Llibru La Duquesa de Madrid

Fuente: Sagrera, de, Ana, La Duquesa de Madrid (última Reina de los carlistas), Palma de Mallorca, 1969.

El día 2 de agosto llega la comisión de Asturias, presidida por Don Guillermo Estrada, ilustre catedrático y diputado, que andando el tiempo será el secretario de la Reina durante los aciagos años de la guerra. Al hacerle entrega de la Cruz de la Victoria, pronuncia estas palabras: «Dígnese asimismo Vuestra Majestad cubrir con esta Cruz como égira que le libre de males y peligros el pecho de su Alteza Real, siguiendo también la tradición de nuestros reyes que investían a sus primogénitos con esta insignia antes que la del Toisón».

La Reina, que tiene en brazo a su primogénito, recibe la Cruz y la cuelga en el pecho del niño, mientras Don Carlos pronuncia un discurso, agradeciendo el simbólico presente.

(pp. 211-212)

«Con la venida de Doña Margarita –el 20 de octubre de 1872- coincidió la separación de Arjona, tan deseada por el partido», comenta Oliver, que añade: «fue llamado Dorregaray a Burdeos –donde estaban los Reyes- para darle cuenta de este cambio. Este aconsejó que volviese el General Don Joaquín Elío y que se encargase interinamente de la secretaría de campaña Iparraguire, indicando para los asuntos civiles al diputado Don Guillermo Estrada, de quien se hacían grandes elogios».

(p. 275)

Aprovechando los cuadernos rojos de su abuela Berry, Margarita escribía a las familias que fueron más adictas a su causa, para que influyesen cerca del Gobierno francés y que éste reconociese a Carlos VII como beligerante.

Su Majestad la Reina, a cuyo servicio tengo el honor de estar», escribe Guillermo Estrada a Dameto, «me encarga remita a Ud. el siguiente pliego para el Mariscal Mac Mahon que acaba de recibir de su Augusto esposo. La Señora espera que Ud. se valdrá del conducto de algunos de estos señores diputados legitimistas influyentes, que tanto se interesan por nuestra causa y espera asimismo saber los incidentes o resultados de esta misiva al que hoy gobierna la Francia.

(Pau, 15 diciembre, 1873)

(p. 310)

Las noticias que del Cuartel Real llegaban a Pau eran escasas: se esperaba de un momento a otro la «completa destrucción de Moriones y de los suyos en Tolosa». Pero la situación no era tan brillante como se deseaba, y Estrada, secretario de la Reina, comunicaba a Dameto:

Respecto al estado de la campaña, aquí no hay muy claras noticias o por defecto de comunicación o por pereza de escribir de los de allá, ocupados con lo que tienen entre manos. De todos modos algo hay de color de rosa, en suponer que Moriones pueda ser arrinconado contra el mar; bastante será si sufre una dura lección por la operación atrevida que ha emprendido; mas por lo visto esa lección ya no será sobre Tolosa, sino en el camino de las fábricas de armas de Guipúzcoa o hacia Bilbao.

(Pau, 23 diciembre, 1873)

(p. 311)

En efecto Don Carlos el 18 de febrero se instaló en el Palacio de Tres Cruces donde pasó algunas noches, pero su actuación no fue muy señalada en el sitio de Bilbao. Tenía fe ciega en su estrella y confiaba plenamente en sus voluntarios, cuyas heroicidades le eran referidas. Dos días antes corrieron voces de un posible arreglo entre las tropas que sitiaban Bilbao y las que lo defendían. «No se en que pueden fundar las esperanzas de arreglo», comenta Estrada, secretario de la Reina, «pues hay buen espíritu y mucha confianza en nuestra gente, además los carlistas saben batirse y no son sólo cuatro sacristanes, como piensan en Madrid».

(pp. 327-328)

Hacía pocos días que se habían recibido los uniformes de verano y los navarros llevaban levita de dril blanco con dos hileras de botones dorados, las bocamangas, las hombreras y sus vivos eran encarnadas, vestían pantalón blanco con franja encarnada y polaina negra e iban tocados con boina roja. Los asturianos también iban lo mismo, mientras los alaveses con poncho y pantalón encarnado y polainas negras contrastaban con los castellanos de azul claro y los aragoneses de azul oscuro con vivos rojos y los vizcaínos con los suyos grises. Muchos calzaban alpargatas, lo que extrañó a la Reina.

A la derecha de la carretera se colocaron los Soberanos y comenzó el desfile en que el jefe de cada uno de los veintiocho batallones, al pasar ante el Rey, le vitoreaba seguido de un «¡Viva la Reina!» que como es lógico llenó de emoción a Doña Margarita; pero cuando al paso de los asturianos, éstos después de los dos gritos de rigor dieron un tercero al Príncipe de Asturias, los veteranos vieron a la Señora, con los ojos brillantes de lágrimas. Anochecía ya, cuando desfiló la artillería seguida por la caballería que iba al trote largo. Más de veinte mil hombres pasaron ante ellos.

(p. 398)

Triste y preocupada de la mudanza operada en el carácter de su egregio esposo, llegó a Pau, donde se encontró con la destitución del Prefecto, Marqués de Nadaillac, viejo legitimista que solía visitarla y en quien confiaba para mantener sus hospitales. En París había comenzado la ofensiva para que abandonase aquella región y se alejase de la frontera, ya que entre la Ville du Midi y los distintos castillos que rodean Pau tenía instaladas más de cuatrocientas camas, donde los legitimistas franceses se hacían un honor albergando a los heridos de la sobrina de su Rey.

Por esta carta de Guillermo Estrada, secretario de la Reina, a Dameto, su representante en París, comprendemos la atmósfera de inquietud que respiraban.

Tengo el honor de estar con la Señora en Salíes de Bearn, modesta casa de baños del mismo departamento de Bajos Pirineos, a donde se vino deseosa de no llamar la atención, pues tanto se pondera el compromiso que produce su estancia aquí, y la verdad al ver que aquí se cambia el prefecto y al comandante de la gendarmería, es indicio de la presión que hace Prusia sobre el gobierno francés; y si de llegar a hacer salir la Señora de aquí, sería una iniquidad que la haría muy mal tercio.

La Señora hace aquí una vida completamente retirada, y ni siquiera aparece en ningún sitio público. En Pau, tenía concedida una casa de convalecencia, y hubo de renunciar a ella apenas surgió la primera dificultad; renunció también a la idea de irse algo más cerca de la frontera en cuanto le pusieron el menor inconveniente. Su viaje a España fue puramente para ver a su esposo y recorrer un poco aquel país. Ni se mete en política lo más mínimo, ni tiene que ver con esas juntas de Dax, soñadas por algún cónsul con ánimo de hacerse valer en Madrid y que parece imposible hayan ocupado a un gobierno serio, ni tiene que ver con la cuestión de aprovisionamiento del ejército, o cualquier otra cosa que pudiera preocupar.

(…)

Es tanto más irritante esta prevención, cuanto que hoy mismo reside en Pau, tranquilamente, Don Sebastián y tiene conferencias con Cánovas del Castillo y no sé quien más, y va y viene a París como tranquilamente fue y vino Lersundi a proceder de acuerdo con Concha a favor del alfonsismo, que tampoco debe ser muy simpático a Prusia y que si no está levantado en armas, por que no puede, conspira no menos que nosotros, y quizás con más ilusiones que nosotros.

(Jueves, 6 de Agosto de 1874)

(pp. 407-409)

La inquietud, el nerviosismo y el ansia de libertad que demostraba el antiguo soberano, se ven patentes en las dos proclamas, arregladas por Estrada, y fechadas en Pau el 1.º de Marzo, dirigidas una a los Españoles y la otra al Ejército Real.

(p. 465)

Después de una romántica gira por Escocia, Don Carlos con su reducido séquito tomaba el vapor en Liverpool y se alejaba de las costas de Europa, dejando a la Reina con la pena en el alma, y con la abrumadora tarea de proteger a los once mil carlistas que siguiendo a su esposo se habían adentrado en Francia. «La consigna de la Señora es que todos los que puedan, deben regresar a España», escribía Estrada por aquellos días y añadía: «Es difícil convencerles, pues el gobierno francés les pasa, por ahora, la cantidad de 75 céntimos a cada uno, aparte de que tanto los campesinos como los burgueses franceses, les colman de regalos».

Pasados los primeros momentos de entusiasmo, la realidad no tardó en presentarse con toda su crudeza. Era necesario reunir a las familias que estaban desperdigadas por la guerra y convercerlas que tenían que regresar a España amparándose en la amnistía. A lo más temerosos o recalcitrantes, había que buscarles puestos de trabajo y la Reina pedía afanosa entre sus amistades, recomendaciones «para que se instalasen en el interior, como jardineros, cocineros, panaderos, peluqueros, zapateros, etc., etc.», y si no servían para nada como «honrados guardianes». «Estrada, por orden de la Señora, tiene abierto un verdadero despacho de peticiones y de colocaciones».

(pp. 466-467)

Aparte de las pocas noticias que recibía de su esposo, que después de recorrer los Estados Unidos, había entrado en Méjico, muchas desilusiones, y sinsabores sufría por entonces, pues no faltaban jefes carlistas que juzgando las incidencias de la campaña, atacaban violentamente al Rey, y para justificarse, pensaban escribir sus memorias, revelando las intrigas del Cuartel Real.

Veamos esta curiosa carta del General Lizárraga a Estrada, secretario de Doña Margarita que ha llegado a mis manos:

Reservadísimo.

Mi estimado amigo:

Hoy vuelvo a escribir a Ud. por creerlo conveniente. Mi secretario en campaña Don Francisco Hernando, que Ud. conoce, pasa a Bayona el lunes próximo primero de Agosto, por que ha venido su familia de Madrid y quiere pasar una temporada con ella y luego se trasladará, según dice, a San Juan de Luz.

El es el que escribe lo artículos, que salen en el «Univers» con el nombre de cartas de Madrid, y se le dan 50 francos por dicho trabajo.

Lleva por compañeros a los señores de Melgar y Castillo, escritores públicos, y si bien me figuraba en un principio que su objetivo sería tentar si podrían escribir un periódico carlista puesto que aquí no es fácil. ¡Escudriñando se me figura comprender que Hernando lleva por objeto publicar la historia de los carlistas!

Ya días pasados me habló de la obra, y me dijo que ya la tenía casa concluida, pero que tropezaba con el gran escollo de no poder pasar sin culpar al Rey de muchas cosas que debió providenciar y no lo hizo, como debía en los últimos días.

Yo le insistí para que no lastimara al Rey, por nada, ni para nada, y si bien se mostró deseoso de ellos, manifestó, sin embargo, que le era de todo punto imposible.

Esto unido a no quererla publicar en París y sí en Bayona (caso de ser cierto, ser éste el objeto que le lleva a aquel punto), me hacen creer convendría se le pusiera al lado una persona de la clase civil, inteligente, lista, de completa confianza y muy afecta al Señor, para ver si de algún modo puede conseguir que le toquen ni poco ni mucho en los hechos que puedan lastimarle, a fin de que no salga peor que lo han puesto los que tanto ha patrocinado y le han dado tan mal pago.

A esto se reduce mi carta de hoy.

Si peco por exceso de celo atribuyase no a mi voluntad, sino a falta de entendimiento, que no sabe hacer más por que todo salga lo mejor posible.

De este asunto haga el uso que le parezca, teniendo entendido que sólo lo sabe Dios N. S. y Ud. y éste su amigo s. s. q. b. s. m.

Antonio Lizárraga

P. D. – Mis respetuosísimos recuerdos a la Señora y a toda la Real Familia. A su Señora y niños tantas cosas.

Hoy le he ofrecido la Comunión a la Señora, quiera Dios que se restablezca para cuando venga el Señor.

Adiós.

La intervención de Estrada debió de ser oportuna, ya que Hernando, en su libro, no ataca duramente la conducta del Rey.

(pp. 470-472)

Un mes después sin despedirse de nadie, en medio de sigilosos preparativos, la Duquesa de Madrid abandona Pau y se despide de los Pirineos, que tanto la traían, exclamando: «¡Adiós queridos Pirineos! ¡Cuánto me gusta verlos, porque detrás se queda España, que desgraciadamente sé no volveré a ver más!».

La marcha tan precipitada, era debido a la difícil situación económica en que se encontraba Doña Margarita. Su secretario Estrada, a quien había confiado la administración de su fortuna escribirá: «La Reina poseía un grande y noble corazón, para todo lo que fuese beneficencia y caridad, se mostraba desprendida, hasta parecer pródiga».

(p. 474)

La casa que el fiel Dameto había buscado en París cuajaba con los gustos sencillos de la Reina (…) Don Guillermo Estrada, que seguía en su difícil puesto de secretario y de administrador, cuyos hijos de corta edad, eran los compañeros de juegos de los príncipes.

(p. 475)

Pero quizás quien hace mejor el retrato moral de la Reina, es su antiguo secretario, Guillermo Estrada, cuando dice: «Estaba dotada de una inteligencia privilegiada y de un buen sentido práctico, que hacía muy estimable su parecer y su consejo en toda clase de asuntos. Su instrucción era poco común; tenía muy buen gusto literario y artístico y en la pintura de adorno se entretenía con frecuencia y habilidad.

La nota dominante de su carácter, añade, era la afabilidad, que atrajo siempre hacia ella las simpatías de toda clase de personas; su trato, sumamente modesto y sencillo; mostraba siempre un genio alegre y jovial, casi diríamos aniñado, pero que no excluía la posibilidad de llegar al heroísmo en ocasiones.

Su espíritu activo, refractario a toda ociosidad, se ejercitaba principalmente en las virtudes domésticas. Sus grandes ambiciones fueron siempre la buena educación y el porvenir dichoso de sus hijos a quienes acostumbró siempre al españolismo más puro. Español hablaba siempre en familia, entre los varios idiomas que poseía a la perfección y española era la mayor parte de su servidumbre».

(p. 488)

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