1877 La campaña carlista Francisco Hernando

Fuente: Francisco Hernando, La campaña carlista (1872 a 1876), París, 1877.

Capítulo XLII

En medio de los combates de San Pedro Avanto nos hallábamos, cuando de la parte occidental de España llegó un refuerzo a nuestro ejército, con que no contábamos por lo alejado que estaba de nosotros. Este refuerzo, pequeño en número, pero grande en ánimos, era el batallón asturiano que en el antiguo Principado, cuna de la reconquista de España, se había levantado en armas y sostenía con gloria la bandera de la restauración.

Los hijos de Pelayo amantes también de las tradiciones y grandezas de España, abrazaron en gran número y con entusiasmo la causa de Carlos VII, y muy a raíces de la revolución empezaron a trabajar por ella. La vigilancia del gobierno liberal y multitud de circunstancias impidieron durante mucho tiempo que se hiciera en Asturias un movimiento serio, pero cuando estalló la guerra en 1872, empezaron a levantarse partidas que, gracias a la escabrosidad del terreno y al acierto de sus jefes, se fueron sosteniendo a pesar del aislamiento en que vivían. Combatidas casi desde su nacimiento, crecieron sin embargo, estas partidas; y arrancando fusiles a los enemigos o proveyéndose difícilmente de ellos, fueron armando gente y llegaron a reunir 500 hombres. Con ellos dieron algunos atrevidos golpes de mano, siendo uno de los más importantes el copo de 150 carabineros y soldados de línea, que proporcionó otros tantos Remingtons a los valerosos asturianos. Formóse entonces un batallón y diferentes partidas, y quedando éstas en el país, vino el otro hasta Somorrostro, atravesando las provincias de Asturias y Santander, completamente dominadas por el enemigo sin el menor contratiempo, y presentóse en nuestro campo después de haber pasado a corta distancia del ejército republicano.

La habilidad y la audacia de esta expedición, hecha toda a espaldas del enemigo en su propio terreno, la oportunidad con que habían llegado al combate, y el valor y excelente espíritu de que venían animados, hizo que los asturianos fueran bien recibidos por el ejército, que desde el primer día los consideró como hermanos.

Como soldados, son los asturianos sufridos, fuertes y constantes; tienen valor sereno e impetuoso, según las circunstancias exigen; de modo que poseen grandes condiciones para la guerra. Al frente de ellos, como comisario régio de la provincia, venía don Antonino Milla, y mandando las fuerzas el coronel don Ángel Rosas y otros jefes y oficiales, casi todos hijos del país o de las vecinas provincias de Castilla.

(pp. 168-169)

Capítulo XLIII

El 25 el general Elío, que estaba algo enfermo y que creía inminente el ataque, llamó a su lado a Lizárraga para que le ayudase; y juntos se trasladaron a Villaverde de Trucios y Arcentales para conferenciar con Velasco y Andéchaga. El brigadier Aizpúrua, con los batallones 7.º y 8.º de Guipúzcoa, llegó también al mismo punto el mismo día, y como solo teníamos al 3.º y 4.º de Castilla y al asturiano, resultó que para defender la nueva línea no contábamos más que con 11 batallones, de los más cortos.

Más de tres leguas ocupaba esta pero su conservación era para nosotros importantísima porque avanzada sobre la extrema izquierda de la línea de S. Pedro Avanto, defendía la parte que sobre las Córtes ocupaba el general Larramendi, cerraba el paso de la carretera que de Somorrostro por Sopuerta conduce a Balmaceda, e impedía el que nos flanquearan y envolvieran tomando el camino de Sodupe.

Para tan importante objeto eran pocos los once batallones que teníamos allí, pues además de la gran extensión que tenían que guardar se componían de poca gente, tanto, que uno con otro no llegaban a quinientas plazas. Sin embargo, el general Elío o los creyó suficientes, o no considero prudente desprender otros de la línea de Somorrostro, donde estaban los navarros, alaveses y guipuzcoanos, pues distribuyendo los 11, se preparó con ellos para resistir a Concha.

El 26 nuestras fuerzas quedaron de la manera siguiente: Andéchaga con los dos batallones encartados y Yoldi con los dos cántabros, en Talledo y las Muñecas respectivamente; Aizpurua con los dos guipuzcoanos, en Villaverde, y Velasco con los cuatro castellanos y el asturiano por Santa Cruz de Arcentales hasta Carranza; es decir, a la extrema izquierda. Elío y Lizárraga ocupaban el centro de la nueva línea en  Traslaviña, quedando así Andéchaga a su derecha, y Velasco a la izquierda.

(pp. 175-176)

Capítulo XLIV

De los 11 batallones que estaban por aquella parte solo teníamos cinco, pues Velasco con los cuatro castellanos estaba en Santa Cruz de Arcentales, a dos leguas largas de Talledo, y el asturiano y el 8.º de Guipúzcoa cubriendo otros puntos lejanos.

(p. 177)

Capítulo XLV

Apenas amaneció el 29 salió Elío con los batallones cántabros y los encartados de Sopuerta donde habíamos pasado la noche, a Galdames, donde ya nos esperaba el 7.º de Guipúzcoa. El enemigo bajaba hacia Sopuerta, de modo que nuestro objeto era acercarnos a la izquierda de la línea de San Pedro Avanto, que defendía el general Larramendi, para apoyarle e impedir que el enemigo la flanqueara. Para que este plan, único que entonces podía darnos buen resultado, lo tuviera, era preciso concentrar nuestras fuerzas y colocarlas en los puntos por donde el enemigo intentase pasar. Al efecto se llamaron las fuerzas de Velasco y Aizpúrua, que no habían tomado parte en las Muñecas, es decir, dos batallones de Castilla, el 8.º de Guipúzcoa y el de Asturias, y el general Elío envió a los coroneles Costa y Ferrou, jefes de Estado Mayor de Castilla y Aragón respectivamente, para que reconociesen las posiciones y situasen bien las fuerzas que estaban en San Esteban y San Pedro de Galdames.

(p. 181)

Capítulo XLVIII

Mendiry como comandante general de Navarra mandaba la línea, y Dorregaray como jefe de E. M. G. todas las fuerzas. Se componían estas de nueve batallones de Navarra; cuatro de Guipúzcoa, cuatro de Álava, tres de Vizcaya, cuatro de Castilla, uno de Cantabria, otro de Aragón, otro de Asturias y otro de Guías del Rey, en resumen 28, más tres o cuatro escuadrones y diez piezas de montaña; es decir que la desproporción entre nuestro ejército y el republicano era aún mayor que en Somorrostro. A pesar de ella y a pesar de cuanto se decía sobre los planes de Concha, los ánimos de nuestros voluntarios eran en cambio mayores que nunca, y los del país tan grandes, que hasta las mujeres y los niños deseaban llegase cuanto antes el combate.

(p. 192, batalla de Abárzuza, 25-27 de junio de 1874)

Nuestra línea, antes de emprender el ataque, se extendía de Allo a Eraul, por Dicastillo, Morentin, Aberin, Venta de Echavarri, Villatuerta, Zurucain, Grocin, Murugarren, Muro a la bajada del puerto de Eraul. Nuestra extrema derecha era Allo y estaba defendida por el 1.º, 2.º, 5.º y 7.º de Navarra, a las órdenes de Zalduendo; el 2.º y el 4,º de Álava a las del brigadier Álvarez, y los cántabros y los asturianos a las de Yoldi. Dos piezas de montaña estaban por Echavarri, y la caballería por Allo.

(p. 193)

Capítulo XLIX

A principios de Julio, Navarra contaba con diez batallones, Guipúzcoa con nueve, Vizcaya con diez, Álava con seis, Castilla con cinco, y además existían otros dos de Cantabria, uno de Asturias, uno de Aragón y otro de la Rioja, lo que hacía ascender a 44 batallones el número de los de línea que estaban ya en disposición de combatir.

(p. 198)

Cada provincia tenía su caballería; Castilla, Asturias, Aragón, Cantabria tenían cada una su escuadrón que internándose en Burgos, Huesca o Santander respectivamente, traían voluntarios, caballos y dinero para las fuerzas de sus provincias.

(p. 199)

Capítulo LXXXXVIII

No era posible ya sostenerla, así que aquella misma noche Don Carlos pidió hospitalidad para Él y los restos de su ejército, a la nación francesa, y dispuso que a la mañana siguiente formasen por última vez sus tropas. Se componían estas de los seis batallones de Castilla, dos de Cantabria, uno de Asturias y tres de Valencia, de los cadetes Guías del Rey, escuadrón de Guardias a caballo, el de los husares de Arlaban, la caballería de Castilla, el regimiento de Borbón y seis baterías Plasencia y Witwort.

Todas formaron a la mañana siguiente en la carretera de Valcarlos al puente de Arneguy, donde empieza el territorio francés, para hacer por última vez los honores a su Rey.

(p. 419)

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