“La enseñanza agraria en Asturias en la segunda mitad del siglo XIX. La encuesta de 1862 y las conferencias agrícolas”, de Luisa Utanda Moreno y Francisco Feo Parrondo, en Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, Vol. 50, Nº. 148, 1996, pp. 205-230.

Pocos datos tenemos sobre Gaspar Cienfuegos Jovellanos, otro de los grandes contribuyentes rústicos provinciales y diputado carlista en 1872. Su no inclusión entre los varios miles de biografías incluidas en la Gran Enciclopedia Asturiana es el mejor ejemplo de ese desconocimiento. El 25 de mayo de 1848 había escrito a Bravo Murillo una carta desde Gijón en la que señalaba que “soy un simple particular, labrador por afición y casi por necesidad, me ha cabido la honra de suceder en la posesión del vínculo y en el apellido al Sr. Jovellanos”. Junto con la carta enviaba un informe-proyecto para mejorar la agricultura asturiana en el que apuntaba como posibles vías la instalación de granjas-modelo y la instrucción de los campesinos en las nuevas técnicas que ya se empezaban a utilizar en el extranjero, propuesta que reitera con ligeros matices catorce años después.

(Esta documentación se encuentra en el legajo 6-7 del archivo del ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (Madrid) bajo el título: “Informe presentado por D. Gaspar Cienfuegos Jovellanos sobre proyecto para mejorar la agricultura. Año 1848”. Hemos realizado una valoración del mismo en: Feo Parrondo, F. (1992): “Acotaciones al pensamiento agrario de Gaspar Cienfuegos Jovellanos”, La Maniega, 66, pp. 12-14.)

VI.- Propuesta de Gaspar Cienfuegos Jovellanos

Fechada en Gijón el 15 de septiembre de 1862, la propuesta de Gaspar Cienfuegos Jovellanos se inclina por la creación de una granja modelo con carácter provisional por las dificultades de crear dichos establecimientos y por la escasez de personal competente. Dicha granja modelo debía localizarse en las proximidades de Oviedo (a una legua de distancia poco más o menos) por su ubicación en el centro de la provincia, sus buenas condiciones climáticas y la calidad del terreno. La superficie no debía ser inferior a las 26-30 hectáreas, o sea unos 200 días de bueyes porque, “debiendo exceder con mucho el coste de los edificios al del terreno, ahorrar en este es optar por lo gravoso e imposibilitar lo útil. En la cátedra se enseña, en el campo se aprende practicando y hoy mucho más necesitamos de lo segundo que de lo primero”.

Cienfuegos Jovellanos hace especial hincapié en un tema que las instituciones habían dejado de lado: el regadío. Para este autor, lo ideal es que ocupase un tercio de la superficie de la granja modelo y, como mínimo, la quinta o sexta parte de la misma, para poder mostrar los diversos sistemas de riego, el modo de ejecución de las obras y la práctica de aquellos: “en un país tan desigual como Asturias no son los grandes modelos sino la diversidad de medios fáciles de utilizar las aguas lo que se debe enseñar, desde tomarlas abundantes de un río, hasta el aprovechamiento de una escasa fuente o una pequeña arroyada”.

Gaspar Cienfuegos no está especialmente preocupado por la calidad del terreno donde debe instalarse la granja modelo ya que las dificultades que presenten las tierras deben ser superadas por las técnicas empleadas. Se muestra partidario de potenciar esencialmente forrajes naturales y artificiales y, en menor medida, trigo, maíz, lino y cáñamo, para facilitar la rotación de cultivos. Asimismo, es partidario de no importar ganado foráneo hasta que se haya estudiado y conocido bien lo propio, y bastante clasista a la hora de elegir los destinatarios de este tipo de estudios: “toda vez que el propietario puede conocer la teoría por medio de la lectura, y la práctica por la asistencia o visitas (o ambas residiendo en el) establecimiento, lo que conviene formar por ahora es sirvientes honrados y entendidos que auxilien al propietario en sus trabajos. Un sirviente de estas circunstancias llega fácilmente a ser un auxiliar de su amo en la administración, un maestro y consejero de sus compañeros, a quienes habla en su lenguaje y al que oyen sin desconfianza; un modelo si ingresa con el tiempo en la clase de labrador”.

Cienfuegos Jovellanos se muestra partidario de que los estudios duren tres o cuatro años, casi todos empleados en la práctica, por lo que le parecen indispensables un encargado de los prados, otro de la labranza, otro de los ganados, otro de los estiércoles y un último de riegos. Asimismo propone la contratación de un profesor de veterinaria y de un sacerdote que dirija la instrucción religiosa y moral de los diez alumnos con los que debía comenzar a funcionar la granja modelo. Estos podían estar pensionados a medias por el gobierno y la provincia en una primera fase a la que luego podrían incorporarse los ayuntamientos. Cienfuegos es partidario de que se indemnice a los alumnos que hayan trabajado de manera seria y constante con alimentación, vestido y 300 reales los dos primeros años y 500 el tercero.

Para empezar, Gaspar Cienfuegos considera imprescindibles dos pares de bueyes de la buena raza de Carreño o Avilés y otra de la de Oviedo o concejos limítrofes para los considerables trabajos, que se podrían adquirir por unos doce o catorce mil reales. Posteriormente se podrían incorporar cuatro vacas y dos toros de cría de las mismas razas. En esto y en la maquinaria se muestra bastante poco innovador: “debe comenzarse con los instrumentos usados y comunes en el país. No es prudente añadir a las dificultades inherentes al planteamiento, las que ofrece el uso de instrumentos perfeccionados. Este modo de proceder es lento pero seguro”. Estos útiles se podrían comprar por unos cuatro o seis mil reales. Igualmente es partidario de sencillas instalaciones complementarias que costarían de veinte a treinta mil reales mientras se inclina por un edificio principal de mayor rango y coste: de ocho a diez mil duros. Parte de estos costes se amortizarían con las cosechas anuales y con la obtención de buenas cabezas de ganado de labor y/o destinadas a la reproducción.

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