Queridos compañeros mineros:

No puedo despedirme de vosotros. Porque ni el afecto puede apagarlo el tiempo, ni tampoco se borrarán nunca las verdades que habéis sembrado en mí.

Si me he llamado Javier ha sido porque de otra manera no hubiera podido ni siquiera llegar a la mina, y menos aún pasar por mí mismo vuestras fatigas y trabajos.

Cuando me hablen de los mineros, no podrá engañarme nadie. Cuando me hablen de vosotros, sabré de qué me hablan.

He visto vuestros riesgos; el polvo, los accidentes, la humedad, las quiebras y, día a día, la silicosis.

El trabajo en estas condiciones no se paga con dinero. Como tampoco se puede calcular en dinero una vida de mina.

Estoy orgulloso de haber trabajado con vosotros y siempre recordaré aquel mes en que fui minero. Minero de corazón y peón caminero en el pozo de «Sotón».

Si algún día vais a Madrid, con la misma amabilidad con que vosotros me habéis recibido en vuestro puesto de trabajo, yo os recibiré en el mío.

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