Fernández Bustillo, Jorge, Historia de Asturias, Santilla, 1979, pp. 65-66.

Introducción

La noticia del fallecimiento del monarca Fernando VII, en 1833, animó en distintos puntos el levantamiento de los partidarios de don Carlos, hermano de Fernando VII, quien se declaraba “llamado por Dios para ocupar el trono español”. Don Carlos había sido desterrado anteriormente al negarse a jurar fidelidad a su sobrina Isabel como princesa de Asturias. Muchas incógnitas quedan todavía por descifrar sobre la guerra a que dieron lugar los partidarios de don Carlos. En algunas zonas, especialmente en el País Vasco y otros territorios forales, existió una verdadera participación popular en la contienda. Asturias perteneció más bien a esa otra parte de España que sufrió la guerra, pero donde el pueblo ni la sintió ni la deseó. No pocas veces los asturianos fueron indiferentes al paso de unos y otros; algunos grupos combatieron activamente en ocasiones, y en otras, la población se defendió contra el expolio y la violencia de las tropas contendientes.

En esta época, Argüelles, Toreno, Alejandro Mon, José Pidal, Pidal y Mon, Posasa Herrera, etc., participaban activamente en Madrid en la política nacional.

La Primera Guerra Carlista

En Asturias los primeros levantamientos de los carlistas se produjeron en 1834 en la zona central (Pola de siero, Morcín, Mieres) para extenderse después por todo el Principado, sin grandes hechos de armas y con la clara finalidad de mantener el territorio en pie de guerra, cortar las comunicaciones y evitar que las tropas asturianas fieles al gobierno pudieran incorporarse a la lucha en el frente vasco.

En 1835 presidía el gobierno de Madrid Toreno, que ordenó la expulsión de los jesuitas y la confiscación de sus bienes; poco después, con Mendizábal como ministro de Hacienda, se decretó la desamortización de los bienes de la Iglesia. Durante ese año los carlistas decidieron una gran ofensiva en Asturias, con la segura esperanza de que los asturianos se sumarían con entusiasmo a la causa de don Carlos. El general Gómez penetró el 3 de julio con 2.800 hombres por el puerto de Tarna sin encontrar resistencia. Las fuerzas gubernamentales que defendían la capital fueron superadas en Puente de Soto. Gómez fue recibido en Oviedo como el “Ángel libertador” por algunos grupos carlistas; sin embargo, tres días después tuvo que abandonar la ciudad ante la proximidad del ejército de Espartero, que el día 10 hizo desfilar sus tropas por el centro de Oviedo. La guerra quedó de nuevo reducida en Asturias a la lucha entre las partidas y guerrillas, sobre todo en la zona central, mientras Gómez erraba de un lado a otro por España.

En septiembre de 1836 el general carlista Pablo Sanz entró en Asturias por la costa oriental, tomando Llanes e Infiesto. El día 2 de octubre intentó tomar Oviedo, tras prometer a sus soldados el saqueo de la ciudad. El comandante Sierva organizó la defensa y rechazó el ataque.

Sanz, quince días después, lo intentó de nuevo atacando por varios lados la ciudad. La lucha llegó al cuerpo a cuerpo, pero los carlistas no consiguieron sus propósitos. Sanz se retiró a Gijón y siguió después por Avilés y Grado hacia León, por Somiedo y La Mesa.

Las luchas continuaron entre los pequeños grupos hasta el llamado “abrazo de Vergara” (1839). Los carlistas asturianos prefirieron en su mayoría el exilio.

La Tercera Guerra Carlista

Asturias no era ajena, naturalmente, a los muchos problemas y cambios que vivió el país, pero la paz no fue perturbada hasta 1872, en que de nuevo, con la entrada en España del pretendiente Carlos VII, se reanudó de nuevo la guerra civil. Los partidos carlistas se levantaron en el centro y en 1873 estaban ya organizados regularmente en los “Batallones de cazadores de Asturias”. El carlista más distinguido fue José Faes, que murió en Mieres, frente a los liberales, en 1874. En esta tercera guerra carlista los objetivos no eran muy distintos a los de la primera: impedir que Asturias pudiera sumarse con sus hombres, ganadería e industria al bando gubernamental.

El 28 de febrero de 1876 acababa la guerra. El “Batallón de guías de Asturias”, conocidos como “los leales asturianos”, acompañaba al destierro al pretendiente Carlos VII, quien al cruzar la frontera exclamó: “¡Volveré!”. Pero nunca volvió.

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