La Nueva España, 28/03/2005, Ignacio Gracia Noriega.

Nacida en Oviedo en 1835, autodidacta y de firme vocación poética, fue la matriarca de una estirpe literaria y se vio obligada a marchar a Madrid por motivos políticos

Si el siglo XX en Asturias es de novelistas (Dolores Medio, Sara Suárez Solís, Julia Ibarra, Marta Portal, Carmen Tamargo, Cuca Alonso, Carmen Gómez Ojea, etcétera: lo malo de hacer enumeraciones es que siempre se queda algún nombre en el tintero, y de ahí vienen los «piques» y hasta las enemistades literarias), el XIX parece ser de poetisas, y Jesús Evaristo Casariego menciona algunas: Enriqueta Rubín, de Ribadesella, que popularizó el seudónimo de «La gallina ciega»; Antonia Orts, del concejo de Pravia; Alejandra Argüelles, nacida en Granada, aunque oriunda de Siero; Micaela Silva y Colás, que firmaba como «Camila de Avilés», pese a ser nacida en Oviedo; Consuelo Cienfuegos Jovellanos, de Gijón, descendiente de Jovellanos (lo que no es garantía de haber heredado facultades poéticas); Cecilia Millés, de inspiración fúnebre, y Enriqueta Lozana, cantora de Dios, de la Virgen y de la Patria… De éstas destaca Emilia Mijares del Real, quien, casada con el también escritor Timoteo García del Real, creó una estirpe literaria: dos de sus hijas también resultaron escritoras. Jesús Evaristo Casariego dice de ella que siendo «autodidacta, pero con gran talento, fue quizá la más inspirada de nuestras poetisas», y cita unos sentidos versos de despedida a Asturias, cuando la poetisa cruzó las montañas para no volver:

Adiós, por siempre adiós. Ya, con un velo,
las montañas se ocultan a mi vista.
Yo he suspirado por más puro cielo,
por más feliz mansión.
¡Qué me importa que feraz y bendecida,
y de ilustres varones patria seas,
si para mí, de luto revestida,
te miro, y de afiliación!

Y concluye el poema con el dramático, el dolorido adiós, que es un «adiós» para siempre:

¡Adiós, suelo natal, bosques frondosos,
que yo nunca, quizá, volveré a ver!

Doña Emilia Mijares del Real reside en Madrid desde hace muchos años. Está viuda, pero tiene a las hijas criadas y colocadas, lo que es un consuelo.

Aunque dispone de mucho más tiempo libre, escribe menos que en la juventud, no porque se le haya agotado la inspiración, aunque nota que le fallan las fuerzas.

—Después de cumplidos los setenta años, ya no está una para nada –me dice, invitándome a sentarme en una salita, amueblada con gusto.

—¡Pero a usted todavía le quedan años antes de cumplirlos! –le digo, para animarla. Y ella me sonríe, haciendo como si me amenazara con el dedo índice.

—No sea usted camelador, Noriega, que sé los años que tengo.

—Cincuenta y tantos… –apunto.

—Setenta y cuatro el próximo mes de septiembre. Nací en Oviedo el año 1835. Como podrá comprobar, no soy de las que se quitan los años.

—¿Y desde cuándo vive en Madrid?

—Desde 1859. Y al año siguiente, Timoteo y yo nos instalamos en la capital de España de manera definitiva.

—¿No piensa volver a Oviedo?

—No.

—¿De manera que ese «quizá» en los versos «bosques frondosos / que yo nunca, quizá, volveré a ver» no es una puerta abierta al retorno?

—No. Si fuera más joven, «quizá». ¡Pero a estas alturas! Además, no guardo buenos recuerdos de Asturias.

—¿Por qué?

—Por motivos políticos. Nací en un hogar muy religioso. Mi madre, Juana García Vázquez Castañón, era mujer muy devota, y mi padre, Braulio Álvarez Mijares, profesor auxiliar de la Facultad de Derecho de la Universidad ovetense, era decidido partidario del rey legítimo, razón por la que sufrió desprecios sin cuento, hubo de padecer la enemistad de los poderosos y, al perderse la primera guerra carlista, no le quedó más remedio que hacer como tantos otros partidarios de don Carlos de Borbón y emigrar a Francia, dejando a su familia en situación económica precaria, que no tardó en ser de angustiosa pobreza, aunque tanto la preocupación de mi madre como la de mis hermanos y la mía fue mantenernos en aquella penosa situación con dignidad. Y, por si fueran pocas estas penurias y tristezas, mi padre falleció al poco tiempo de instalarse en la Francia. Mis hermanos, Eduardo y Bonifacio, cansados del mal ambiente, no tardaron en abandonar Oviedo, y los dos se dedicaron a la política legitimista, siendo ambos, en la actualidad, figuras descollantes del carlismo. Yo derivé más bien hacia la poesía, y publiqué mis primeros versos en los periódicos ovetenses «Álbum de Juventud» y «El Nalón». Por aquel entonces, yo firmaba Emilia Álvarez Mijares, lo que me produjo mal ambiente, porque muchos se acordaban de mi padre. Tanto fue así, que tuve que prescindir del Álvarez para que no se me cerraran las puertas de las redacciones.

—Sin embargo, pudo publicar un libro por aquellos años.

—Sí, «Recuerdos y esperanzas», impreso en Oviedo en 1857. Ya llevaba yo dos años de casada. Éste fue mi único libro, aunque nunca dejé de escribir. Pero pasa el tiempo, y en aquel título había algo de premonitorio, porque los recuerdos aumentan al tiempo que las esperanzas disminuyen. Y lo peor es que muchos recuerdos son malos recuerdos.

—¿Cuándo se casa con Timoteo García del Real?

—En 1855. Al año siguiente, nació nuestra hija Matilde y, no mucho después, en 1858, Elena. Yo tenía que ocuparme de las cosas de la casa, de la administración del escaso sueldo de mi marido, de las niñas, y no por eso dejaba de escribir. ¡Lo que hace la vocación!

—¿Se enamoró de Timoteo García del Real por motivos literarios?

—Dicho así… Me enamoré de él porque era muy buena persona. Además, colabora en «El Álbum de la Juventud» y en «El Nalón», lo mismo que yo, y, en el aspecto político, estaba muy cerca de mi padre: colaboraba en «La Tradición» y era amigo de don José Indalecio de Caso.

—De manera que intervino Cupido, tensó el arco y….

—No diga usted cursilerías. Nos casamos porque nos casamos y punto. Timoteo aspiraba a poder vivir de su pluma, pero al darse cuenta de que no era posible, decidimos marchar a Madrid. Cosa que hicimos en 1859, aunque yo regresé a Oviedo para levantar la casa. Al fin, en 1860, tuvimos nuestra primera casa madrileña. Timoteo, al principio, fundó una academia preparatoria para el estudio de diversas carreras, pero, a la vista de que no funcionaba, optó por hacerse funcionario del Ministerio de Fomento, y, desde entonces, las cosas empezaron a marchar mejor. Llegó a desempeñar en el Ministerio comisiones de responsabilidad y a ocupar un alto cargo y, de este modo, salió adelante la familia. Bien es verdad que tuvo que renunciar a escribir lo que le hubiera apetecido, pero, como dijo el clásico, «primum vivere». Quien sí escribió mucho y hasta es posible que más de la cuenta fue su hermano Luciano, autor, entre otras obras, de cinco tomos de «Tradiciones y leyendas españolas». Timoteo pudo tomarse las cosas con más calma y murió hace un par de años con una buena jubilación, el 11 de mayo de 1907.

—¿Usted se adaptó pronto a la vida en Madrid?

—Sí, muy pronto. Continué escribiendo y publicando, bien en publicaciones asturianas como la «Revista de Asturias» y «El Invierno»; bien en la «Ilustración Gallega y Asturiana» y en la «Ilustración Cántabro-Asturiana», de Santander, en la que también colaboraba Timoteo; bien en publicaciones madrileñas como «La Voz de la Caridad» y «Correo de la Moda», en la que actualmente escribe mi hija Elena.

—¿Y su hija Matilde?

—Mi hija Matilde es maestra, discípula de don Fernando de Castro, y está muy bien situada, como persona muy destacada de la Asociación España para la Enseñanza de la Mujer. En 1902, fundó con doña Carmen Rojo las Cantinas Escolares madrileñas.

—Pero ¿eso no tiene un cierto tufillo institucionista?

—La caridad no es de derechas ni de izquierdas, y mi hija Matilde, lo mismo que Elena, aprendió qué es la caridad en su casa, sin necesidad de que se lo enseñe ningún krausista con barbas. Sepa usted que yo fui fundadora, junto con Concepción Arenal, Micaela de Silva y otras señoras de la agrupación llamada de las «Decenas», que tiene por objetivo reunir a diez familias en buena posición económica para que apadrinen, protejan, enseñen y cuiden a una familia pobre.

—Es meritorio e innovador. Y además de esto ¿participa en la vida literaria madrileña?

—Sí, desde luego, aunque ahora los años y el mal estado de salud me tienen un poco arrinconada en casa. De tertulias literarias con la Arenal, Micaela de Silva y otros, surgió la idea de fundar la agrupación de las «Decenas».

—Una última pregunta. ¿En qué escribe preferentemente sus trabajos literarios, en prosa o en verso?

—En prosa y en verso. Pero sobre todo en verso.

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