidalgo asturiano, extemporáneo y valleinclanesco, que fue don Jesús Evaristo Casariego. Le conocí un atardecer del invierno de 1981 en la librería Santa Teresa (…) Jesús Evaristo Casariego vivía en el siglo XVII y no reconocía ningún movimiento de frontera, aunque fuera entre dos concejos. Para él, según me explicó, el Franco-Condado seguía siendo tierra española y no reconocía la independencia de ninguna república americana. “España -afirmó- sigue siendo España. A principios de siglo, en el Franco-Condado, la gente todavía pedía ser enterrada panza abajo, para que no le pisaran la cara las botas francesas.”

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