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La Nueva España

26/02/2016

Miguel A. Fuente Calleja

Zapateros y músicos abundaron en una de las plazas castizas de la Villa Condal, hasta que la modernidad la convirtió simplemente en una vía de paso

Fue una de las plazas castizas de la Noreña de principios del siglo pasado. En ella desemboca la calle Socarrera, en su tiempo una de las más largas que había en todo el pueblo, pues llegaba desde El Berrón hasta la propia plaza, y una bifurcación hasta la de La Cruz, tramos y denominación que cambiaron con la llegada del callejero.

Hasta ayer mismo fue lugar lleno de tipismo, con casas de dos plantas, con balcones y poco más de una veintena de vecinos. Contaba con talleres de zapateros, uno de ellos el del popular Cebuche, apodo de Joaquín Bobes Mencía, casado con “La Republicana”, que disfrutaban como nadie bailando la jota en la desaparecida fiesta de San Roque. Junto al taller de Cebuche estaba el del Culero, otro zapatero de la historia local y, según cuentan, enamorado de la sidra.

Pero aún había más discípulos de San Crispín en la plaza: estaban también Los Cacheros, buena gente, y el taller de Julianón, padre de Gadona, mujer de mucha altura y desgarbada que al irse su marido y su hijo de emigrantes a América, enloqueció, se supone que de amor. Admitía huéspedes ocasionales en su casa y en cierta ocasión en que un corredor de cueros pernoctó en su casa, al verla pasar en camisón y a la luz de una vela, salió despavorido al ver la sombra de gran figura. También se ubicaba allí el taller perteneciente a Vallina, que alternaba su profesión zapateril con la de músico director de la banda de la Fundación Rionda; la casa de Félix Lavandera, de la familia de Les Peruches, trombón de la banda y secretario municipal, y es que músicos y zapateros había en todas partes. La familia Lavandera no se llevaba muy bien con la de Les Palomes -Les Palombes, que decía Pérez de Ayala-, que vivían frente por frente y se cruzaban alguna canción irónica a modo de insulto, aunque no consta que llegasen a las manos en ninguna ocasión, que el respeto es el respeto.

¿Por qué el nombre de La Nozalera? Los más veteranos de la zona con los que pudimos hablar conocieron tres nogales en una finca cercana, según nos contaba el recordado erudito Pepe Mata. Posiblemente hubiese habido algún bosquecillo de nogales en esa zona. Incluso el gran personaje poco reconocido en su villa natal D. Cipriano Rodríguez Monte firmaba sus escritos periodísticos como “Nozalera”.

Lo que sí recordamos, porque ya nos situamos en los años setenta del siglo XX, eran unos inmensos eucaliptos en la finca de la familia Mata, donde se ubicaba su taller de carpintería frente a la casa donde nació el Padre Alberto Colunga, en esos años ocupada por el ultimo transportista de carro y caballo, el querido Janda. Cercano a éste, el taller de bicicletas y motocicletas de Tino Cuesta, lugar de tertulias a cualquier hora del día. No nos olvidamos del transformador eléctrico, que al derruirlo pasamos del cemento a ver el verde paisaje de Ferrera y todos los montes que aparece tras este pueblo vecino. Y la farola más emblemática de la villa, que ocupaba el centro de la plaza, fue retirada -otra injusticia de mal gusto- para dejar sitio a árboles, a asientos que casi nadie ocupa y a los extraños “pirulos” de fundición -por fin renovados- que estropean carrocerías de automóviles y cuya utilidad nadie reconoce.

Desde allí sale la calle Nueva hacia la avenida de Gijón, que alguien propuso en su tiempo denominar como de John Lennon, propuesta desestimada por la oposición vecinal. Al final de esta calle, junto a una fuente, estaba el taller de carros de José Enrique Noval y después taller de ferralla de su hijo, actualmente campeón de España de veteranos en tiro olímpico.

Pero volvamos a La Nozalera, donde estaba la tienda de ultramarinos de Nati, el bar “Trampas” de su esposo, los camiones de mercancías de El Castromocho, el taller donde confeccionaban trajes regionales las hermanas Lavandera y anteriormente escuela de corte y confección.

La modernidad llegó a la plaza y a todo su entorno, como ya queda dicho, y donde antes había tipismo, puertas siempre abiertas, tertulias de vecinos al anochecer, niños correteando tras alguna pelota, mujeres vareando la lana de los colchones, un afilador ocasional y algún mecánico accidental intentando poner en marcha algún viejo artilugio, sólo queda una plaza muerta como vía de paso.

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