Fernández de Miranda, Álvaro, Historia de una comarca asturiana, Grado y su Concejo, 1907.

Desde la Invasión Napoleónica hasta nuestros días (Continuación)

Seguían persistentes las riñas con Candamo, que viene ahora a realizar, aunque pasajeramente, sus ensueños autonómicos.

Aumentadas sus regalías por un Real decreto de Mayo de 1811, resistíase el Ayuntamiento del Concejo a hacerse cargo de varias gabelas que correspondía soportar exclusivamente al expresado partido, ya que disfrutaba de cierta independencia y de los beneficios del aludido Real decreto*. Y en estas diferencias se hallaban el Municipio y su alfoz, cuando, aprovechándose de las circunstancias Candamo y fundado en uno de los artículos de la recién promulgada Constitución de 1812, pidió y obtuvo su anhelada emancipación de una manera inesperada y brusca.

Y fue lo peor que a su ejemplo, e invocando parecidas o iguales razones, consiguiéronla también Salcedo y algunas parroquias, como al historiarlas quedó apuntado, produciéndose tal confusión e inconvenientes dentro del Concejo, que alarmado el Ayuntamiento preveyó su impotencia para seguir administrando en semejantes absurdas condiciones*.

Todos los Regidores, la Comisión patriótica, los Comisarios y Arciprestes, sin que nadie se excusara, congregados se hallaban el 22 de Agosto de 1813 en la sala capitular del Consistorio de la villa, y por iniciativa de los mismos Regidores, para ver la forma y manera de jurar y publicar con toda solemnidad la Constitucíón política de la Monarquía española. Tras de graves y prolijas discusiones, en que palpitaba el deseo del acierto, acordaron los reunidos fijar desde luego tres días de festejos, el 28, 29 y 30 del mes que corría, quedando encargados los Comisarios de pagar las iluminaciones y “un tinglado en la Plaza Mayor para el acto de la publicación y celebración de la misa;” los Arciprestes, de convocar para el Oficio divino á las once de la mañana “a toda la clerecía,” que debía concurrir sin estipendio alguno y “con cuatro músicos y dos cantores; “el Ayuntamiento, de arbitrar los fondos necesarios, teniendo en cuenta Io miserable de este Concejo con motivo de la guerra,” y todos, por último, debían procurar cuanto antes fuesen conducidos á la capital Ios transparentes, alfombras y más adornos que pudieran ser habidos.”

Del éxito del brillante programa viene a dar idea el acta del Ayuntamiento correspondiente al día 31, que obra en el Libro de acuerdos, y dice palabra más ó menos:

“Los moradores de esta comarca han experimentado un excesivo gozo por la proclamación de la Constitución, habiendo prestado juramento las Autoridades, Corporaciones, clero y pueblo. Al repique general de campanas del día 28, respondieron alborozados los habitantes de la villa y su comarca, prorrumpiendo en la Plaza Mayor en exclamaciones y demostraciones de júbilo; dos tinglados había en la Plaza: en uno, un dosel cubría e1 retrato de Fernando VII presidiendo las Cortes del Reino, Y estaba en el otro, la música traída de Oviedo; llegada la noche, verificóse una ostentosa y general iluminación, pugnando los vecinos por decorar cada cual mejor las fachadas de sus casas, admiráronse fuegos de artificio, tocaron las músicas diéronse miles de vivas a la Constitución, y se danzó y bailó hasta las dos de la noche; presidió el orden y el entusiasmo más completos, y éste principalmente se mostró alrededor de los arcos triunfales erigidos en la Plaza, los cuales estaban coronados “por las tres banderas, española, inglesa y portuguesa, diseñando la unión de las tres naciones; en la fachada más principal de la, indicada Plaza estaban colocados unos transparentes en que se leían varios capítulos de la Constitución, con alegorías pintadas El día 29, por la tarde, publicóse la Constitución, saliendo formado el Ayuntamiento de las Casas Consistoriales con gran pompa y repique general de campanas, música y fuegos artificiales, hasta la Plaza, escoltado por una agradable guardia de jóvenes armados; llegados los Regidores al tinglado del dosel, tomaron asiento, Y el Presidente, con el Libro de la Constitución en la mano, hizo una corta arenga y leyó la Constitución en voz alta; al ter minar rompióse el silencio, prorrumpiendo el auditorio en vivas y aclamaciones; paseó luego el Ayuntamiento calles y plazas, y en cada cantón repetíase la lectura de algunos capítulos de la Constitución, enardeciéndose cada vez más la multitud, y restituído aquél á las Consistoriales, prestaron juramento sobre los Santos Evangelios el Alcalde, Concejales, clero, muchos caballeros, dependientes públicos y representantes del pueblo; al anochecer repitióse la iluminación, con las músicas, fuegos y bailes y orquestas en varias casas particulares, durante toda la noche. Al día siguiente, 30, y a las once de su mañana, se congregó e1 Ayuntamiento y pueblo en la iglesia parroquial, donde se celebró misa solemne, publicándose en el ofertorio la Constitución, y se cantó el Te Deum, prestando el clero y pueblo juramento; en el resto del día siguieron las demostraciones de gozo, y por la noche hubo nuevas iluminaciones, fuegos, etc., haciéndose notar en todo momento tanto orden Y unanimidad de pensamiento, que causaba admiración y parecía que una mano oculta y poderosa conducía á todos á una misma felicidad (¡!).”

Firman el acta o “acuerdo” precedente los caballeros D. Fernando Fernández Ladreda, Jacinto Díaz Miranda, Fernando Alvarez Miranda, Ramón García Casares, Francisco García Cienfuegos, Bartolomé Valdés, Nicolás Marinas, José García Río, Francisco López Tuñón, Luis Conzález Laguna y algunos otros.

Coronáronse las fiestas el día 31, abriendo las cárceles en honor de la Constitución; pero nadie disfrutó del beneficio, porque “no había presos á quien soltar…” á riesgo y gloria de la libertad.

Si bien se habían ocupado los ediles, como ligeramente indicamos, de los perjuicios causados al Concejo por el establecimiento, dentro del mismo, de las nuevas municipalidades, no había recaído acuerdo, limitándose entonces a lamentarse de la extensión del mal; pero ahora, considerablemente agravado, como habían previsto, trataron seriamente de ponerle término. Por sus deliberaciones sabemos que la Intendencia no había reconocido siquiera semejantes jurisdicciones que obraran con absoluta independencia del Ayuntamiento de la villa, y no daban bagajes ni auxilios a las tropas, mientras venían cumpliendo este deber -y ya antes era excesivo- por sí y por ellas la capital y parroquias fieles. De tanto agobio protestaron los Regidores, acordando pedir a la Superioridad que pagasen lo que por ley les correspondía los pueblos segregados, y volviesen a unirse a su antiguo Concejo, “como era el deseo de Su Majestad,” pues tampoco era constitucional la desatentada separación, ni estaba autorizado el jefe politico de la provincia a crear y separar términos, correspondiendo tal facultad al Gobierno, que nada había resuelto sobre el particular. Y en definitiva, nombraron una Comisión para que fuese a Oviedo a los efectos acordados y procurase que lo antes posible prevaleciese su demanda.

Viéronla pronto satisfecha, porque el 30 de aquel mes, precisamente julio de 1814, se expidió una Real orden para que se disolviesen los nuevos Ayuntamientos y se estableciesen los constituídos en 1808, a cuyo mandato se dio pronto cumplimiento por la energía de las Autoridades y del Ayuntamiento de la villa, según se desprende de los archivados documentos de la Corporación.

Pero… el absolutismo imperaba, y de ahí la Real orden.

Fernando VII, vuelto a la patria el predicho año de 1814, había firmado el decreto que ponía las cosas en el mismo estado en que se hallaban en 1808, suprimiendo la Constitución y las Cortes.

Sucediéronse a seguida Ayuntamientos obscurantistas que colaboraron inconscientemente en su propio daño, no creyendo jamás verse barridos por la aborrecida y nefasta Libertad.

Por eso tristes, y más aún contrariados y confusos, caminaban nuestros ediles hacia la Casa del Pueblo el día 28 de Marzo de 1820 llamados a sesión extraordinaria. Ya en el local de sus deliberaciones, oficial y solemnemente se puso en su conocimiento: que el Rey había jurado la Constitución del año 12, creado la junta Provisional y ordenado formar Ayuntamientos constitucionales, disolviendo los que funcionaban. Dióse acto seguido lectura a la proclama de Su Majestad del día 10, y se acordó en su vista acatar respetuosamente las órdenes soberanas y observar el sistema constitucional.

Desfilaron los Regidores silenciosamente, y su estado de ánimo parece reflejarlo, por su desabridez, el acta de la sesión.

Posesionóse el nuevo Ayuntamiento en medio de extraordinario bullicio, vivas a Riego, muchos mueras e infinidad de cohetes, y de un desbordamiento de pasiones entre los ya numerosos constitucionales y los absolutistas.

Repitiéronse las ceremonias de la publicación y jura de la Constitución en forma análoga a la de 1813, con arcos y tinglados, discursos y festejos, colocándose en la fachada del Consistorio, solemnemente, una lápida que decía: Plaza de la Constitución, la cual los partidarios del antiguo régimen juraron hacer añicos.

Y comienza la lucha entre blancos y negros con la fiera violencia de otras partes, siendo procesados cuantos no quieren reconocer lo existente. Tienen que huir u ocultarse algunos realistas, mientras sus familias son perseguidas con ensañamiento.

Acuden a las filas de la Milicia Nacional los adictos al nuevo Gobierno, que nada notable hicieron, como no fuera aporrear realistas en nombre de la Libertad, ó tratar de lucirse al practicar su instrucción militar, perfectamente equipados, en el Campo de San Antonio, donde iba a verlos numeroso gentío de fuera y dentro de la villa, que a veces se permitió hacer bromas y chistes a costa de los más torpes y feos, ocasionando más de un disgusto.

Surge con más furia que antes la racha separatista, pues sólo del territorio que hoy constituye el Concejo ascendieron a 17 las parroquias segregadas, que fueron, como se tendrá presente, las de Peñaflor, Villapañada, Fresno, La Mata, Pereda, Rodiles, Coalla, Bayo y las nueve de Salcedo*, durando el lamentado trastorno, como también sabe el lector, hasta el año 1824, en que definitivamente tornan a ser de Grado los territorios separados, incluso Candamo.

Viene en 1820 a llevarse a efecto una división de partidos judiciales decretada en Abril de 1814, en la que Grado figuraba como cabeza de un juzgado compuesto del Concejo de su nombre y los de Regueras, Pravia de Aquende, Tameza, Miranda la Baja y el partido de Dorigas, funcionando el Tribunal hasta que el despotismo abolió el sistema representativo, que dejó también en suspenso otra nueva división de partidos proyectada en 1822, y en la que abrazaba el partido judicial de Grado hasta 22 jurisdicciones con 6.196 vecinos*.

Al desparramarse por España los cien mil hijos de San Luis, instauradores del poder absoluto, llegó a la villa un destacamento francés, que fue recibido por los realistas como bendición de Dios.

Sólo estuvo breves horas, y nada intentó contra el Ayuntamiento liberal, así que a los absolutistas no les cupo más desahogo que arrancar la piedra 6 lápida constitucional y hacerla pisotear por los caballos del extranjero, causando la irritación de los negros, principalmente la de los literarios, como llamaban a los estudiantes. Iba la tropa francesa en seguimiento de una partida liberal que había entrado en el Concejo por tierras de Sama, y cruzó por Bayo, La Mata y El Fresno, tomando el camino de Galicia.

La reacción de 1823, que ahorcó a Riego en Madrid, presentóse en nuestro humilde pueblo dura, implacable también: los realistas eran pocos, pero buenos, y apasionados y ciegos hacen y dicen verdaderos disparates, como antes hicieran los liberales.

Muestra bien en sus comienzos las iras reaccionarias la sesión, dos veces suspendida, de la Corporación municipal celebrada el 8 de julio del año aquel, cuyo “acuerdo,” algo resumido, reza en éstos ó semejantes términos:

“Restablecimiento y continuación del Ayuntamiento del año 1820.

“Congregados los individuos que lo componen por medio de oficios y constituído en el acto, cesa el anterior en sus funciones, y se procede a leer el decreto dado en Vitoria el 17 de Abril, mandando que en todos los pueblos libres ya de la amargura del yugo revolucionario, se celebre un Te Deum por la entrada en España del ejército libertador; se recojan las armas, vestuariojornituras y caballos de los liberales, y queden reintegrados en sus empleos los funcionarios todos del año 20, etc. Concluído de leer el decreto, acuerdan los Regidores suspender la sesión e ir procesionalmente a la iglesia, donde se cantó el Te Deum; y vueltos al Ayuntamiento tomó la palabra un Regidor para pedir que el Escribano y Secretario de la Corporación, D. Sancho Suárez Valdés, cesase en sus funciones en obsequio y bienestar de la Patria, porque era bien notoria su adhesión al sistema constitucional, y era su hijo miliciano nacional, y su hermano político, llamado Dr. Arango, el móvil de los desastres que padecieron los habitantes de este pueblo y el principal restaurador de aquel sistema en la villa. Convínose por unanimidad que el Escribano fuese expelido de su empleo, como asimismo el Diputado D. Manuel Miranda, por haber sido voluntario constitucional. Al ex-Alcalde D. Fernando de la Laguna se acordó exigirle estrecha cuenta de las sumas enormes que ingresaron en su poder y administró durante el fatal interregno.

Al llegar á este punto suspenden los Regidores nuevamente la sesión, y proceden a tomar cuentas al ex-Alcalde liberal, dándose el caso de ser el juez pariente del Laguna y tener que suplirle con otro señor que hubiese ejercido el mismo anual cargo, no hallándole de su gusto, por ser liberales 6 amigos del ex-Secretario los ex-jueces, hasta dar con el del año 1815, que se prestó á todo.

“Reunidos otra vez por la tarde los Regidores -continúa diciendo el acta-, tuvieron a bien reintegrar en sus empleos ..al juez de 1815; a D. A. Rodríguez Marinas, como Diputado del común, y a todos los dependientes del Ayuntamiento de 1820 (hasta Benito Omaña “quedó reintegrado en la llave del reloj,” aunque no ese preciso día), resolviendo luego oficiar al Cura para que las procesiones salgan por las calles y sitios que se usaba en 1820 y para que se hagan rogativas durante nueve días implorando del cielo conserve la vida del Soberano y la feliz restitución á su plena libertad; parecidos oficios se cursarán a los demás Párrocos del Concejo, advirtiéndoles que están obligados a coadyuvar con los Veedores y demás emisarios a la recogida de armas y equipos de los Voluntarios constitucionales y de todo el que fuere afecto a la Constitución. A este fin, se tomaron diferentes medidas y se publicaron edictos. También acordaron los Regidores nombrar espías para que den parte de cualquier partida constitucional que haya, entre o intente formarse en el Concejo, y, por último, fijaron brevemente su atención en el alistamiento para formar la Milicia realista. Declaróse purificados a varios partidarios del sistema anárquico, por motivos muy atendibles.”

En sucesivas sesiones continuaron ocupándose de purificar gentes y cumplir Reales órdenes, tendiendo a demoler cuanto quedaba del edificio constitucional; diversos acuerdos dejan ver claramente el miedo, rencor o intolerancia de los Regidores.

Trataron con asiduidad y preferencia del alistamiento de Voluntarios realistas, suavizando las condiciones de ingreso por ser pocos los solicitantes; de la entrega de armas y fornituras que aún tenían en su poder los milicíanos de Trubia, comisionando a D. Diego Arias de Miranda para que fuese a exigirlas prudentemente, y acompañado de Voluntarios realistas; de extremar el rigor en la recogida de armas que ocultaban “personas sindicadas al Gobierno revolucionario,” para lo cual encargaron a un Regidor que indagase y recogiese las que encontrara en el Concejo, asistido de los Voluntarios, acarreando enojos y protestas al ser allanados los domicilios en busca de las armas.

No era el Ayuntamiento el único sitio donde se desfogabanlos exaltados absolutistas: formaban sus conciliábulos muy particularmente en cierta casa, y en ella rompían en diatribas y lanzaban terribles anatemas contra todos los liberales del Concejo, tachándolos de herejes, judíos y desalmados, cuando eran tan buenos cristianos como ellos y algunos tan respetables como el insigne Flórez Estrada, Jove, Díaz Miranda, Valdés, Dr. Arango y otros más, aunque estuvieran contaminados del wspiritu del mal, tal y como lo entendían los realistas. No les perdonaban, pecado y reprobaron iracundos el robo de los “acuerdos” del período revolucionario, arrancados del Libro de Ayuntamientos* por no sabían quien, aunque daban por hecho fuera el ex-Secretario D. Sancho Suárez Valdés*, en complicidad con otros liberalotes, para eludir responsabilidades por lo pecaminoso de los tales “acuerdos.” Pero lo más gracioso del caso y lo que más les irritaba era que los liberales a su vez propalaban ser ellos, los realistas, los culpables de la insólita desaparición, diciéndoles que habían prendido fuego a los papeles, ahítos de rabia y por la ignorancia embrutecidos.

Ello es que llamaron al Ayuntamiento al bueno de D. Sancho, que lo sermonearon de lo lindo por la sustracción de las actas, de lo cual protestó, y que tras de las amenazas acabaron por reconocer que su mayor defecto consistía en “estar contaminado de liberal por su cuñado el Dr. Arango;” y como trataran de sacarle del error y someterle al espurgo, D. Sancho les escuchó por cuento y siguió impurificado por la mancha infernal, desgraciadamente para él.

A todo esto, los más significados liberales habían tenido que esconderse o escapar (como tratara de hacerlo D. Sancho), sí bien, luego cumpliendo el mandato de la autoridad, noblemente se presentaron en el Ayuntamiento, donde oyeron tremendas repulsas, acompañadas de inacabable capítulo de cargos.

Después cayeron en la cuenta las autoridades de que parte de la fuerza de la villa estaba sin purificar, y escandalizado el juez, reunió en pelotones de a ocho a los alistados y los sujetó a la más perfecta y ejemplar purificación*.

A poco, en el mes de Agosto (del mismo año 23), y como promovieran gran vocerío los adictos a la Constitución anunciando que iba a ser restablecida, furiosos los ediles, acordaron formarles causa “por haber puesto en consternación al pueblo,” pidiendo requisitorias al juez, que se prestó a ordenar numerosas detenciones, y al que advirtieron se abstuviese para en adelante de dar pasaportes a los liberales y los vigilase estrechamente*.

Percatados más tarde de que existían en la población Sociedades secretas, declararon y resolvieron los Regidores: que siendo D. Sancho Suárez Valdés “sostenedor y proclamador del pretendido sistema constitucional y hermano político del Dr. D. Luis Arango, decidido partidario del perjudicial Gobierno intruso, y formando los dos, con otros sujetos, juntas secretas, en las cuales propalaban que, para que volviese el endiablado sistema, era precisa matar al Rey, no podía ejercer D. Sancho en ningún caso de notario, quedando suspendido del oficio por perjudicial á la socíedad,” e igualmente debían quedar y quedaron privados del ejercicio de su profesión los Abogados que sustentaban las exacrables ideas*.

Otros tiránicos acuerdos sucedieron á éstos, e iban contra todos los que directa o indirectamente hacían causa común “con la oprobiosa revolución.”

Fueron, pues, los liberales de mil modos vejados y perseguidos; y frecuentemente insultados en los lugares públicos, buscábanles camorra los absolutistas, al amparo de la autoridad ó de los Voluntarios realistas, que pegaban de duro, invocando a Dios, la Patria y el Rey, como antes, en los tres mal llamados años, pegaran los otros en nombre de la Libertad.

El Batallón de Voluntarios Realístas de Grado quedó definitivamente organizado en Diciembre de 1824, y formábanle seis compañías con 482 hombres bien armados, siendo su uniforme Ievita abundante” de paño gris, cuello y vivos encarnados, pantalón de lienzo obscuro y botines y morrión con chapa amarilla que ostentaba las iniciales V. R. de G. Tenía gastadores, tambores, etc., y estaban adscriptos al batallón un Comandante primero, que hacía las veces de Comandante General de Realistas del Concejo de Grado (lo era D. Manuel López Miranda); un Comandante segundo (Don José Fernández Miranda); un Capitán primero y Teniente segundo (D. Diego Miranda y D. José de la Viña); un Subteniente abanderado (D. Martín Barlet), y otros ocho Capitanes, Tenientes y Subtenientes de Granaderos, Cazadores y Fusileros, con un adherente a la Plana Mayor, sargentos, cabos, capellán, tambor mayor y maestro armero.

Los gastos que originó su creación sufragólos el Municipio acudiendo á nuevos impuestos sobre el vino, aguardiente, la sidra y carne, y vendiendo Ias paredes de una casa que se hallaba en el Campo, más un trozo de terreno pegante a ella, ascendió en total lo recaudado a 31.393 reales*.

Se ejercitaban los Voluntarios realistas en el Campo de San Antonio todos los domingos, como hicieran los milicianos, de otros tiránicos acuerdos sucedieron á éstos, e iban contra todos los que directa o indirectamente hacían causa común “con la oprobiosa revolución.”

Fueron, pues, los liberales de mil modos vejados y perseguidos; y frecuentemente insultados en los lugares públicos, buscábanles camorra los absolutistas, al amparo de la autoridad ó de los Voluntarios realistas, que pegaban de duro, invocando a Dios, la Patria y el Rey, como antes, en los tres mal llamados años, pegaran los otros en nombre de la Libertad.

El Batallón de Voluntarios Realístas de Grado quedó definitivamente organizado en Diciembre de 1824, y formábanle seis compañías con 482 hombres bien armados, siendo su uniforme Ievita abundante” de paño gris, cuello y vivos encarnados, pantalón de lienzo obscuro y botines y morrión con chapa amarilla que ostentaba las iniciales V. R. de G. Tenía gastadores, tambores, etc., y estaban adscriptos al batallón un Comandante primero, que hacía las veces de Comandante General de Realistas del Concejo de Grado (lo era D. Manuel López Miranda); un Comandante segundo (Don José Fernández Miranda); un Capitán primero y Teniente segundo (D. Diego Miranda y D. José de la Viña); un Subteniente abanderado (D. Martín Barlet), y otros ocho Capitanes, Tenientes y Subtenientes de Granaderos, Cazadores y Fusileros, con un adherente a la Plana Mayor, sargentos, cabos, capellán, tambor mayor y maestro armero.

Los gastos que originó su creación sufragólos el Municipio acudiendo á nuevos impuestos sobre el vino, aguardiente, la sidra y carne, y vendiendo Ias paredes de una casa que se hallaba en el Campo, más un trozo de terreno pegante a ella,” ascendió en total lo recaudado a 31.393 reales*.

Se ejercitaban los Voluntarios realistas en el Campo de San Antonio todos los domingos, como hicieran los milicianos, dejándose ver cierta rivalidad entre los alistados de la capital y los procedentes de las parroquias, por la emulación en el manejo del arma, movimientos y evoluciones.

Al correr el año 1826, una Real orden resolvió que fuesen agregados los cotos y jurisdicciones a la autoridad municipal del concejo más próximo ó a la de aquélla en cuyo territorio estuvieran enclavados; pero hasta el año siguiente no quedaron en definitiva incorporadas a la administración de Grado las jurisdicciones de Peñaflor, La Mata y Villanueva, San Juan, Coalla y Cabruñana, como dijimos al historiarlas; con igual fundamento, son arrebatados al Concejo los cotos de Belmonte y de Prianes. Aquella disposición, de tiempo atrás indicada, vino a ser altamente beneficiosa para el Concejo y aun para los territorios que se le unieron.

Las jurisdicciones de Tolinas, Llamoso y Montovo, de los Corros, y las de Restiello, Vigafia y Villandás, de los monjes Bernardos, hacía mucho tiempo que estaban bajo la autoridad de Grado, dando lugar a suponer que nunca dejaron de estarlo, en contra de la opinión de Jovellanos y las noticias por el autor adquiridas.

Pero si las referidas parroquias no tenían dependencia del gobierno de la villa, en ella, sin embargo, entregaban sus reales contribuciones, censos y cupo de milicias; recibían las órdenes de vereda general; admitían sus pesos, medidas y precios de granos, y lo que es más, sus Ordenanzas, en cuanto no socavaban los derechos de ellas o los de sus señores, y hasta la separación por parroquias, hecha por el Conde de la Vega del Sella, constituyeron, con las demás, un solo encabezado de rentas generales. Gobernándose bajo el régimen y constitución del Ayuntamiento de Grado, a él acudían, por consiguiente, sus apoderados, cuando los asuntos generales del Concejo con ellas se relacionaban.

Sobrevienen profundos cambios en todos los órdenes del Estado, que se dejaron sentir en los más recónditos pueblos de nuestro distrito municipal, al ser sancionada por la Reina Gobernadora Doña Maria Cristina la Constitución de 1834, afianzando de modo definitivo las leyes liberales,

Acordado el desarme de los realistas, son concentrados en Oviedo los de varios concejos, procediéndose a verificarlo de un modo muy original e inesperado. Mientras se hallaban los Voluntarios en la iglesia de San Francisco oyendo misa, les son arrebatadas las armas que dejaran en pabellones fuera del templo, sin recelo de lo que iba a ocurrir; y aunque la sorpresa les produjo la natural irritación, traducida en tumulto con pedradas y protestas, se evitó la efusión de sangre, que era lo que las Autoridades buscaban.

Los realistas del Concejo de Grado fueron de aquellos desarmados en Oviedo, a excepción de algunos que entregaron sus armas voluntariamente en el Consistorio de la villa.

La epidemia colérica el año 34 hacía estragos. Viendo de aminorarlos, ya que no de evitarlos, la junta de Sanidad de la provincia acudió a diversos medios, y designó en el mes de Agosto, para lazareto de coléricos en Grado, la Venta de la Cruz, a pesar de las protestas del vecindario, que obligó al, Municipio a providenciar medidas de defensa contra la plaga, extendida alrededor del pueblo, y en el que por fortuna no llegó a penetrar.

Corresponden a esta época los últimos actos de la veneranda Junta General del Principado, la 1 noble, la patriótica Asamblea, que encarnaba nuestros perdidos fueros, las instituciones políticas, civiles y económicas del país, aunque muy mermadas ya, y que sin violencia se dejaron arrancar los asturianos… en bien de la paz, de la unidad nacional ¡y de las reformas constitucionales! Proceder inéxplicable, cándido y aun absurdo, en abierto contraste con el seguido por otras regiones, que supieron y saben defender el legado de sus mayores en bien de ellas mismas y sin perjuicio del Estado, como los hechos atestiguan,-contraponiéndose a torpes, interesadas declamaciones, favorecidas por el engaño o la ignorancia. Nada hubiera perdido la unidad nacional porque Asturias siguiera en posesión de sus honradas libertades. ¡Bien hayan los individuos de la antigua Diputación, que no quisieron, sin protesta al menos, consentir el inicuo y bochornoso despojo!

El 8 de Diciembre de 1835 cesó por completo de funcionar la Diputación de Asturias, instalándose la Diputación provincial, trasunto triste de las demás del Reino.

Los altercados, las desazones, los rozamientos con el partido de Candamo habían continuado, haciéndose crónicos, por lo de siempre porque este partido semi-independiente, en virtud de varias Reales órdenes, quería inmiscuirse en su exclusivo beneficio en los encabezamientos, elecciones y repartimientos generales del Concejo.

La cuestión tenaz y molesta subió de punto en 1834 con motivo del nombramiento de Oficios de justicia, promoviéndose diferentes instancias, informes, apelaciones, etc., en que matriz y alfoz ponían las cosas, naturalmente, bajo el punto de vista de su criterio. El Concejo de Grado, en verdad, aducía un argumento irrefutable, de continuo repetido, y era que, siendo su jurisdicción casi nula en Candamo, pues podía decirse formaba Concejo aparte, no había racional pretexto para que los representantes de dicho partido tuvieran atribuciones en el resto del Concejo, como había reconocido tiempo atrás la Real Audiencia, tachando de injusta y ridícula la pretensión de los candamines. Y de apoyarla, hubiera sido un privilegio que el Ayuntamiento, celoso de sus derechos, no podía consentir.

Nada, sin embargo, convenció á Candamo, y llegaron á tanto sus arrogancias e insolencias, que la Corporación municipal estampó en sus actas serle intolerable que, de modo tan desusado y torpe, se pretendiese denigrar su honor, imponiéndose exigir a los representantes del alfoz en rebeldía una satisfacción tan solemne v pública como había sido la ofensa, y para conseguirla estaba el Ayuntamiento dispuesto a luchar hasta los últimos límites.

No sabemos si la consiguió; pero sí consta que al siguiente año de 1835 pasó el partido de Candamo, por sí y ante sí, a formar Corporación independiente, tanto en la parte civil como en la económica, según terminante manifestación de los Regidores candamínes al Ayuntamiento de Grado y a todas las parroquias del alfoz, dejando sorprendida a la Comunidad matriz, que no pudo menos de hacer constar su extrañeza por haberse propasado su muy antiguo partido a dar paso tan grave sin la competente Real autorización, y resolvió dirigirse al Gobernador adjuntándole el atrevido oficio de Candamo y a la vez elevar una discreta exposición a Su Majestad.

Pasado algún tiempo, llegó lo previsto, lo que fatalmente tema que llegar.

Con fecha 17 de Enero de 1836. la primera autoridad civil de la provincia comunica al Ayuntamiento de Grado (en cuyo Archivo obra el oficio) la absoluta independencia de Candamo. sin que produzca la noticia la más sensible contrariedad en la villa ni tampoco en los tres restantes alfoces.

Es fuerza, para formar idea del proceso, tener en cuenta que anduvo de por medio la traviesa política, en unión de las conveniencias personales, especialmente en sus postreras etapas.

Mas aunque fueran fundadas las causas de la ruptura, serenamente pensando, debieron y debemos lamentarla.

Vuelven los milicianos nacionales: cinco compañías de apuestos adalides, de alto morrión y azulada levita, formando un batallón que, si inferior en número al de los realistas, porque las parroquias resistíanse a aportar contingente a la causa del mal (debido a los inconvenientes que les irrogaba, más que por sus ideas), se bastaron y aun sobraron para dar que hacer, decir y sentir al vecindario. Ya al verificarse el alistamiento, la mayoría de ellos no fue grata, y por eso se excusaron de mandarlos bastantes liberales de los llamados formales*. Propensos al atropello y al escándalo los tales milicianos, extremaron las venganzas contra el clero y el bando absolutista en general, siendo sus fechorías tantas, que a la postre hubo de procederse a su licenciamiento y desarme, por exigencia misma de los vecinos, sin distinción de matices*.

Estamos en plena guerra civil, que estalló apenas muerto Fernando VII.

No era Asturias de las provincias que más estragos causaba, ni nuestro Concejo donde más partidarios contaba el Pretendiente: lejos de eso, hizo más perceptible la comarca su amor a la Libertad, no dejando arraigar en ella las partidas carlistas, ni cediendo más que a la fuerza a sus reclamaciones.

Se avivaron las disputas y reyertas; tornaron lástimas y horrores a entristecer a Grado mientras la guerra duro no alcanzándole otro beneficío que ser elegido en 1836 por cabeza de cantón, formado de varios concejos, para contribuir al suministro de raciones, bagajes y demás utensilios que necesitaban las tropas nacionales en persecución de facciosos.

Gómez, el caudillo absolutista, salido del país vasco, al frente de sus batallones invade por Tarna el Principado apenas asoma julio de 1836, y entra en la capital el día 5 sin graves obstáculos. Cuenta la división expedicionaria 4.000 infantes, 200 caballos y dos piezas de montaña.

La misión de Gómez, como luego la de Sanz, era distraer fuerzas liberales del teatro de la guerra y organizar a su paso los territorios que cruzaban, allegarse partidarios y convertir a Asturias y Galicia en otra Navarra.

Sobresaltáronse los gradenses al saber que iban a pasar por la villa de una hora a otra las tropas de D. Carlos y las del General Espartero sus perseguidoras, e impulsado el Ayuntamiento por nobles sentimientos ó a fin de evitar perjuicios a sus administrados, acordó prestar a unos y otros contendientes cuantos auxilios demandasen, para lo cual debían estar presentes en la villa todos los Concejales.

Salió Gómez de Oviedo el día 8 huyendo de Espartero y toma el camino de Grado, donde llega entrada la noche. Descansa el 9, observando el movimiento de su contrario, y al siguiente día, domingo, muy dadas las nueve de la mafiana, la caballería carlista, acampada en el Campo de San Antonio, acusa la presencia del ejército liberal, cuyas avanzadas asoman por Peñaflor Pónense acto continuo los rebeldes en movimiento al toque de sus cornetas, y prosiguen, resueltos, su marcha hacia Galicia*.

Inspiraron en Grado los carlistas, más que temor, curiosidad, y no originaron otro daño que el inferido a la tablilla que ostentaba el rollo y decía: Plaza de la Constitución. ¡Viva Isabel II! ; tabla que despedazaron a culatazos, con aplausos y vivas de un exiguo grupo de mujeres que los contemplaba*.

A la hora de salir Gómez de Grado, entró Espartero capitaneando 8.000 hombres, dos escuadrones de húsares y una batería, tributándosele un afectuoso recibimiento, que llegó a ser entusiasta, principalmente por parte de las mujeres, cuando desfiló la caballería en la Plaza, ante la casa en que se alojaba el caudillo liberal, que era la de Fernández de Miranda. Resuelto el General a pernoctar en la villa, pidió para sus cansadas tropas alojamientos, raciones y diversos menesteres, facilitándoles el Ayuntamiento carne, pan, bacalao, maíz, sidra, etc., en abundancia, y 86 carros y 173 caballerías, vencidas que fueron pequéfías dificultades.

Sin más ocurrencias, al amanecer, continuó Espartero la persecución del enemigo*.

Apenas corridos tres meses, D. Pablo Sanz, con 3.000 aguerridos combatientes, sigue las huellas de Gómez y se presenta a la vista de Oviedo el 4 de Octubre, con ánimo de tomarla, mas resiste su empuje la ciudad y desiste del empeño, por entonces, pues volvió a atacarla el día 19, en que se entabla ruda pelea en las calles y son nuevamente rechazados los carlistas, pero a costa de sensibles pérdidas, entre ellas la del miliciano de Grado D. David Díaz Moro, que se había distinguido al lado de otros gradenses, y cuyo gloriosa muerte consigna una lápida del salón de sesiones del Ayuntamiento de Oviedo con la de otras víctimas de aquella jornada.

No abandonó Sanz su misión; prosiguió sus operaciones, y desde Avilés se encaminaba a Grado el día 23, llegando sin novedad a la vega de Peñaflor. Aquí se le interpone el General Peón con 6.000 infantes y 200 caballos; mientras la infantería disparaba desde las alturas de La Campona, en el llano la caballería cargaba sobre los carlistas al grito de ¡Viva la Libertad!

Sanz apenas contesta; límitase a defenderse, y pasa presuroso por Grado*, siguiendo a Cornellana, como hiciera Gómez.

Fue aquello una escaramuza, con ligeras bajas, no combate, y apenas duró una hora.

Descienden a la vega los isabelinos y entran en la villa con propósito de hacer noche, llevando la alegría a todos los hogares. Les son proporcionados de buena voluntad alojamientos, muchos víveres, 47 caballerías y tres carros que al llegar reclaman, y muy temprano, como también Espartero, la emprendieron tras de Sanz, a quien logra Peón batir en el puente de Cornellana, retirándose los carlistas por los puertos de Somiedo y de la Mesa a la provincia de León*.

Salvo esas dos divisiones carlistas, sólo grupos de facciosos ó insignificantes partidas pisaron el Concejo, sin entrar en la capital, que frecuentaron, en cambio, las tropas del Gobierno que iban ó volvían de Galicia.

Algo antes del paso de Sanz, el 9 de Septiembre, otra vez se publicó en Grado la Constitución del 12 con motivo de haber sido restablecida, jurándola el día 10 la Corporación municipal, y el 11, domingo, el pueblo. Con igual alborozo se recibió un afio más tarde el mismo Código al ser modificado; pero en esta ocasión sin más ceremonia que las descargas de júbilo que en honor de él hicieron los milicianos.

Se habían restablecido los juzgados de primera instancia el año 1834, quedando suprimido el juzgado de Grado por no tenerse en cuenta las eficaces razones que motivaron su creación, y desde entonces luchaba el Concejo para recuperar lo que, en mengua del interés común, le había sido arrebatado.

Desde que la supresión fue un hecho, a impulsos del intenso clamoreo, acudió el Ayuntamiento en instancia a Su Majestad solicitando su antiguo Juzgado y la capitalidad en la villa de Grado, cabeza de tránsito para el reino de Galicia, con Administración de Rentas Reales, Correos, Comandancia militar desde 1820, etc., aduciendo los múltiples y obvios motivos que venían en apoyo de su pretensión; y no pareciendo lo bastante, designó el Municipio, de acuerdo con las parroquias, dos personas de reconocida calidad para que gestionasen en pro de la causa de Grado, hasta hacerla prevalecer, reconocidos que fueran los fundamentos que en su favor pesaban.

Sólo promesas consiguieron, sin embargo, y así, hubo de elevar el Concejo otra más expresiva solicitud al Trono por conducto de la Diputación provincial, la que en su informe del 29 de Enero de 1836 decía:

“Las muchas y poderosas razones en que funda la justicia del reintegro de su juzgado el Ayuntamiento reclamante, ya por su posición central y geográfica, por su comercio y tráfico interior, sus ricas producciones, sus importantes mercados y ferias, así como por su población reconcentrada y otros motivos y circunstancias que hablan en su favor y que nunca debieron ni deberían privarle de lo que tan justamente pide, persuaden á esta Corporación que sólo el motivo que indica (no fue otro que el contrapuesto interés) pudo haber sido la causa de la falta de equidad que se tuvo con sus moradores, e impulsa a esta Corporación a unir su voz á la suya.”

Tampoco se adelanta nada, a pesar de tanto empeño, por lo que a las reiteradas instancias de Grado en 1839 vuelve a informar la Diputación en el sentido que antes, y de igual manera la junta provincial, con el resultado de siempre; y llega al año 1841, y al tratarse del arreglo judicial, da pábulo á la esperanza la Audiencia de Oviedo, proponiendo la restauración del partido de Grado, como de necesidad y conveniencia para la buena administración de justicia; mas bastó a la cuenta que la Diputación del citado año 41, llevada de intereses perturbadores y bastardos, mirase el asunto con desvío y dejara de proponer a Grado como cabeza de partido, para que todo quedara en el mismo estado que antes*.

Pronunciamiento de Grado.

Del excepcional suceso viene a darnos clara idea la comunicación que sigue:

“Junta de Gobierno de Grado.

“Esta Corporación municipal, en unión con los jefes de la Milicia Nacional, acordó verificar el pronunciamiento á las seis de la mañana; la bandera que ondea es constitución de 1837, Isabel II, Independencia nacional y Programa del Ministerio López. No podía menos esta Corporación y jefes de la Milicia de secundar la voz patriótica que resuena con nobleza y entusiasmo en la mayor parte de los pueblos de la Nación. Se persuade asimismo que esta resolución es el eco fiel de sus administrados, y que será un blasón que se agregará a los que en un tiempo han conseguido defendiendo la libertad y resistiendo la tiranía.

“Le será de grata satisfacción que V. S., como muy interesado en el honroso nombre de este Concejo, aprobase este hecho y aceptase, en tenua demostración de gratitud hacia su persona, la presidencia de esta junta, que gustosos ofrecen los que suscriben, en nombre de sus compañeros, al noble y venerable anciano, cuyos afectuosos servicios serán de eterna memoria en este Concejo.

Dios guarde a V. S. muchos años.

Consistoriales de Grado y julio 14 de 1843.”

“Eulogio Díaz Miranda, Manuel Cienfuegos Ramírez, Joaquín González Longoria.”

“Sr. D. Gregorio de Jove Valdés.”

Contesta este señor desde La Campona diciendo que ha recibido con agradable sorpresa el oficio comunicándole el patriótico pronunciamiento y ofreciendo su persona y recursos al Presidente y Vocales de la junta para llevar á cabo su resolución heroica*.

No se preocupó gran cosa el vecindario de las consecuencias que podría irrogarle la heroica resolución, que sólo entusiasmó a determinados elementos políticos, y muy particularmente a los milicianos, los cuales derrocharon discursos sobre el pronunciamiento de Grado, valiente y desinteresado, como decía un fogoso orador ante la muchedumbre que se apiñaba en la Plaza Mayor, frente a un cobertizo simbólicamente engalanado, con la efigie de la Reina bajo rojo dosel de flamante percalina.

Vivas y mueras, cantos y danzas, tambor y gaita completaron el inocente, patriótico é inofensivo esparcimiento.

A fines de aquel año, en la madrugada de un día de Noviembre, si no hemos sido mal informados, prodújose un fenómeno absolutamente extraordinario en la comarca. Una sacudida sísmica, ligera, rápida, se dejó sentir. En Grado hallábanse algunos vecinos oyendo misa de alba, y apercibidos, salieron precipitadamente del templo, el cual quedó, como otros edificios, resentido. Nada, sin embargo, notó la mayoría de los habitantes, ni originó el terremoto la menor desgracia en parte alguna; mas los ancianos conservan memoria de aquella extraña oscilación del suelo, que dio mucho que hablar y recelar a las gentes.

En 1844 restablece Elorza en Trubia la Fábrica Nacional de Artillería, y causa el hecho dolorosa impresión a los confiados gradenses, que abrigaron la esperanza de poseer el grandioso establecimiento fabril, como ya quedó advertido en las primeras páginas de este libro.

Al propio tiempo, apuntan los antagonismos que se hicieron perdurables entre la Dirección de la Fábrica y el Ayuntamiento de Grado, sobreviniendo el primer choque en 1846, por empeñarse el Coronel-Director en que su jurisdicción “debía extenderse a un territorio de 300 varas alrededor de la Fábrica, incorporándolo a este fin a la Administración Militar.” Se comprende que a tal propósito se opusieran con energía el Municipio y los Apoderados de las parroquias, considerando la confusión y desorden que hubiera traído a la Administración del Concejo y la baja en el valor de los consumos. Y así, las conferencias que se sucedieron y los oficios cruzados para venir a un arreglo, no dieron resultado alguno, terminando la Dirección por desistir de sus pretensiones ante el clamoreo y cerrada protesta de todo el distrito municipal.

Las consecuencias del pronunciamiento de 1854 apenas se percibieron en Grado, por cuanto lo que ocurrió se redujo a un simple cambio de Concejales y a un nuevo alistamiento de milicianos, cuya conducta debe reconocerse fue muy distinta de la de sus predecesores.

Eran estos milicianos prudentes, serios en general y gente de armas tomar, y algunos, por cierto, habían servido en las filas carlistas, trocando la boína por el clásico morrión, descomunal é incómodo, aunque feo. Contaba la fuerza míliciana tan sólo unos cien hombres, con dos trompetas y tambores, y fue disuelta dos años más tarde, cuando se procedió al desarme de la Milicia Nacional.

La magna cuestión del juzgado de primera instancia continuó a intervalos suscitándose desde que la dejamos. Volvió la Diputación en 1850 a evacuar informe favorable a las solicitudes de Grado, sin éxito, como en las anteriores ocasiones; mas se insistió en ellas nuevamente, y apoyadas otra vez por la Diputación, y de acuerdo el Gobierno civil, se consiguió que fueran, por último, atendidas: una Real orden del 12 de Marzo de 1856 dispuso que el juzgado de primera instancia de Belmonte se instalase en la villa de Grado.

Quedó en ella establecido, en efecto, en medio de general satisfacción, que presto se trocó en disgusto, pues otra Real orden del 2 de Noviembre del propio año vino a disponer la reintegración del juzgado a Belmonte, dejando las cosas de la misma manera que se hallan en la actualidad.

La política lo trajo y ella lo volvió a llevar; mas no por eso deja de estar indicada, como estuvo siempre, la creación de un juzgado que abarque el término municipal de Grado y otros territorios a él limítrofes, cesando la absurda actual división judícial en pugna abierta con el espíritu de la Ley de enjuiciamiento civil.

Al estallar la Revolución de 1868, unos 80 rebeldes, acaudillados por el Capitán Fontela, se presentaron tranquilamente en la villa, uniéndoseles 40 vecinos de los más entusiastas, que siguieron con la partida a Cornellana, en busca de lauros no alcanzados, porque al otro día, si bien fortificaron el puente y tomaron posiciones, prontos a defenderse… se disolvieron a la simple aproximación de las fuerzas del Gobierno. Según dijeron, por suponerlas numerosas, engañados por malos confidentes.

Victoriosa a los pocos días la Revolución, pudieron quedar bien á poca costa.

Renace la guerra civil.

Cien facciosos medianamente armados penetran en Grado al mando de Rosas, cabecilla asturiano, en la primavera de 1872.

Piden y les dan raciones, cediendo a sus exigencias, y al mismo tiempo ofrecen tabaco en venta, arrebatado en los estanquillos de Proaza: no hicieron otra cosa. Cuando les vino en gana, dirigiéronse por Peñaflor hacia Escamplero, cantando alegremente:

Entramos cuando quisimos, salimos cuando queremos; adiós, villa de Grado, que muy pronto volveremos.

Al grito de ¡viva Carlos VII!, entra en el pueblo otra facción en el estío del año siguiente. Su jefe es Santa Clara, y son los carlistas unos 40: los hay que visten rojo uniforme, mientras algunos, desarrapados, calzan madreñas; no iban más iguales de armamento. Entraron al amanecer precavidos y recelosos, porque en La Mata, donde hicieron noche, un grupo de gradenses les agredió. juntos ya en la Plaza, raciónanse, y acto continuo Santa Clara, con cuatro de los suyos, se dirige al Ayuntamiento y se entera de que las Autoridades y los públicos caudales han huido. Pregunta entonces por los primeros contribuyentes y le encaminan a casa de D. Pablo Fernández de Miranda y de Llano Ponte, Gobernador Militar interino, que estaba en ella, y como dentro se lo negaran, procede a un registro domiciliario, que no llegó a terminar, porque le repugnaban tales procedimientos, así dijo, y se fue en busca de otros contribuyentes.

En tanto, por la vega avanzaban perezosamente unos 80 Voluntarios nacionales, y los carlistas, al verlos, con igual reposo, se retiran por el puente de La Mata, dejándolo inutilizado. Hacia El Cueto avístanse carlistas y nacionales, y río en medio se foguean y se insultan, sin que éstos, retados por aquéllos, intenten el fácil vado; por el contrario, de allí a un rato regresan al pueblo a despecho de burlas y chanzas, y días más tarde son en Oviedo desarmados por su cobarde proceder,

Vinieron otros cipayos a guarnecer la villa; pero no hicieron falta sus servicios, porque no llegaron a verse más carlistas.

Sí en el Concejo, que por Sama volvió a introducirse Santa Clara seguido de 200 hombres, con buen equipo y armas y 30 caballos; cruzó el Cubia en Llantrales, y no decidiéndose a entrar en la capital, siguió al Xorro y Fresno, y bajó a Cornellana. A las pocas horas, ya de noche, pasaban por Grado tropas del Gobierno en su persecución.

Fue cuanto ocurrió durante la guerra.

Nada hay después digno de anotarse hasta 1885, en que vuelve el Concejo a sufrir mutilaciones. Las parroquias de Udrión, Trubia y Pintoria, a su ruego, pasan a Oviedo, y siguen los tajos al año siguiente, pues Montovo, Llamoso y Ondes se incorporan a Miranda, a petición también de sus vecinos, sin que en las dos ocasiones hubiese oposición ninguna por parte de los representantes del Ayuntamiento de Grado*.

Se comprende tan extraña pasividad en lo que hace a las parroquias de Salcedo, pero no a las de Trubia, cuya separación privó al Concejo de la Fábrica Nacional, fuente de recursos, y mermó su importancia. Sin embargo, no sólo dejó de formularse la más leve protesta, sino que hasta se favoreció el alejamiento de esas parroquias, fundándose en secundarias o mal entendidas conveniencias, como lo reconocieron más tarde los mismos que cayeron en el error.

Poco resta que narrar; vamos pronto a concluir.

Sólo atención ligera merece el motín de 1889, en que los vecinos de ciertas parroquias se manifestaron contra los consumos, según pregonaban sus blancas banderas, y únicamente sacaron de la protesta alguna de las ventajas que perseguían.

Más grave fue lo ocurrido en Mayo de 1898, no por lo que pasó, sino por lo que reveló aquel conato de rebelión y saqueo. A causa del excesivo precio del grano, debido a la guerra con los Estados Unidos, queríase obligar por la fuerza a los almacenistas de la villa a sacar sus existencias al mercado. Esto era el pretexto; lo que buscaba aquella gente, los cabeza de motín, era el tumulto para arrebatar lo ajeno y dar suelta a sus pasiones. Pensaron provocar la asonada en día señalado, de acuerdo con otros de su jaez, procedentes de localidades distintas, y mientras tanto proferíanse amenazas y se emplazaba a personas respetables, hablándose de venganzas, desorden y destrucción sin rebozo, públicamente. Los vecinos honrados proponianse defenderse a tiros o escapar. Acaso se exageró el temor, pero los síntomas eran fatales. Tanto, que las Autoridades tomaron precauciones y llegaron fuerzas de Oviedo, pudiendo por el pronto conjurarse un conflicto que si ciertamente no tuvo resonancia, por tratarse de una población de escaso renombre y conceptuarse exiguos los medios de los revolucionarios, probó bien claro hasta qué punto van cundiendo las ideas disolventes, que arraigan ya en parajes de sí pacíficos, muy lejanos de los grandes centros de vida y perversión*.

En los días que corremos, aunque menos intensas, repercuten las reyertas de los pasados tiempos. Llámanse ahora conservadores y liberales los que luchan, y como es frecuente en los pequeños pueblos, se halla el de Grado envuelto en la atmósfera malsana de la politiquilla y de las pasiones de bajo vuelo que lo aprisionan y corroen, mas, sin embargo, sigue el camino del progreso con pie firme, por su propia vitalidad y un espíritu de mejoramiento que, sobreponiéndose a todo, le empuja hacia adelante, bien que su carrera fuera más rápida, de no obstruir su paso las perniciosas causas señaladas.

Nuevos elementos de vida asoman pujantes en el horizonte de la villa.

¡Que ellos sean anuncio feliz de los tiempos venideros!

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