Fuente: Jaime de Borbón. El último rey romántico,  César Alcalá, Seyce Ediciones, 2011, pp. 130-133.

“En 1928 don Jaime pidió a Sancho Arias de Velasco, catedrático en derecho, reconocido jurisconsulto y delegado suyo en Asturias, y al resto de delegados regionales y algunos jurisconsultos para que estudiase el modo de que su sucesión llegase a los hijos de doña Blanca. Don Sancho Arias de Velasco recoge su criterio y confirma la exclusión de las otras ramas dinásticas. Leamos lo que escribió don Sancho Arias de Velasco al respecto”:

En el Partido Carlista la única persona necesaria es el Rey: “del Rey abajo ninguno es necesario”. No tiene razón de existir este gran Partido, único y verdaderamente tradicionalista, sin la persona del Rey. Ni unificaciones ni fusiones se pueden admitir; se ha de continuar su admirable historia; se hace necesario y con urgencia que salgamos de esta incómoda situación, abordando resuelta y definitivamente el problema de sucesión, atemperándonos a los preceptos de nuestra Ley Fundamental sin sugerencias extrañas, de todo punto inamovibles.

A fines del año 1928, D. Jaime dirigió a los que entonces figurábamos como jefes regionales, y a otros distinguidos jurisconsultos que formaban en la Comunión Monárquica Legitimista, una consulta que constaba de seis preguntas dirigidas todas ellas a dar solución al problema sucesorio. Daba D. Jaime por supuesto que, por un orden natural su tío D. Alfonso Carlos, en atención a lo avanzado de su edad, le antecedería en la muerte, y que Él moriría sin sucesión habida en constante y legítimo matrimonio.

En la última pregunta del cuestionario debíamos contestar los consultados a la siguiente: “manera de llegar a conseguir el reconocimiento del inmediato y legítimo sucesor”; y en la misma pregunta se apuntaba la solución, interesado se estudiase la forma de llegar, al amparo de la Ley, a sus sobrinos varones hijos de su hermana Doña Blanca.

La Providencia dispuso que D. Alfonso Carlos sobreviviera a su sobrino D. Jaime, y los carlistas, sin vacilación alguna y sin la más ligera discrepancia, reconocieron y acataron al primero, por ser el llamado por la Ley Fundamental de 1713, o sea la V, Título I, Libro III de la Novísima Recopilación.

No dejaron pasar mucho tiempo los monárquicos partidarios de D. Alfonso XIII, sin adoptar una nueva y engañosa actitud con relación al Carlismo; y después de los famosos manifiestos de D. Alfonso Carlos y de D. Alfonso XIII, los carlistas pidieron al Rey en respetuosos escritos, y de palabra por medio de nutridas comisiones, que de acuerdo con representantes de todas las regiones de la España Carlista que se designaran, elegidos entre todas las clases sociales, y a modo de Cortes Tradicionales, es decir, dar solución al problema sucesorios llegando a la proclamación del Príncipe de Asturias, ajustándose en los llamamientos de nuestra Ley Fundamental.

Todas nuestras peticiones fueron denegadas, por el Rey, con el pretexto de no tener ni Él ni el pueblo carlista facultades para dar solución al problema que las circunstancias exigían.

Sólo de una manera podía explicarse esta obstinada resistencia del Rey, que no quiero mencionar por el respeto que merecen los muertos.

Una gran parte del Partido Carlista celebró una magna asamblea en Zaragoza, sin la concurrencia del Rey, pero sin que ello implicara acto alguno de rebelión, aunque así fue estimado sin el menor fundamento de razón.

En la asamblea se estudió con detenimiento y en forma de ponencias la solución del problema causa de tanta preocupación entre los carlistas, llegándose a la conclusión única admisible conforme a la letra y al espíritu de la Ley: estábamos y estamos en el penúltimo caso de los llamamientos a la sucesión. Muerto D. Alfonso Carlos sin descendencia, ni hermanos ni hermanas, el designado tenía que ser “el más próximo pariente del último reinante, sea varón o sea hembra”. Doña Blanca, sin duda alguna; y en ella debe buscarse sucesor y rigurosa agnación, puesto que tiene hijos varones habidos en constante y legítimo matrimonio.

En uno de mis modestos escritos que publicó El Cruzado Español, insinué esta sospecha: es muy posible que después de la muerte del Rey aparezca algún documento póstumo, que traerá consigo funestas consecuencias. Ahí tenemos esa especie de testamento por comisario, disposición de D. Alfonso Carlos, pretendiendo convertir a la Comunión Monárquico Legitimista en una absurda regencia, como si se tratara de un príncipe incapaz o menor de edad; y esto ni tiene ni puede tener explicación posible: es una completa negación de nuestro derecho dinástico; la oposición más violenta que pueda oponerse a la Ley de sucesión; es una verdadera manifestación de absolutismo, que no tiene cabida en nuestros principios; que ni debemos ni podemos respetar.

Si en vida el Rey no tenía facultades, ni era una misión de su pueblo fiel, para determinar el inmediato sucesor, ¿cómo pudo transmitirlas al príncipe D. Javier, para que éste resolviera el problema? ¿Con qué poderes y a nombre de quién actúa en este asunto el señor Fal?

  • Autógrafo cedido por doña María de los Dolores Arias de Velasco.
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