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La Nueva España (06/12/2005)

Me gusta contar esta historia, porque estoy seguro de que son muy pocos los que la recuerdan y aún menos quienes conocen los detalles. Su protagonista es un Borbón que quiso ser rey y se quedó en el camino.

Veamos: cuando el general Franco decidió que la continuación de su régimen debería pasar por la restauración dinástica se vio en la disyuntiva de elegir entre las dos ramas de la familia que reclamaban la legalidad de la estirpe, es decir, los «juanistas», partidarios de don Juan, hijo de Alfonso XIII, el monarca al que la República sacó de España, y los seguidores de la tradición y del último «rey» de los carlistas, Alfonso Carlos de Borbón, que había fallecido sin hijos en septiembre de 1936 atropellado por un camión en su exilio de Viena, cuando contaba 82 años.

Ustedes conocen bien que la decisión recayó en el príncipe Juan Carlos y seguramente también les suena que ante esta inevitable circunstancia los legitimistas acabaron enfrentándose entre ellos hasta convertirse en un pensamiento residual, pero tal vez no sepan que hubo un momento en el que un grupo de mineros asturianos se convirtió en uno de los principales apoyos del pretendiente carlista.

Antes de su muerte, Alfonso Carlos de Borbón había tenido tiempo para designar como heredero de su causa y responsable de la «comunión tradicionalista» a su sobrino Javier de Borbón y así se tuvo en cuenta cuando en mayo de 1952 el consejo nacional de este partido le nombró en Barcelona rey de España; para entonces, este curioso personaje contaba en su historial el mérito de haber estado preso en el campo nazi de Dachau, pero tenía el inconveniente de ser más francés que español. Por lógica, su hijo Hugues, al que se le castellanizó como Hugo añadiéndole además el clásico Carlos, se convirtió en príncipe de Asturias para sus partidarios.

El «príncipe» se presentó por primera vez a sus seguidores como tal en 1957 durante la concentración anual que se celebraba en Montejurra, y desde aquel momento se dedicó a darse a conocer por las agrupaciones de requetés de todo el país. Tres años más tarde, en 1960, la causa carlista conseguía reunir en la misma fiesta a 45.000 personas y, por fin, en 1962 Carlos Hugo era recibido por Franco en el palacio de El Pardo. Aquellos fueron seguramente los momentos más dulces para el carlismo y acabaron de decidir a quienes pensaban que era necesario iniciar una campaña para acercar al pueblo a su futuro rey, marcando las distancias con su primo Juan Carlos.

Éste había viajado por orden del general hasta Mieres el 10 de abril de 1961 para visitar el exterior del pozo Nicolasa y la 3.ª planta de Barredo en una jornada que la prensa se encargó de divulgar adecuadamente. Carlos Hugo quiso ir más allá y, ocultando su identidad, se trasladó a la cuenca del Nalón a principios de julio de 1962 para conocer de cerca la vida de los mineros y trabajar junto a ellos una temporada.

En el Sindicato Español Universitario (SEU), dirigido entonces por Martín Villa, se había organizado el denominado Servicio Universitario de Trabajo, que contaba con campos repartidos por las tierras e industrias del país en los que participaban por turnos grupos de voluntarios. Firmando con el nombre falso de Javier Ipiña, prestado por un amigo, y acompañado por el joven carlista García Marcos, el pretendiente llegó a El Entrego para alojarse junto a los estudiantes falangistas en una nave colectiva cercana al pozo de Sotón y realizar veinte jornales en el pozo, por los que acabó cobrando 1.200 pesetas.

Justo el último día, periodistas de la agencia «Europa Press» se presentaron en el Nalón dando a conocer la personalidad del joven minero, que ya era popular entre todos por su acento francés, su educación, su buen trato y -lo que resultaba más sorprendente en un Borbón- su afición al trabajo; e incluso tras su marcha se celebró un acto de homenaje en el que se leyó su emotiva despedida: «Cuando me hablen de los mineros no podrá engañarme nadie. Cuando me hablen de vosotros sabré de qué me hablan» y remataba: «Estoy orgulloso de haber trabajado con vosotros y siempre recordaré aquel mes en que fui minero. Minero de corazón y peón caminero en el pozo de Sotón».

El objetivo que se habían propuesto quienes planearon el episodio asturiano se logró con creces; desde aquel momento, Carlos Hugo se ganó el afecto de muchos obreros e incluso se formó en las Cuencas un pequeño colectivo que veía en él al futuro «monarca del pueblo».

A los pocos meses tuvo lugar un epílogo de esta historia, menos conocido, pero revelador de la conversión a la causa carlista que se operó en algunos. Corría el mes de marzo cuando unos cuarenta mineros de diferentes pozos contrataron un autobús que les condujo desde San Martín del Rey Aurelio hasta la capital de España para regalar a su flamante candidato una lámpara minera con la inscripción: «Los mineros de Asturias, a su príncipe».

Carlos Hugo les abrió su casa demostrando todo el cariño de que era capaz y ejerciendo de príncipe de Asturias; bebieron sidra juntos, recordaron los días del Sotón e incluso visitó con ellos el Valle de los Caídos, monumento imprescindible en el Madrid de la época; incluso los más concienciados decidieron ejercer de propagandistas y aprovecharon para llevar su idea a destacados miembros de la política franquista, el sindicalismo vertical y la prensa del régimen.

En el diario «Pueblo» fueron recibidos de mala gana por su director, Emilio Romero, entonces decidido adalid de la continuación de las estructuras del franquismo y -como mal menor- partidario de la otra rama de la familia Borbón. Al saber lo que traía la embajada, les espetó: «Ése es francés». No hizo falta más; dicen, quienes vivieron la escena, que allí bajaron todos los santos, y el periodista, para salvar su integridad, tuvo que buscar protección entre las rotativas.

Lo que sucedió luego fue la deriva acelerada de la causa carlista hasta convertirse en inoperante para la política nacional. Un culebrón con peleas entre hermanos, separaciones matrimoniales y discusiones de todo tipo con el que se podrían llenar horas en las tertulias televisivas, pero que se silencia porque, a pesar del tiempo transcurrido, parece que quienes controlan la información siguen pensando que lo mejor es dejar «las cosas de familia» en el olvido. En 1970 Javier de Borbón repitió la mala suerte de su antecesor en la dinastía y fue también atropellado, aunque esta vez en una calle de París. Aún sobrevivió al accidente 7 años, pero desde ese momento lo dejó todo en manos de su hijo y en abril de 1975 la Hermandad Nacional de Antiguos Tercios de Requetés y el Partido Carlista comunicaban que «don Javier I» había cedido la corona a su sucesor, «Carlos Hugo I». Tras la muerte de Franco, el partido participó activamente en la política de la transición desde la perspectiva de la izquierda; se le impidió presentarse a las elecciones de 1977 y fue una de las organizaciones fundadoras de la coalición Izquierda Unida. Por fin, Carlos Hugo, agotado por las decepciones, fue apartándose poco a poco de la vida pública y, en 2000, le pasó los trastos a uno de sus hijos, Carlos Javier.

Actualmente, el legitimismo se encuentra dividido, y mientras los «huguistas» defienden una monarquía socialista dentro de un Estado federal con unos postulados económicos y sociales tan avanzados que rozan la utopía, otros grupos más tradicionales se han separado de este camino y siguen anclados en las posiciones decimonónicas y en seguir el lema que propuso el beato P. Rubio, uno de sus ideólogos: «Hacer lo que Dios quiere; querer lo que Dios hace». Qué curiosa es nuestra historia y cómo la olvidamos a veces.

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