2012elcapitancarlistaGerardo Lombardero, Librum Tremens, Madrid, 2012, 258 páginas.

Fuente: El blog de Tino

La novela arranca en la primavera de 1872. Faltan algunos días para que Carlos María de Borbón y Austria-Este, pretendiente al trono español, dé a sus partidarios la orden de sublevarse, esto es, de iniciar la Tercera Guerra Carlista (algunos historiadores la clasifican como segunda: atribuyen a la verificada en Cataluña entre los años 1846 y 1849 el carácter de levantamiento popular).

Primogénito de una familia burguesa de Gijón, Pedro Artáez es un joven libertino al que expulsaron de la academia militar por haber participado en un duelo furtivo y marcar de un tajo la cara de su competidor. Aunque su padre es partidario de los isabelinos, él los considera «… una chusma centralista, capitalista y liberal por esnobismo» (p. 21), aversión  que proviene de su familia materna, algunos de cuyos miembros (un tío, su abuelo…) lucharon a favor del pretendiente en la primera carlistada.  Pero su relación con la política sobrepasa el ámbito de las opiniones y tendencias: Pedro forma parte de un grupo de conspiradores que, ante la inminente entrada de Carlos María de Borbón en España, prepara la sublevación de los carlistas asturianos. Durante una reunión nocturna celebrada en una casona de las afueras de Gijón, el grupo se constituye en Junta de Guerra. Cuentan con doscientos hombres. Deciden dividirlos en dos partidas. Pedro Artáez es destinado a una de ellas como segundo oficial al mando con el grado de teniente. Asimismo, acuerdan partir de inmediato y, en lo que afecta a la cuadrilla de Artáez,  reunirse en Grado. Pedro, furioso y desengañado por haber descubierto  a su amante en la cama con otro la noche anterior,  va a su casa, escribe una carta de despedida para sus padres, recoge algunas pertenencias y algo de comida que le prepara la criada, coge el caballo y se echa al monte.

Gerardo Lombardero (Oviedo, 1951), enmascarado en un narrador que adopta el punto de vista de Pedro Artáez, nos cuenta esta introducción y toda la historia con prosa seca, clara, precisa e imprimiendo a la acción un ritmo vertiginoso, como vertiginosa es la vida de un genuino hombre de acción.

En efecto, Artáez cabalga, asalta, protege, ama, venga, odia, mata, huye o simplemente viaja  a Cuba y regresa sin detenerse a reflexionar: su acción, su vida, son para él el único criterio de verdad, y la experiencia ordinaria, adquirida en sus andanzas, es el único guía teórico que admite.

El resultado es una novela histórica,  de aventuras, romántica, muy bien construida y, por lo tanto, creíble, que atrae desde la primera frase y da en todo momento la sensación de que el narrador, con su furor arbitrario (véase cómo el anticlerical Artáez se justifica ante sí mismo  por defender una causa basada en el fanatismo católico —p. 22—)  y romántico (ya expresado en la propia dedicatoria), busca siempre la verdad.

Recomiendo vivamente El capitán carlista y espero ansioso la próxima novela de su autor.

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