Manifiesto de Carlos VII arreglado por Guillermo Estrada.

Al Ejército:

Al pisar de nuevo el suelo extranjero y con el corazón todavía conmovido por vuestra desgarradora despedida, creo que mi primer deber es dirigir una palabra amiga a los que fueron mis compañeros de armas. Testigo de vuestro valor heroico en los días de triunfo, y de vuestra abnegación más heroica, si cabe, en la hora de la adversidad, jamás podrán borrarse de mi alma el querido recuerdo de los que fueron leales hasta el último momento.

Todas las hazañas que soñaba cuando en mi primera juventud y en la tierra de la proscripción pensaba lo que podía hacer con vuestra ayuda, las habéis realizado, Montejurra, Somorrostro, Abárzuza, Urnieta, Lácar y tantos otros nombres ilustres son otros pasos que habéis dado en el camino de la gloria, y gloriosamente seguidos por vuestros hermanos de las demás provincias. Desprovisto de todo, vuestra constancia suplía a todo y jamás enfrente de vuestros adversarios habéis contado su número ni medido la desproporción de vuestros recursos para llegar a la victoria.

Si fe tan valerosa y resignación tan noble han venido a quedar infructuosas, no desaniméis.

Fuertes como yo, enfrente de la desgracia y confiados en el Dios de los Ejércitos, mostraos dignos del renombre que habéis adquirido, y esperad siempre en los destinos de una Patria que entre sus más humildes hijos cuenta con hombres como vosotros.

Descendientes de aquellos antiguos españoles que a la sombra del Altar y del Trono ocupan tan alto lugar en la Historia, será siempre para mí una gloria, que la desgracia no empequeñecerá jamás, haber estado a vuestro frente, así como hoy es mi mayor dolor el separarme de vosotros.

Vuestro Rey y General,

CARLOS

Pau, 1º de marzo de 1876.

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