J.M.F.

En la novelística avilesina se encuentran algunas anécdotas referentes a personajes que tuvieron que ver con el carlismo. Interesa recordarlas. Ya en la pasada edición de El Bollo (2011) abordamos parte del tema al hablar de la novela Marta y María. Recordaremos algunos datos a fin de situar los hechos que se encuadran principalmente en la Primera Guerra Carlista (1833 a 1840). Como marco histórico únicamente usaremos las noticias que aportan sobre Avilés: David Arias, el Marqués de TevergaManuel Álvarez Sánchez y los escritores Palacio ValdésConstantino Suárez (Españolito) y Eloy F. Caravera.

El Carlismo se inicia con la Reina Isabel II, hija de Fernando VII, cuyo hermano Carlos María Isidro le exigía la corona en razón de la Ley Sálica, que prohibía que las mujeres heredar el trono. Fernando VII suprime la ley para favorecer a su hija Isabel, en torno a la cual se reúnen los liberales, nacidos de la Revolución francesa y de la revolución industrial. En torno a don Carlos se agrupan los realistas o carlistas, partidarios del Antiguo Régimen radicados principalmente en el mundo rural, tratando de conservar la fe y las tradiciones. Los isabelinos o liberales tenían más partidarios en las villas y ciudades. Avilés, villa liberal entre las liberales, se mantuvo siempre fiel a Isabel. (1)

DAVID ARIAS

Es David Arias (2) quien más datos aporta. Los sitúa en el mes de julio de 1836. Espigamos lo que nos parece más notorio para nuestro trabajo. Al amanecer del día 6 la villa despierta alarmada por el anuncio de que se acercan los carlistas. Muchas familias abandonaron sus hogares. El alcalde don Galo de las Alas Pumariño y concejales abandonan también sus puestos. En vista de lo cual se forma una Junta para la defensa en la que toman parte los párrocos de San Nicolás y de Sabugo. La guardia nacional se presenta en las Consistoriales y entrega las armas. El día 8 de julio se presenta en el Ayuntamiento una partida carlista mandada por el titulado oficial, Bernardo A., nombrando a don Antonio Carvajal comandante de armas de Avilés y su concejo “por su adhesión al rey nuestro señor Carlos V”. De momento solo se limitó a pedir raciones, pero volvió el día 10 con un grupo nutrido de facciosos y llevó los fusiles de los nacionales. En Miranda habían dejado 200 hombres porque iban de marcha temerosos de ser alcanzados por la división Somoza del animoso ejército liberal.

En honor de Carvajal debemos confesar que en Avilés no ha cometido ninguno de esos excesos frecuentes en las luchas fratricidas. Sí se distinguieron por su fanático entusiasmo hacia el carlismo don José Vega y Nicolás Otero, desterrado aquí. Vega, apenas recibió la noticia de la llegada a Oviedo del cabecilla Gómez, corrió al ya ex convento de San Francisco a repicar las campanas con una turba de muchachos y a disparar cohetes.

Al oscurecer del 22 de octubre de 1836 entraron las facciones de Sanz. Alojadas y racionadas dentro de la villa, pidió a la Junta que le entregase 100.000 reales. Sin embargo antes de obtener esta contribución, el general Álvarez coronaba las alturas de la Luz y las inmediaciones de la villa. Sanz no se atrevió a esperarlo dando órdenes para una marcha que tiene todos los caracteres de una fuga. La Junta no repartió la cantidad ni exigió suma alguna, porque Sanz no pensaba más que en escapar a la activa persecución de los liberales. Los milicianos de Avilés, acudieron a Oviedo y allí se distinguieron algunos en la lucha. El general Álvarez no atacó a los carlistas en nuestra villa y acampó en Villalegre porque había dado orden de cortar el puente de Peñaflor. Cuando Sanz tuvo noticia del hecho apresuró la marcha. José Muñiz, preso el año 23 por adherirse al movimiento constitucional del 1920, inscribió a dos de sus hijos como voluntarios en el ejército liberal; y Francisco Luis Sánchez, que se batió al lado del valiente Pardiñas, contra Gómez en los puentes de Soto, herido prisionero, fue a morir a Salvacañete.

EL MARQUES DE TEVERGA (3)

 

Recoge poco más o menos la misma información que había aportado ya David Arias. Por tanto y para abreviar la omitimos.

MANUEL ÁLVAREZ SÁNCHEZ

Manuel Álvarez (4) nos aporta noticias referentes a la tercera guerra carlista (1872-1876): “Treinta y ocho años después, el 27 de octubre de 1874, entró en nuestra villa otra pequeña partida, exigiendo al Municipio trescientas raciones y veinte mil pesetas en metálico. Era entonces alcalde don José Viña, (ver nota 10) y ante la negativa de este a satisfacerlas, se suscitó una escaramuza, en la que desgraciadamente, hubo derramamiento de sangre, resultando muerto por temeraria imprudencia, el vecino Pablo Suarez Solís, y más tarde otro también de los carlistas”. Estas últimas noticias están más en consonancia con los hechos de la novela Marta y María y también con los de MayitaPalacio Valdés toma acaso de oídas datos referentes a las tres guerras pero la acción de Marta y María se sitúa claramente en la tercera (1872-1876).

PALACIO VALDÉS

Tanto en La Fe como en Mayita dos novias reciben cartas de su prometido que militaba en las filas carlistas, ambos fallecen en acto de servicio. Ellas les guardan fidelidad en una piadosa soltería. En la novela La Fe de Palacio Valdés, el “carlismo” hace acto de presencia en varias ocasiones Recogemos aquella que se refiere a una señora llamada Dña. Teodora, que “sostuvo amores muy finos y románticos con un teniente de Arapiles que pereció en la acción de Ramales. La víspera de la batalla se había despedido de ella, por medio de una carta escrita sobre un tambor: el corazón le decía que al día siguiente ´una bala traidora cortaría el hilo de su existencia, pero que moriría con el nombre de Teodora en los labios´. Esta, conservaba la carta como preciosa reliquia y guardaba así mismo fiel su corazón a la memoria del valeroso y romántico teniente”, que fue sin duda uno de los 27 carlistas que perecieron en la cueva atacada por Espartero en ese pueblecito de Ramales (Santander) fronterizo con Guipúzcoa. El grupo de carlistas que fueron derrotados estaba mandado por el general Rafael Moroto. (5)

En Marta y María Palacio Valdés llega a implicar de manera seria en el carlismo a la protagonista en una célula revolucionaria, siendo incluso juzgada por lo militar y a punto de ser encerrada en la cárcel celular. Tanto el párroco de Peñascosa como don César de Nieva y el jefe de la sonada carlista preparada en Marta y María, son tipos exaltados, de algún modo estrafalarios. La sonada que pretendieron los carlistas dar en Avilés, según los historiadores, coincide con los años 1834. Sin embargo el grito de don César: “¡Viva Carlos Séptimo!”, nos lleva bastante tiempo después, a la Tercera Guerra carlista que tuvo lugar cuando Carlos VII y sus partidarios se sublevaron en 1872 contra Amadeo I y la República, guerra que duró hasta 1876 cuando los carlistas fueron totalmente derrotados. El capítulo XIII se inicia hablando del comandante general Ramírez que la vacilante República (1873-74) tenía en Oviedo. Por tanto se nos da la fecha casi exacta 1873. Don César al ser acribillado por las balas grita también por la reina Margarita de Borbón y Parma, esposa de Carlos VII desde 1867, y muerto en Venecia en 1909. (6)

Palacio Valdés  juega con las fechas y los hechos carlistas sin que haya modo de ajustarlas con exactitud a la historia.

CONSTANTINO SUÁREZ.-ESPAÑOLITO.

En la novela Isabelina de Constantino Suárez “Españolito”, (7) y cuya acción trascurre en Avilés (Miracielo), aparece ya desde el principio el sobrenombre de “la Carlistona” aplicado a la madre de la protagonista…

“… acertado retrato moral- era como un marbete con que de antiguo la señalaron los pocos antimonárquicos y los muchos isabelinos de Miracielo, por ser ella hija de un insurgente carlista.

Sabido es cómo los hijos heredan de los padres con frecuencia cuanto puede ser un estigma, por antojo del padrino de pila, representado en la opinión ajena, estigma que seguramente no han merecido por ningún concepto. Pero en este caso, dadas las ideas y el carácter de Eladia, no le vendría mal por entero e1 apodo, a no ser por el horrible recuerdo que evocaba.

Su padre y otros dos miracielinos, huidos y maltrechos a consecuencia de haberse dispersado derrotada la partida carlista de que formaban número, habían optado por volver a sus casas. Pero cuando los tres fugitivos llegaron a los aledaños de Miracielo y se enteraron de que la villa era una especie de cuartel del Ejército nacional, donde hasta los simplemente sospechosos de parcialidad por el Pretendiente eran perseguidos a sangre y fuego, decidieron aceptar el albergue y amparo ofrecidos por un campesino de una aldea inmediata a la villa, hasta que desapareciera el peligro que gravitaba sobre las tres cabezas.

Como las exploraciones soldadescas eran frecuentes e inesperadas por aquellos contornos, el buen campesino, por mejor asegurar la vida de sus protegidos y para no comprometer demasiado la suya propia, ideó ahuecar una de las dos varas de hierba que había levantado cabe la quintana, convirtiéndola en aposento de los tres carlistas cada vez que sospechaban la visita de los nacionales, o los veían venir a lo lejos, desde el desván, merced a una teja levantada en la techumbre. En más de una ocasión los perseguidos se vieron obligados a refugiarse en el vientre ahuecado de la vara de hierba, escondite que les servía de tormento, más por el calor asfixiante que soportaban allí que por miedo a los persecutores; pero la última vez que acudieron al refugio fue para no salir de él vivos. Cuatro fornidos soldados, sospechadores o enterados de que no era la vara de hierba tan maciza como parecía, calaron las triangulares bayonetas en las carabinas y empezaron a coser la vara a bayonetazos, y en ella los cuerpos de los tres infelices refugiados, sin darles tiempo a que el espanto de la muerte les dejara emitir el menor grito de piedad o de dolor.

Así, en suplicio tan doloroso, perecieron aquellos tres desdichados, de los cuales, de haber ganado la guerra don Carlos, la Historia habría recogido los nombres con letras luminosas y el fervor patriótico los inmortalizaría en mármol o bronce; pero como el Pretendiente perdió fa causa, se quedaron en la categoría de forajidos.

Pues uno de estos forajidos o mártires -la diferencia está en servirse del prisma, por lo plano o por la arista-  fue el padre de Eladia, a la cual no bastó apodarla la Carlista por esa causa, sino que el mote debía de llevar a la vez algo personal de ella, y bien fuese por su obesidad, ya por su mal genio, o por ambas cosas, el pueblo le aplicó el aumentativo, por lo que vino a ser La Carlistona.

ELOY FERNÁNDEZ CARAVERA

Mayita, (8)  es otra novela desarrollada en la Villa del avilesino Eloy F. Caravera, publicada en folletón en La Voz de Avilés, bajo el seudónimo de Pepe Rivero. En ella el autor, que encarna al protagonista Luis de Carbayeda, defiende la españolidad de Cuba frente a la recién llegada familia de Mayita, que salvo el padre, todos eran simpatizantes o pertenecían al grupo de los insurrectos contra España llamados también mambises. Revisando los números que tenemos de La Luz de Avilés (1869… 1890) se puede constatar la defensa a ultranza que en primera página desarrolla el semanario durante toda la primera etapa.

El personaje que nos interesa fue muy popular en el Avilés de primeros de siglo XX. Se trata de una de las Cucuruquinas llamada en la novela Genoveva Bustiello y que tenía su hogar en la calle de Adelante, barrio de Sabugo. El protagonista, que habla en el bable de Avilés, la describe como “una señora de muy mal carácter, que tien una criadina que ye igual que ella en tamaño y en genio. Cuando nos sentamos en los poyos que hay debajo de sus portales, échanos agua pa espantanos. Ye nana del todo. Entre ama y criada no tienen mi estatura. Cuando va a misa lleva una cola así de larga, con la que va barriendo la calle. Lleva siempre una mantilla que i llega al suelo, puesta a la española. La peineta que lleva en el moño, tien más de una cuarta de alto, como la que lleven les buenes moces. Va siempre seguida de la criadina, que-i-lleva la silla; una silla plegable que paez pa una muñeca. ¡En Sabugo ye muy popular!”.

La descripción de Caravera coincide con la que nos aporta en la comedia Barrabás Suárez Solís. (9)  En él cita a las dos como tías de Leopoldina, uno de los personajes de la obra. En un ejemplar que el autor dedica de su puño y letra a J.Mª Malgor, este anota al margen los nombres reales de los personajes, así el médico es VillalaínSanperendengues es un popular tonto conocido en Avilés por Perende. Y también a lápiz identifica a doña Gallito y a doña Gallinita como Las Cucuruquinas: “dos chiquitas y ridículas viejas presumidas; delgadita la una, regordeta la otra. Siempre andan juntas, y sus expresiones y movimientos denuncian la misma mentalidad. Visten trajes costosos, muy chillones y adornados”. (Barrabás, pág. 25)

Según Matilde Beneitez (10) vivían en una casa que tiró la aviación durante la guerra civil sita detrás del Ayuntamiento, hoy ya eliminada. Se las veía pasar camino de la Iglesia de los PP. Franciscanos a menudo. En cambio Caravera las sitúa en el barrio de Sabugo al lado de la casa de Victoriano La Pichona.

La madre de Mayita traía de Cuba una carta de un hermano de la Cucuruquina. En la visita que le hace con Mayita y Luis Carbayeda para entregársela, Genoveva les cuenta la frustrada historia de sus amores con un carlista. Habían mantenido correspondencia sin conocerse…

“Una mañana sentí en la calle inusitado movimiento, voces, gritos, carreras. Precipitadamente me asomé al balcón.

-¿Qué pasa?, pregunté anhelante a la gente que corría con dirección al Bombé.

-¡Qué tán ahí los carlistas!”, me contestaron llenos de pánico.

Gozosa corrí al tocador para acicalarme.. Los minutos se me hacían siglos. Corría de un lado para otro sin detenerme en ninguno.

De pronto se oyeron tiros por el Campo de Bogad y por la Parada.

-¡Ya está ahí mi Abelardo!”, dije a la muchacha.

Unos golpes precipitados del aldabón. Bajo la cancela apareció un apuesto militar con boina colorada, de la que colgaba airosamente una borla de hilos de oro.

-¿Vive aquí la señorita Genoveva Bustiello?.

-Servidora”, contesté almibarada mientras me prevenía para recibirlo rendido en mis brazos. Pero, ¡ay!, no pasó de la puerta. Me miró un momento como si yo fuera un dios del Averno, y girando sobre sus talones coronados de espuelas de plata, se fue sin decir ni siquiera los buenos días.

¡Y aquel hombre que era todo para mí, se fue para siempre!¡Para siempre, señora!… Lo sentí bajar por las escaleras como un ciclón y cerrar la puerta tras de sí con gran brusquedad… Después oí al galopeo de los caballos que se alejaban… Más tarde, tiros y más tiros… A la noche, vinieron los vecinos a contarme todo lo ocurrido. ¡Quién iba a esperar aquel final!

-¿Lo mataron? -preguntó apremiante Mayita.

-Sí. Esa fue mi mayor pena. Verá usted. Habían pasado el río Nalón al amanecer, y se abrieron el camino hasta Avilés a fuerza de tiros… Pregunta aquí, pregunta allí, llegaron frente a mi casa… Distribuyó su gente para que le guardaran la espalda. Dos compañeros quedaron ante mi portal, y los siete restantes tomaron las bocacalles del barrio… El, subió a verme… Luego. ¡Ay! ¡La tragedia!… Salió de mi casa hecho un basilisco, y sintió ansias de dominar al pueblo… Fueron al Ayuntamiento con ánimo de pedir la rendición de las autoridades; pero, Viña, que era el alcalde, no estaba en su despacho…  Salieron a buscarlo, y tampoco estaba en su domicilio… Recorrieron varias casas, creyéndole escondido… Mientras tanto, la gente fue dándose cuenta de lo exiguo de las fuerzas invasoras, y se echó a la calle con el propósito de expulsarlas… Don Francisco Viña (11) seguía sin aparecer… Los guardias municipales, que eran dos o tres y sólo armados de sable, se rindieron a la primera invitación. Pero un sereno apodado el “Serenito”, aunque ya no estaba de servicio, inició la batalla trágica disparando su revólver. ¡Cara pagó su osadía! Como contestación, recibió un tiro en un pie que lo dejó cojo para toda la vida. Aún se le puede ver así lisiado en su puesto de venta de cuchillos y navajas bajo los arcos de la Plaza en los días de mercado, ya que quedó inútil para el servicio de vigilancia… Pero entonces, a pesar de estar herido siguió disparando. El ejemplo de su valentía prendió en los avilesinos y generalizose la lucha. En un balcón del palacio de Ponte se asomó curioso don Joaquín el Excusador y también fue herido en un pie. El tiroteo iba en aumento. Por todas las bocacalles aparecían valientes dispuestos a la lucha. Los dominadores pasaron a dominados. Entre los carlistas entró el pánico y se dispersaron.

Uno de éstos que montaba un caballo blanco entró a galope por el Rivero, pero un loco que llamaban Pepín de Figaredo se agarró fuertemente a la cola del caballo y lo siguió en su carrera.

-¡Mira, que tiro!, amenazaba el militar.

El loco no hizo caso de la intimidación y seguía asido a la cola. Entonces el carlista se volvió para dispararle su fusil, pero no le dio tiempo; desde un portal le hicieron fuego con una escopeta y cayó del caballo herido. El caballo, libre de su montura, emprendió vertiginosa carrera arrastrando a Pepín de Figaredo pegado a sus ancas.

El soldado, al verse desamparado, se internó en la calleja del Marqués. Se sentía morir. Arrastrándose como pudo, llegó al río San Martín y se escondió en un bálago de hierba que había en un prado cercano (12) Allí le descubrió un albañil, que llamaban el Tagarrión, y, a pesar de las súplicas del herido, aquél lo remató a cuchilladas. ¡Y así cayó Abelardo! ¡No sé dónde, pero cayó! Por eso he dicho antes que se había ido para siempre. ¡Fue una aventura muy atrevida! A no haber muerto conservaría mis esperanzas toda la vida… Aquellos carlistas eran hombres muy valientes y luchaban por la causa mejor. Se portaron caballerosamente y no quisieron ocasionar al pueblo ningún daño”.

He querido recoger únicamente unos retazos sobre la Guerra Civil Carlista en Avilés usando noticias que nos aportan los tres historiadores que han estado más cercanos a los acontecimientos y la pluma de tres novelistas que sin duda añaden cierto plus de imaginación al relato histórico. Han sido resumidas por razones de espacio en esta publicación. De todas formas como hay tan poco escrito sobre este periodo de la historia en nuestra villa nos pareció que también podrían interesar estos breves apuntes, sin más aparato crítico ni comentarios.

NOTAS

(1).- El Bollo 2011, págs. 90-94.

(2).- David Arias. Historia General de Avilés y su concejo, Avilés 1973

(3).- O. Bellmunt. y F. Canella, Asturias Avilés, Gijón 1895, pág. 237.

(4).- Manuel Álvarez SánchezAvilés. Leyendas /Apuntes de novela / Anécdotas / Hijos ilustres / Curiosidades históricas.Madrid, 1927, pág. 405.

(5).- Palacio ValdésLa fe, edición preparada y anotada por Etelvino González. Laviana  2010, pág. 74.

(6).- Marta y María, edición preparada y anotada por Francisco Trinidad Laviana 2010. También aquí hemos tomado algunos datos de El Bollo 2011 a fin de datar históricamente los hechos.

(7).- Constantino Suárez (Españolito), Isabelina, 2ª ed., Madrid 1924, págs. 44-46.

(8).- Eloy Fernández CaraveraMayita, Edit. Azucel, t. I Avilés 1987, y t. II Avilés 1988.

(9).- Rafael Suárez Solís. Teatro, Tomo Primero: “Comedias de Allí”: Barrabás. Diez estampas románticas. (1944). Las tocineras (1952), El loco del año (1946). Camino de Cementerio; (1954) Ediciones Humanismo, México 1954.

(10).- Com. pers.

(11).- Se refiere sin duda a José Viña citado también por Manuel Álvarez, que no aparece en las listas de alcaldes por haber desempeñado solamente el puesto de teniente alcalde. Atanasio Carreño citado en otro lugar de la novela tampoco corresponde a la época de la novela 1890 puesto que estuvo al frente de la alcaldía en 1872 y 1873.

(12).- No deja de ser curioso que tanto el marido de la Carlistona como el supuesto pretendiente de la Cucuruquina hayan muerto ambos escondidos en un bálago de hierba. ¿Responderá a alguna noticia histórica conservada por tradición?

 

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