Fuente: José Manuel Castañón, Me confieso Bolivarianamente, R. J. Ediciones, 1982. pp. 49-51.

Ese espíritu en mi Asturias se ha dado en mi mejor amigo asturiano Miguel Virgós Ortiz, en su empeño de santa política. Con total desinterés y desprendimiento creó y presidió la Asociación de Padres de Alumnos tan llena de conflictos en los años del franquismo, cuando fue creada, y muchos jóvenes iban a la cárcel por sus ideas políticas y así, a la hora de su muerte por un fulminante infarto a los 55 años de edad, acudieron a rendirle tributo estudiantes y padres de estudiantes de todas las ideas políticas, igual que los Partidos, por una vez conmovidos, de que un hombre por amor en anticipado espíritu advinente haya podido hacer tanto. Yo le acompañé alguna vez por los pueblos de Asturias, porque no sólo en la capital se entregaba a su labor de adelantado.

Oh, amigo del ama. Fuiste el mejor alumno de nuestra promoción universitaria, con matriculas de honor en todas las asignaturas y Premio especial también de honor en la Licenciatura. Pudiste ser un catedrático, pudiste también ser un Senador si te lo hubieras propuesto; pero tu socialismo era de muy anticipado tiempo, muy en Espíritu y, por tanto, preferiste cuando la profesión te sonreía, cortar con ella sin pensar en acrecentar la posición que bien merecía en grado sumo a la hora de tu muerte tu familia numerosa. No, mi amigo del alma, tú no naciste para ser uno de tantos. Te percataste de un grave problema y te solidarizaste con él, reuniendo padre sencillos y laboriosos, por lo general, para mejor atender las necesidades de los estudiantes. Fuiste único en la carga que echaste sobre tus hombros. Tu salud ya minada por un primer infarto, se hubiera repuesto de olvidarte de los problemas. Ya bastante habías resuelto con tu Amor. Recuerdo, querido Miguel, que nuestro amigo común, nuestro admirado amigo común, don Pedro Caravia, me habló así comulgando ambos con tu recuerdo, como tendremos que hacer tantas veces: “El gobernador (uno de aquellos gobernadores de las postrimerías del franquismo) me dijo refiriéndose a Miguel, cuya dialéctica de amor, en pleno espíritu, era irrebatible: “Miguel Virgós es conflictivo, no crea más que problemas”. Y tu gran amigo don Pedro Caravia que, a pesar de sus años, te seguía y alentaba en tu Asociación, te defendió respondiéndole: “Pero vamos a ver, señor Gobernador, ¿los problemas existen o no existen”. El egoísmo no quiere problemas, quiere seguir con misas y sermones. Tú sabías que había muchos, muchos problemas, y aunque nunca te faltó tu fe de misas más que de sermones, los problemas los afrontabas en bien del común, sin importarte la salud que te minaba.

¡Qué hombre, este Miguel, qué honrado!, exclaman quienes le conocieron, y la sonrisa suya de espíritu flota en el ambiente. Pudo ser lo que quiso en las postrimerías del franquismo -me dijo un joven recordándole-, y no quiso ser nada, para serlo todo en el darse a los demás, con esa palabra de sembrador que jamás buscó la cosecha material en sus destinos solitarios.

Morir así, sabiendo que un ejemplo de Amor, mató a la muerte que tanto preocupa a los estómagos, por estar lejos aún dar dar, ese dar dar, que Miguel insufló a su vida tan despierta espiritualmente en el Todo asturiano en el cual estabas inmerso. No es pasión de amigo el juzgarle así. Otros amigos que fueron sus condiscípulos, se han conmovido también. El Rector de la Universidad de Oviedo, Teodoro López Cuesta, el mismo día en que Miguel Virgós Ortiz dio sentido pleno con su muerte a la vida, el 10 de junio de 1978, escribe al Presidente en funciones de la Asociación de Padres de Alumnos y demás miembros de la Asociación:

“Hace unos momentos que he tenido noticia, la tremenda, la increíble noticia del fallecimiento de Miguel. Era mi amigo, pero sobre todo era el ejemplo por su laboriosidad, por su entrega, por su honestidad. Qué difícil es escribir sobre él cuando se tiene, como yo lo tengo ahora, el corazón y la mente destrozador por el dolo. Le he querido y respetado hasta el extremo. Os ruego, os pido que sigáis su ejecutoria. Hace unas horas, muy pocas, tratábamos de los problemas pendientes. El lunes tendríamos que reunirnos de nuevo. No concibo mi trabajo futuro sin su acicate, sin su exigencia continua hacia una Universidad mejor. Quiero que su recuerdo constituya para mí un estímulo y una disciplina. El y yo amábamos entrañablemente a esta Casa. Se me ha muerto lo más precioso que puede tener un hombre, un amigo. Dios quiera que sepa honrarle con mis obras en la seguridad que desde el Cielo él me lo agradecerá o me lo demandará. Y ahora dejarme llorar en silencio”.

Son sentimientos éstos que transcribo porque demuestran un estado de ánimo que, no es tan fácil, vuelque una autoridad universitaria, precisamente, acicateada siempre por los problemas que le planteaba la Sociedad de Padre de Alumnos, con un Miguel Virgós a la cabeza, espiritualmente Uno por muchos y siempre lejos de la mezquindad de lo material. Otro Rector, posiblemente no habría tenido la generosidad de expresarse así, como nuestro antiguo condiscípulo Teodoro López-Cuesta; pero para mí que sé de la zafia estimativa de este Rector nada diligente para su cátedra, para sus pompas y vanidades, que la fe en lo que dice, por averiado de su yo, pienso en sus juicios, como una palabrería sin consecuencia en su quehacer rectoral llegando él a lo más y la Universidad ovetense, por mucho dinero que consiga del centralismo (y competentes que sean muchos de sus profesores), a lo menos.

Indefectiblemente uno está con los muertos que fueron ejemplo de vida, como este Miguel Virgós Ortiz -en el para mí, fin de ciclo asturiano- que ha sabido regar con su espíritu de buen sembrador todo lo material que ha acariciado con sus manos y flagelado angelicalmente con su verbo cuando tenía que hacerlo.

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