La Nueva España, 18/07/2015, Ignacio Gracia Noriega.

La polémica sobre la retirada en Chueca de una plaza al político asturiano

Hace no muchos años, una intelectuala catalana, nombrada directora de la Biblioteca Nacional, propuso como primera medida la retirada de la estatua de uno de sus directores, don Marcelino Menéndez Pelayo. La medida tenía trazas de vandalismo, pues la tal intelectuala sin duda ignoraba la decisiva labor de don Marcelino en la restauración de la cultura española o no le importaba, por lo que se permitía meterle en el mismo saco que a los militares africanistas que se alzaron en 1936. Don Marcelino no había sido militar en su vida, y sin que entrara en contradicción con su patriotismo español y con su catolicismo “a machamartillo”, era un liberal conservador auténtico en un país que inventó la palabra “liberal” puro que se permitió despreciar el liberalismo en tantas ocasiones, y un intelectual insobornable a quien no le importó denunciar a la Corona en un turbio asunto cuya documentación le fue confiada. Para don Marcelino, la verdad documental estaba por encima de las instituciones.

Ahora hemos leído que el nuevo Ayuntamiento de Madrid se propone retirar del callejero de la ciudad a don Juan Vázquez de Mella para poner en su lugar a un reciente mártir de la presente democracia. En fin, es lamentable, porque Vázquez de Mella no sólo fue un político tradicionalista, sino un gran político español, y si no hay punto de comparación entre la intelectuala catalana que efímeramente dirigió la Biblioteca Nacional y don Marcelino Menéndez Pelayo, tampoco lo hay entre Vázquez de Mella y el difunto concejal Zerolo. Si Vázquez de Mella no ocupó altos cargos políticos a los que estaba llamado por sus facultades, su elocuencia y su erudición en materias jurídicas le convirtieron en una de las figuras indispensables del parlamentarismo español del siglo pasado. Su adscripción y fidelidad a una causa perdida impidieron que llegara a ser un gobernante, pero fue un vigilante político de la oposición, y sus ideas, en algunos aspectos, coinciden con las de elementos políticos avanzados de la actualidad, que defienden como si les fueran el pan y los garbanzos en ello, el sistema autonómico aún hasta donde llegar a rozar el separatismo. Don Juan Vázquez de Mella fue uno de los definidores del regionalismo en la medida en al que el carlismo lo era (y en este aspecto, no le parecía tan mal a Karl Marx, quien veía en ese movimiento de entraña popular una decidida oposición al centralismo liberal).

Vázquez de Mella nació en Cangas de Onís, hijo del capitán Juan Vázquez de Mella, jefe del regimiento acantonado en aquella ciudad asturiana, “un veterano muy amable, muy digno y por añadidura liberal, bastante más liberal que su hijo el orador carlista”, escribió en sus memorias el general Nicolás Estévanez, quien, siendo teniente, sirvió a sus órdenes, y aburrido durante las largas Domadas de ocio, baraja y guitarra, inventó el homenaje anual al oso regicida, el oso que mató al rey Favila en las montañas encima de Cangas de Onís, festividad que aún continúan celebrando algunos republicanos nostálgicos creyendo de buena fe que esa fiesta la inventaron ellos.

Se ha calificado a Vázquez de Mella como a uno de los últimos oradores románticos. Romántica era su causa, la de la Flor de Lis y reyes de boinas rojas cabalgando por las montañas navarras al frente de Cortes errantes. Pan como político, no pertenecía a ese mundo legendario al que dio forma Valle-Inclán en “Voces de gesta”, sino que tenía los pies sobre la tierra. Nacido en 1861 y muerto en Oviedo en 1928, comenzó como periodista en Galicia, donde había concluido los estudios de Derecho en Santiago, y a partir de 1893 fue diputado por las circunscripciones navarras de Aoiz, Estella y Pamplona, y desde 1916, por Oviedo. Defensor del carlismo y del catolicismo, entra en conflicto con su partido durante la gran guerra, debido a que los carlistas se habían hechos aliadófilos y él era germanófilo convencido, fundando el Partido Tradicionalista, basado en tres principios inamovibles: el regionalismo, el catolicismo y la solución pacífica de los conflictos sociales, lo cual no dejaba de ser un planteamiento, aunque fuera ilusorio. Como político, aunque no pasara de diputado, fue de los más reconocidos de su tiempo, en que, a diferencia del actual, se apreciaba a los buenos oradores; y por su oratoria y por la prosa, un tanto castiza, de sus escritos, ingresó en la Real Academia de la Lengua, entrando asimismo en la de Ciencias Morales y Políticas en atención a sus conocimientos jurídicos, que eran extensos.

No cabe duda de que los escritos de Vázquez de Mella se han avejentado; no obstante, cuando escribe que “los liberales españoles no tienen derecho a hablar de la unidad nacional, que han disuelto, ni de la integridad de la patria, que han mutilado”, es tal como si se refiriera a la actual situación política, en al que la derecha ha renunciado al sentido nacional y la izquierda se considera federalista, por ser algo.

Vázquez de Mella intentó conseguir con la palabra, con los escritos, con la acción política, con la oratoria parlamentaria, lo que sus correligionarios no habían ganado con la boina roja en la cabeza, la manta al hombro y el fusil en la mano. No era un progresista ni un liberal; mucho menos un liberal, pero era un demócrata que creía que es mejor discutir en el parlamento que andar a tiros por los campos y las colinas. Insisto en que no era progresista, pero su crítica del liberalismo no está muy lejos de la irrenunciable actitud antiliberal de los socialistas. Como éstos se preocupó por la cuestión social, pero con los Evangelios y algunas encíclicas en la mano y no con medía docena de tópicos obtenidos de una lectura apresurada y mal asimilada del “Manifiesto comunista”. Creía de buena fe que los problemas sociales se pueden solucionar con buenos modos y estableciendo un acuerdo entre ambas panas que, evidentemente, era imposible alcanzar: era un ingenuo. Y aunque, como buen carlista, critica y aún desdeña el parlamentarismo, no por ello dejó de ser un parlamentario y un excelente parlamentario. En cuanto a su regionalismo, no creo que le tengan que objetar los nacionalistas de siempre y los “federalistas” por oportunismo cuando afirma que toda unidad local o histórica tiene derecho, aunque viva en tina mis amplia comunidad estatal, a mantener y cultivar su propia estructura político-social. ¡Si va a resultar que todo eso del “hecho diferencial” y de “la llingua de nós” no es una extraordinaria conquista del progresismo andante, sino que también lo defendía un señor a quien podemos calificar corno muy reaccionario!

En su intervención parlamentaria del 22 de junio de 1907 pide, una vez más, que se zanje de una vez el espíritu guerra civilista: “¿No hemos de poder discutir aquí (en el Parlamento) sin que el recuerdo de nuestras luchas venga a querer envenenar las discusiones, suponiendo que siempre hay un lago de sangre entre nosotros?”. Ese espíritu, por desgracia, no se ha zanjado, pasados casi ochenta años desde la última guerra civil.

Podemos no estar de acuerdo con Vázquez de Mella. Yo mismo estoy muy lejos de su ideología. Pero es preciso reconocerle una fuerte personalidad política al eminente orador asturiano. Sus ideas están anticuadísimas en tanto que quien va a sustituirle en el callejero madrileño representa un aspecto muy parcial de la modernidad más vocinglera. Con calle o sin Calle, Vázquez de Mella es una figura histórica y un hijo ilustre de Cangas de Onís.

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