Guillermo Estrada y Villaverde, discurso en el Congreso de los Diputados 1 de julio de 1871.

El amor a la Patria es ese sentimiento indefinible que nos une al suelo que nos vió nacer, donde nuestra vida se desarrolla y donde esperamos y queremos que se abra nuestra tumba; es el amor al suelo donde viven las personas que nos son queridas dentro y fuera de la familia, donde descansan los huesos de nuestros padres, donde nacen esos seres que sólo a cada uno de nosotros es dado llamar con el nombre de nuestros hijos, donde habita esa familia inmensa a la que nos unen los vínculos del idioma, de la legislación, de las costumbres, de la historia, y como podía decirse hasta hace poco en España, los vínculos de una religión misma. Las glorias de la Patria son nuestras glorias; sus desgracias, son nuestras desgracias; y tratándose de la Patria es lícito tener orgullo y disculpar errores porque nos guía, no un egoismo personal, sino un egoismo generoso. La Patria tiene un valor que sólo comprende el infeliz proscrito que la llora perdida; tiene un valor tal, que aún los días de corrupción y decadencia, no pueden borrar aquella sentencia propia de edades viriles y heroicas: dulce et decorum est pro patria mori.

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