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La Nueva España (03/04/2016)

Durante buena parte del siglo XIX Gijón estuvo rodeado de una muralla que limitó el crecimiento de la ciudad y condicionó la actual trama urbana

Valentín Arrieta Berdas

Mil quinientos años después de que los romanos amurallasen la antigua Gigia, nuestra ciudad volvió a ser fortificada. Sucedió durante las Guerras Carlistas, contiendas civiles desarrolladas en España durante el siglo XIX entre los partidarios de la joven heredera al trono Isabel II y los del Infante Carlos, hermano del fallecido rey y pretendiente a sucederle.

No cabe duda de que la peculiar configuración urbana de Gijón la convertía en una plaza perfecta para ser fortificada, como así deja constancia José Castellar en un plano de 1835, en el que apuntó: «Es muy fácil fortificar este punto y comunicar por medio de un foso los mares…, de suerte que estando en buen estado de defensa, y con algunas lanchas para proteger la entrada del Puerto, podría Gijón costar mucha sangre y ser el almacén de Asturias».

Las obras de la muralla se iniciaron en 1837, siguiendo el proyecto del ingeniero militar Celestino del Piélago. Su construcción se realizó sin que fuera necesario el derribo masivo de edificios, ya que se dispuso separada del caserío, evitando ceñirla al mismo. Sin embargo, su construcción supuso la tala de numeroso arbolado, sobre todo en la zona oeste de la ciudad, donde se eliminaron más de 1.500 árboles en un área que Jovellanos había planeado como espacio de recreo para los gijoneses.

La muralla se proyectó con forma de estrella de cuatro puntas, con inicio y final en dos puntos donde el foso desaguaba al mar, que actualmente se corresponderían con la zona del Martillo de Capua y la playa de poniente. Tenía espacio para colocar treinta cañones y contaba con largos lienzos de muralla perforados por aspilleras donde podían apostarse hasta 4.000 hombres. La muralla tenía varias puertas, algunas con puentes de madera que salvaban el foso. El acceso principal se situaba cerca de la popularmente conocida como ‘Puerta de la Villa’, a escasos metros de la actual plaza del 6 de agosto, lugar por donde penetraba en la ciudad la carretera de Castilla. En este punto estaba proyectado un revellín, defensa adelantada para reforzar este principal acceso a la población.

A pesar de este despliegue, Gijón nunca dispuso de las defensas físicas y medios humanos con los que contaron otras plazas fuertes del norte de España, como La Coruña, Ferrol o San Sebastián, pasando a ser una plaza de segundo orden. Todo parece indicar que la escasa trascendencia de la villa en las guerras carlistas propició que la construcción de la muralla fuera lenta y nunca llegara a concluirse, como así se puede apreciar en los planos de José González (1856) o Francisco Coello (1861), en los que se señalan algunos tramos aún en construcción o proyectados.

De todo esto se desprende que la fortificación de la villa supuso para la población más inconvenientes que ventajas, ya que no cabe duda que la muralla constituyó una barrera frente a la expansión urbana de la ciudad durante una época de florecimiento industrial.

Hasta la desaparición de las fortificaciones Gijón vivió varias décadas de estancamiento urbanístico, estando prohibida la construcción de edificios a menos de 60 pies respecto a la cara interior de la muralla, así como a menos de 1.500 varas (1.253 metros) respecto a su cara exterior por motivos de seguridad. Este aspecto, unido a los frecuentes problemas de salubridad que ocasionaban las aguas estancadas de los fosos, propició que el Ayuntamiento iniciase ya desde 1853 una campaña para el derribo de una fortificación a todas luces innecesaria. Esta campaña se intensifica a partir de 1862, poniendo como ejemplo el derribo de las murallas de Vigo, San Sebastián o Barcelona, donde se pusieron en marcha ambiciosos ensanches de crecimiento que Gijón tomaría como modelo para su futura expansión. Habría que esperar hasta 1867 para que la ciudad dejase de ser plaza de guerra, con la aprobación de un decreto.

Derribo

A partir de ese momento se comenzó a derribar la muralla y a rellenar los fosos con sus escombros. Sin embargo, no sería hasta 1877, una vez terminada la tercera guerra carlista, cuando se promulga una ley para la definitiva cesión al Ayuntamiento del suelo ocupado por las fortificaciones, especificándose en dicha ley que los terrenos ocupados por los baluartes deberían destinarse a vías públicas y zonas verdes.

La muralla se derribó más rápidamente en la zona este de la ciudad, por donde ésta comenzó a crecer con la puesta en marcha del ensanche del Arenal de San Lorenzo, planificado ya en 1863, siendo el marqués de Casa Valdés el gran impulsor de la expansión de la ciudad en esta zona. Sin embargo, en el área oeste de la villa todavía perviviría gran parte de la muralla hasta finales de la década de 1880.

Actualmente son pocos los indicios que recuerdan la desaparecida muralla carlista, siendo el más destacado el topónimo de ‘calle de la Muralla’, en la zona de Capua.

Sin embargo, si analizamos la trama urbana de Gijón nos daremos cuenta de que muchas de nuestras actuales plazas y parques ocupan los terrenos liberados tras la demolición de la muralla. Uniendo estos espacios podemos dibujar la traza de la muralla, la cual discurría, de Este a Oeste, por plaza de Romualdo Alvargonzález (San Agustín), calle de la Muralla, plazuela de San Miguel, calle Covadonga, Campinos de Begoña, parroquia de los Carmelitas, plaza de Europa, antiguo Hogar Materno e Infantil (casa Rosada), calle Palacio Valdés y calle Sanz Crespo para terminar girando hacia la playa de Poniente una vez sobrepasada la desaparecida Estación de Langreo.

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