Texto de Miguel Ángel Astiz, publicado en Don Carlos Hugo. Príncipe para el futuro, SUCCVM, Zaragoza, 1967.

Le conocíamos cómo era. Veíamos sus cualidades. Pero cuando el príncipe don Carlos comenzó sus contactos con el público, no podíamos menos de pensar si haría a todos la misma impresión que a nosotros. Era algo así como cuando un hijo comienza a alternar en sociedad, fuera del claustro de la familia.

Lo vimos en Bilbao, prueba difícil. Don Carlos hacía su primera visita, establecía su primer contacto con gentes vizcaínas, carlistas y no carlistas. De muy diversos matices políticos fueron las que le visitaron en el palacio de los Lezama Leguizamón, en Algorta.

Don Carlos se ganaba a los visitantes uno a uno, sin fallo.

Hubo quien fue a pulsar la tecla de la etiqueta cortesana, pensando en un príncipe «Sisí», y le falló. Hubo quien fue a ver si debajo del título se escondía una formación deficiente, un alejamiento de la realidad española, y le falló. Hubo más de uno que quiso buscar a don Carlos pretendidos viejos resabios, una mentalidad arcaica, y le falló.

Don Carlos nos hizo sonreír, amplísimamente, al ver el eco que tuvo en todos los que charlaron con él, gentes bien destacadas en la vida vizcaína.

No hizo para ello otra cosa que mostrarse como es.

Luego, supimos que estaba en lo hondo de un pozo de una mina de carbón asturiana, trabajando de vagonero. Y volvimos a pensar: ha hecho un gran efecto entre gentes cultivadas, dirigentes de industrias, intelectuales. ¿Qué efecto hará entre los mineros, trabajadores elementales?

Y nos fuimos a verlo. En las últimas horas que iba a vivir en el pozo «El Sotón» entre sus compañeros de trabajo de un mes, allá en La Felguera.

De eso vamos a escribir ahora.

JAVIER IPIÑA SE DESCUBRE

Hacía pocas horas que el príncipe, antes de despedirse de todos, les había hecho saber quién era. Y la noticia había corrido como reguero de pólvora por toda Asturias; cuando paramos el coche en plena carretera y preguntamos: «¿Dónde está el pozo «El Sotón»?, se rió socarronamente el campesino asturiano al que nos habíamos dirigido, y nos soltó:

-¿Qué, van a ver al rapaz? ¡Bien callado se lo tenían que el minero era príncipe!- y movía la cabeza como reprochándonos que no lo hubiéramos publicado antes.

Ya todos comentaban: ¿Sabes que uno de los estudiantes que vinieron a trabajar un mes en la mina es el príncipe de los carlistas? Y dicen que trabaja bien duro y bien fino…

Don Carlos había ido a la mina, como estudiante universitario, con el carnet de un muchacho bilbaíno, Javier Ipiña, para ocultar su personalidad. Así pudo ver y oír mejor, y estar en el pleno ambiente que deseaba. Sólo uno sabía desde el principio quién era Javier Ipiña: un estudiante carlista madrileño, Celestino García Marcos, que se lo calló naturalmente…

UN MINERO SE ENTERÓ Y GUARDÓ EL SECRETO

Don Carlos se hizo pronto muchos amigos. No quiso hospedarse en ninguna fonda ni, mucho menos, hotel. Se quedó a vivir en lo que los mineros llamaban «La Colonia»: un barracón dentro de la mina, con las condiciones más elementales, y en el que viven los mineros sin familia o los que por otras razones quieren permanecer en el mismo ambiente de la mina, olvidándose del pueblo.

Uno de sus amigos fue Daniel Mansilla. Un minero pequeño, vivo, simpático. Él invitó al príncipe a ir a casa de su novia, para escuchar música que Daniel graba de las emisoras en un magnetofón. Charlando un día, don Carlos le prometió que le dejaría un libro. Y se lo dejó. Pero dentro de él había una carta, que el minero leyó al hojearlo, en la que se descubría la personalidad del príncipe:

-Ya sé quien eres- le dijo aquella mañana, pocos minutos después de la siete, cuando comenzaban su jornadas de llenar vagonetas de grandes trozos de carbón que iban bajando por la rampa en cuya cima lo arrancaban los picadores.

-Pero yo te pido que no se lo digas a nadie, aunque tengas muchas ganas. Me tendría que ir. ¿Palabra de minero que guardas el secreto?

Y Daniel lo guardó bien celosamente. Ni a su novia se lo dijo.

NO LE PARECIÓ BASTA A LA CHICA

En una de las salidas del príncipe con Daniel y su novia fueron a una típica romería asturiana. La novia, preocupada porque el amigo de su novio iba de non, decidió llamar a una chica conocida y hacer dos parejas. Llegó ella y le propuso:

-¿Por qué no te vienes con nosotros? Nos hace falta una… Para ese chico que está con nosotros, trabaja con mi novio en la mina.

-¡No, chica, no, muchas gracias!- contestó la otra. Y aún rubricó: -¡Yo no me peino para un minero!

Don Carlos, en Sama tuvo buena ocasión de ver el alma de Asturias en la esfera popular alegre: las romerías le encantaron por su sencillez y por su tipismo; fueron un buen impacto en el alma del príncipe de una España foral, que no solamente debe hacer, sino amar.

TRESCIENTAS PESETAS DE AHORRO

Don Carlos vivió con lo que ganaba como minero: al terminar el mes, cuando salió, tiznado de arriba abajo de la grasa del carbón del pozo, le quedaban trescientas pesetas y algún cambio.

Eran la reliquia de la experiencia viva del duro trabajo, llevada hasta sus últimas consecuencias. Reliquias que le quedaban, después de haber quedado bien. Dimas, el jefe de los picadores de la mina en el pozo en que trabaja don Carlos, nos decía:

-Ahora me he enterado de que es príncipe. No me importa lo que sea o no. Pero lo que yo sé bien es que para nosotros ha sido el mejor compañero; en el trabajo y fuera del trabajo. Si éste es un príncipe, me gustan los príncipes así.

Don Carlos ha sido en la mina una viva encarnación de cómo se preocupa por lo social. No solamente en estudios que permitan ver el panorama desde lo alto, sino con ese contacto vivo que permite ver y pensar mejor, iluminando las secas teorías. Una monarquía moderna no puede estar aislada de la realidad. Ni el monarca.

NO SE DEJABA ENGAÑAR

Daniel, su amigo, el minero, nos contó:

-A mí me extrañaba desde el principio el interés que tenía por preguntarnos cosas…

Allí en el pozo, a 389 metros de profundidad, como luego en «La Colonia» o en la calle, don Carlos preguntaba por el dinero que percibían los mineros, los gastos de casa, en qué se empleaba y cuánto para divertirse o para ahorrar.

-…Pero no valía que le contestaste uno. Lo que él quería era asegurarse de que era todo exacto. No por desconfianza, ya lo veíamos, sino por saber la verdad, que él buscaba en todo.

Me gustó el detalle: bueno es tener consejeros, informadores; pero mucho mejor es comprobar, saber que se anda por camino firme. Y más en un príncipe, que puede tener que decidir cosas importantes. Lo que al minero le extrañaba era un síntoma de buen hombre de gobierno, manifestado en una brizna, claramente.

DESPERTÓ AMOR

La noticia de que Javier Ipiña era un príncipe alegró a los mineros. Todos le querían ya como compañero y amigo. Y decidieron hacerle su particular homenaje. Por eso, antes de marcharse, le regalaron una de las botas que se bajan al pozo para beber vino.

El mismo efecto causó entre los estudiantes universitarios que hicieron con él la experiencia del mes de trabajo como minero. Uno de ellos, al saber que era príncipe, lo sintió. Y se lo dijo:

-Lamento que seas príncipe, porque yo creí que íbamos a ser después de esto buenos amigos…

Eso hizo el príncipe, entre los estudiantes y los mineros, en ese mes: despertar amor por la claridad de su alma, por su estar siempre al servicio del prójimo. Por practicar, en suma, lo que Carlos VII dijo de los monarcas: «No es el pueblo para el rey, sino el rey para el pueblo».

UNA SENCILLA MODERNIDAD

Sobre el viejo carlismo, romántico y guerrero, pegado a la Tradición con fiera lealtad, la figura del príncipe sopla un viento de modernidad.

Don Carlos, huyendo de todo lo que pueda oler a vieja Corte. Don Carlos, acercándose así, sin privilegios ni rayos, al mundo del más duro trabajo.

Él ha nacido, se ha educado, al aire libre, sin lugares reservados, sin aislamientos. Su casa del palacio de Bostz, sus estudios en Alemania, su título de piloto aviador, luego su vida en Madrid y el Cuelgamuros, han influido poderosamente en él.

Don Carlos no es populacho, ni amigo del señoritismo: es, de un tono alto que le rebosa en el brillo de los ojos y en muy pequeños detalles, y de una sencilla modernidad.

Y sabe plantarse a tiempo:

-Cuando dice sí, es que sí- nos decía Daniel, su amigo minero con el que hablamos. -Al principio parece que no tiene genio; pero cuando llega la ocasión…

Hemos palpado algo que todo hombre debe tener, por más que esté siempre dispuesto a sacrificarse por los demás: la energía. Sin ella no hay justicia.

CUANDO LA NOTICIA CORRIÓ POR ASTURIAS

El incógnito de la estancia del príncipe en el fondo de la mina se había roto aquella mañana en que nosotros llegamos a La Felguera. Poco después llegaban, al saberse la noticia, delegados y jefes de varios lugares de Asturias y Santander.

Y el príncipe tuvo que dejar La Felguera, antes de que se produjera algún espontáneo homenaje de simpatía, porque ya era el tema del príncipe en la mina y de incógnito, trabajando, el de cómo era, agitaba las ganas de hacerle una demostración. Escribió una carta, muy cordial y muy expresiva, a sus compañeros, y salimos por las carreteras de Asturias, a comer en Gijón, donde enseguida se reunieron unos cuantos amigos, para visitar al arzobispo en Oivedo, y luego, cara a la noche a Covadonga.

El príncipe continuaba su camino. Pero allí atrás, en Asturias, en la zona minera, había quedado como un hito de su personalidad. Los mineros estaban contentos de haber conocido y convivido con un príncipe. Y don Carlos, más contento, por haberlos conocido tan de cerca, por haber trabajado con ellos; nos iba contando en el coche cómo ha sabido, bien de cerca, del corazón tan grande de esos hombres de leyenda…


Fragmento del artículo “Socializantes con historia”, de Pedro José Zabala, publicado en el diario Pueblo con fecha 18-08-1965, y posteriormente en el folleto ¿Qué es el Carlismo?, SUCCVM, Zaragoza, 1966:

“Por eso, por su historia, por lealtad íntima, el carlismo habla hoy de socialización. Socialización que es urgente realizar. Y si amor al prójimo, justicia y humanismo social son los pivotes de esta actitud, pocos pueblos los tendrán tan vivos como el carlista. Hay que vivirlos. Ojos que no ven, corazón que no siente. Por eso ha habido universitarios que, a través del S.U..T., han trabajado en una fábrica o en el fondo de una mina. Y nadie mejor que quienes allí trabajan pueden juzgar esos gestos. Quizá por eso se ven en Montejurra, desde hace pocos años, mineros de Asturias”.

Anuncios