Fragmentos del texto del mismo nombre publicado en VV.AA., Centenario de Vázquez de Mella, Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1963, pp. 31-55.

Conferencia inaugural del Círculo Cultural Vázquez de Mella, de Oviedo, el día 12 de octubre de 1961, por Francisco Elías de Tejada.

Palabras de don Manuel Virgos Ortiz

En nombre de la Junta de Homenaje a Vázquez de Mella me corresponde el honor de presentar al profesor Elías de Tejada, cuya intervención simultáneamente cierra los actos conmemorativos del nacimiento de nuestro tan ilustre paisano y abre las puertas del Círculo cultural que dará carácter actual y permanente a una doctrina que es la doctrina de España. Para mí la tarea no puede ser más fácil ni más sencilla; y es fácil y sencilla porque nos hallamos en presencia de una de las figuras más representativas y valiosas del pensamiento español, cuyas publicaciones en filosofía de la historia, en filosofía del derecho, en sociología, han alcanzado un nivel que quizá no tenga par en nuestra Patria. Pero sobre todo la tarea se hace mucho más fácil y sencilla desde el instante en que tal vez nadie como don Francisco Elías de Tejada ha sabido encarnar en su vida y en su actividad cultural, con la actividad y el genio del carlismo, el amor a Dios, el amor a la Patria, el amor a los fueros y el amor a la Monarquía Tradicional, ideales a los que sirvió hasta morir Vázquez de Mella. Y como no quiero que mis palabras demoren ni dilaten por más tiempo el momento de escuchar a don Francisco Elías de Tejada, le cedo el uso de la palabra.

Conferencia de don Francisco Elías de Tejada

(…)

La aproximación al Principado

Tal vez la causa de que yo centre mi aprendizaje de buen español en esta tierra asturiana consistía en el recuerdo de nuestro don Juan Vázquez de Mella. Porque hay muchas maneras de acercarse a nuestro viejo Principado. Hay la manera alegremente superficial del turista que recorre las regatas del Sella o va a pescar el salmón en los torrentes claros de vuestras montañas empinadas; hay la manera del sociólogo consagrado a la catalogación de los datos antiguos de las memorias celtas entre los vaqueiros de alzada o que estudia las circunstancias sociales de vuestras cuencas mineras; hay la manera del erudito, que desenvuelve papeles viejos o admira a saltos monumentos de un arte único en la historia; hay hasta la manera estúpidamente cursi con que cierto escritor también cangués se acercaba a Asturias nada menos que de la mano de don José Ortega y Gasset, en palabras indignas de memoria que quiero citar para vergüenza de quien las escribía: «Cuando un día, hace ahora treinta años, entró en Asturias don José Ortega y Gasset, escribió estas palabras impresionantes» (ahora veremos cuán impresionantes son): «Para entrar en su tierra un castellano tiene que pasar por los puertos de la cordillera». Verdad que el tal es descubrimiento que no puede jactarse de mayor alcance que de descubrimiento de mediterráneos, aunque no son de extrañar en la pluma de quien, en una Biografía de Asturias, editada por Espasa-Calpe, en Madrid, en 1956, en la página 422, despacha la figura impar del mayor hijo del Principado que fue don Juan Vázquez de Mella, colocándole a la altura de un simple actor de cine.

No puedo dejar pasar la necedad de que un asturiano pida a Ortega le venga a descubrir Asturias, como si Ortega fuese algo más que aquel «papanatas europeizante» por don Miguel de Unamuno definido, incapaz de tasar las substancias auténticas nuestras.

Actualidad política de Mella

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La primera gran lección que hemos de aprender en Mella es ésta de que la variedad fecunda de las Españas es la primera condición de su unidad. La segunda será el carácter popular de su ideario, lo que ahora se llama el sentido de lo social.

(….)

Mella, precursor de Juan XXIII

La santidad de Juan XXIII, felizmente reinante, en la encíclica recentísima Mater et Magistra ha venido a dar el espaldarazo, por si lo necesitara, a la doctrina social del carlismo militante, ya que una vez más fue puesto de relieve con la lectura de las palabras del Pontífice cómo los únicos que se habían adelantado a entender católicamente la sociedad eran los carlistas.

Pues fijaos bien que en la encíclica hay una palabra que ha causado mucha extrañeza, que ha suscitado muchos resquemores, que ha ocasionado disgustos en algunos: la palabra «socialización». Pero da la casualidad de que esta palabra es una palabra estrictamente carlista, y lo es por cuando expresa con precisión exacta nuestra concepción de la sociedad, frente al totalitarismo como frente al liberalismo.

Suelo repetir yo que hay tres maneras tan sólo de entender los problemas sociales de nuestro tiempo. Una es la solución liberal que reduce todo al individuo y que transforma al Estado en mero gendarme destinado a arreglar la circulación exterior de las relaciones sociales, sin tener en cuenta que con ese formalismo externo el débil terminará por caer en presa del más fuerte. Otra es la solución totalitaria que estatiza todo, que transforma al individuo en mero apéndice de la máquina estatal, que suprime la sociedad en beneficio del Estado, que absorbe a la sociedad en la máquina del Estado. Y existe una tercera solución, que es la nuestra, cabalmente también la que acaba de canonizar Juan XXIII en su encíclica: que consiste en afirmar la realidad social como algo fuerte e independiente, capaz de defender al individuo de la presión del Estado al par que de encauzar en horizontes concretos la vida del individuo. Cuando el Papa habla de socialización no habla de estatificación, sino de una organización social autónoma frente a las fuerzas del Estado. Las palabras del Sumo Pontífice suelen estar muy medidas; al referirse a la socialización en vez de a la estatificación, la santidad de Juan XXIII señala el mismo camino que venimos propugnando los carlistas, la ruta del pensamiento trazado por Mella: sociedades fuertes y autárquicas capaces de resistir las presiones exteriores del Estado al par que de encajar la vida del yo; sociedades, fijaos bien, que responder al concepto tradicional del hombre concreto según lo concebía la Tradición de las Españas; esto es, de quien nace cargado de historia, del hombre que nace formando parte de un orden social que transmitirá a los que le sucedan, del hombre inserto jerárquicamente en el cuerpo místico de la vida colectiva.

Ciertamente ni Mella ni el carlismo necesitaban aquí la aprobación concreta de sus tesis por la autoridad suprema de Juan XXIII; pero es consolador –y lo digo a los efectos de quienes niegan al carlismo actualidad en el planteamientos de las cuestiones sociales del día- cómo el pensar del Papa no hace más que remachar y respaldar la solución que el carlismo enarbola para los problemas de la convivencia: ni Estado omnipotente que estatice la realidad social, ni liberalismo anárquico que deje a unos en lucha de opresión con los demás; sino sociedades reciamente membradas; lo que expresaba regiamente Mella con su célebre visión de las Españas como un conjunto de repúblicas coronadas por una monarquía. Estas repúblicas autárquicas que encarnan una realidad social fuerte por sí misma, en las cuales el individuo está encauzado desde que nace hasta que muere, sólidas para frenar las demasías estatales, con vida no prestada del Estado, sino manada de la Tradición, que cada una de ellas continúa como un haz de luz proyectado hacia el futuro de las Españas, es, sin más, la versión carlista, por tanto, a la española, del pensamiento señalado por Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra.

Los fueros, contra el centralismo a la europea

Ahora bien, esa afirmación que liga a lo social con lo político sería frágil palabra hueca, sería perdida evocación si nosotros no pensáramos, quienes aspiramos a considerarnos los herederos de la obra de don Juan Vázquez de Mella, en darla actualidad en nuestro tiempo. Tal es la doctrina carlista, la doble significación del concepto de los fueros: de una parte, fórmulas de ordenación autárquica de los varios pueblos españoles dentro de la monarquía federativa que las Españas son; de otra, reglas concretas de libertades concretas, superadoras de la negación totalitaria de la libertad cuanto de la vacía libertad abstracta de la revolución liberal o democrática.

Porque para nosotros no cabe disociar el que suele llamarse problema social del tema de la reordenación de las Españas, ya que de otra guisa seríamos desleales a la membrada trabazón que supone arrancar de la idea del hombre concreto como clave para la intelección de la Tradición política. Para nosotros los problemas dimanados de la llamada cuestión social no pueden ser resueltos sino incorporándolos a la reconstitución social de las Españas.

Hemos de recordar que para nosotros la unidad está atada a la variedad, una variedad que ataba en la fe del mismo Dios y en el servicio del mismo rey a un conjunto de pueblos que domeñaron al planeta en tiempos antiguos, que parecen leyendas memoradas desde nuestra mezquindad presente. Las Españas no fueron jamás recortada expresión geográfica; fueron una bandera aleteando a los vientos de la historia, extendida por los cuatro continentes del planeta: la bandera de la Cristiandad frente a la secularización del pensamiento europeo. Universalidad que permitía el respeto a la realidad política de cada uno de los pueblos componentes superada en la hermandad de sangre que selló la de nuestros abuelos defendiendo la Cristiandad en las llanuras bátavas como en los montes americanos, en las aguas de Lepanto como en las costas del Malabar. Cuando el agotamiento nos rindió, en 1648, la derrota nos planteó la urgencia de aceptar o no aquella civilización antropocéntrica en la que Europa consistía, siendo diferente la reacción de los varones de las Españas, porque unos creyeron que la mejor manera de recobrar los bríos antiguos era copiar las fórmulas transitorias con las que Europa nos había vencido, mientras otros juzgamos, desde Saavedra Fajardo a quien os habla, pasando por los paladines de las guerras carlistas o por nuestro don Juan Vázquez de Mella, que la mejor fórmula para aferrar a la victoria futura era seguir agarrados a las ideas nuestras, seguro de que algún día esta Europa orgullosamente antropocéntrica acabaría como acaban los soberbios todos: consumiéndose en la gusanera de su propia podredumbre ideológica.

Lo trágico estaba en que esta dualidad de conceptos enhebróse en una pugna dinástica cuando a principios del siglo XVIII un francés llamado Felipe de Anjou ganó por artimañas de la suerte lo que no había conseguido con las armas: asentarse en el alcázar mayor de las Españas en la persona funesta del primer Borbón. Felipe V soñó regenerar a las Españas dolientes aplicando las fórmulas del centralismo absolutista que había mamado en los pechos ideológicos de su abuelo Luis XIV, y quiso transformar a las Españas en un Versalles vestido de flores supuestamente castellanas, en realidad injertos venenosos de los jardines de París. Entonces surgió el primer intento de desespañolización consciente, que fue el afán de copiar las fórmulas del absolutismo del siglo XVIII, primera de las traiciones a nuestra esencia. Porque los males españoles no principian en las Cortes de Cádiz, como suele repetirse ahora: arrancan de la primera europeización que fue el absolutismo que nos trajo el duque de Anjou, fatídicamente coronado Felipe V de Castilla. Fueron los Borbones, los funestísimos Borbones, quienes nos trajeron la norma de que la regeneración de las Españas vendría de la copia servil de las modas ultrapirenaicas, actitud espiritual de cobardía histórica que generó la ruina de nuestra Patria, porque fue el arranque de todos los liberalismos, democratismos, socialismo, totalitarismo y demás engreídos con que antinaturalmente se quería cubrir con trajes desmesurados nuestra supuesta desnudez política.

Las libertades carlistas

Si queréis una prueba palpable de la trascendencia de la doctrina de los fueros como eje de la ordenación política de las Españas del futuro, así como de que la europeización absolutista traída por Felipe V inició nuestras enfermedades nacionales, la tendréis en el hecho de que entre nosotros hubo liberalismo cabalmente en la proporción en que hubo absolutismo antes. En las Cortes de Cádiz las gentes tienen que optar entre la libertad revolucionaria francesa y el absolutismo también a la francesa, eligen la libertad importada; tal sucede al hombre de Sevilla o de Madrid, ignaro del regusto de las viejas libertades tradicionales. Mas cuando el varón de Guernica o de Tarragona ha de escoger, no entre el absolutismo a la francesa y la libertad a la francesa, sino entre la libertad a la francesa y los sistemas forales de libertades auténticas de la Tradición española, que por un azar alentando enteramente en los pueblos vascos y parcialmente en la coronilla aragonesa, entonces prefieren las verdaderas libertades, las libertades de la Tradición española. Punto donde reside la verdadera explicación del carlismo: en que a lo largo del siglo XIX, frente a las añagazas y calumnias que contra nosotros se lanzaban, calificándonos de absolutistas y tiránicos, fuimos los carlistas los únicos en saber en qué consistía la auténtica libertad, los únicos que no se resignaban a quedarse en copistas políticos del extranjero.

Los fueros asturianos

Aquí, en Asturias, cuando se plantea este problema de los fueros, los oradores sienten el temor de lo resbaladizo, optando por rehuir semejante tema de discurso. Sin embargo, los carlistas jamás rehuimos ninguna cuestión doctrinal, porque quizá la mejor manera de honrar la memoria de don Juan Vázquez de Mella sea la de precisar el alcance que pueda darse a los fueros asturianos. Tema necesitado de aclaraciones, ya que en Asturias hubo un momento en que determinadas tendencias intentaron hablar de un regionalismo económico asturiano, calcado sobre las líneas de las conveniencias en el libro de ese título escrito por Ramón Argüelles y estampado en Gijón, en la imprenta de La Fe, en 1934; sin referirme a los proyectos de reforma formulados por Llaneza sobre el arreglo de los caminos mineros tasado en impuestos cargando las toneladas de carbón; me refiero a un regionalismo político.

Hubo aquí intentos cual la liga que en 1918 acaudilló Nicanor de las Alas Pumariño, o la tanda de discursos pronunciados en actos promovidos por la Acción Católica en 1923, sin contar los ensayos doctrinales de Sabino Alvarez Gendín, respaldados por José María Ladreda, o los reflejos en el derecho privado, sea en la realidad de la casa asturiana, analizada por Rafael Fernández Martínez; en la yuguería, señalada por Antonio Floriano; en las peculiaridades de los regímenes matrimoniales, investigadas por Fermín Canella y Secades, o en las matizaciones sociológicas puestas de relieve por Enrique García Rendueles y por Constantino Cabal, sin mencionar los detalles concretísimos al modo de aquellos vaqueiros de alzada monográficamente perfilados por Ricardo Acevedo y Huelves.

Porque tales modos de abordar lo regional o son complemento sociológico o caen fuera del federalismo histórico de la Tradición de las Españas. Marginales o extraños, porque cuando nosotros hablamos de federalismo no nos recortamos a la enumeración de rasgos peculiares, sino que aspiramos a subrayar la continuidad de la línea histórica que la Tradición encarna. Baste ver cómo en el más granado de todos ellos, en el proyecto formulado por Sabino Alvarez Gendín, la técnica ampárase en el juego de los artículos 1y 12 de la Constitución de 1931, según los cuales la realidad de Asturias no resulta de la perennidad de una trayectoria secular, más de la desnuda abstracción que reduce a un hombre un voto. Desde el instante en que al hombre se le cuenta y no se le pesa, estamos arrancando del salvaje ahistórico que idealizó Rousseau, en vez de apoyarnos en el hombre concreto de la Tradición asturiana. Asturias sería un montón de incluseros políticos en lugar de un haz de familias enraizadas. Los asturianos por azar sustituirían a los asturianos por raigambre en este suelo de las clásicas legendarias hidalguías.

No es este regionalismo el que postuló don Gaspar Melchor de Jovellanos, ni el referido por Caveda en 1834, en su Memoria histórica sobre la Junta general del Principado de Asturias, aquella memoria que es el canto de cisne de la Tradición política asturiana, ni el que requiere el ideario de don Juan Vázquez de Mella, ni el que plasmó en las Ordenanzas de Hernando de la Vega, del 16 de junio de 1494, ejemplo de democracia tradicional no envidiadora de las tan cacareadas de la Suiza, reforzando el espíritu de aquella cédula dictada por los Reyes Católicos en Barcelona, el 6 de septiembre de 1493, en la que imperaban en la elección de los procuradores directamente por los vecinos de los concejos; la que sublima en la cumbre de las Españas, que fue el reinado impar de Felipe II, con las ordenanzas llamadas de Duarte de Acuña, de 23 de noviembre de 1594, punto supremo de las Juntas del Principado, modelo de autarquías tradicionales; la que ciñe aún lauros de asombro en el juicio de los críticos modernos, como el Vizconde de Campo Grande, como André Fugier, como Sangrador y Vítores, como Miguel de la Villa, como Fermín Canella, como el propio Alvarez Gendín. El que Jovellanos sintetiza en sus ayes de dolor tras los desafueros del marqués de la Romana, y el que pinta en dos brochazos expresivos en su Reseña de la Junta general del Principado de Asturias cuando concluye con este resumen que permitiréis que os recuerde ahora: «Es visto por esto cuán sabiamente fue instituido en lo antiguo el gobierno de esta provincia en favor de sus naturales, aunque la enajenación de los regimientos antes electivos ha refundido en pocas familias la representación general de los pueblos, y convertídola en hereditaria. Vése también por qué Oviedo, aunque la más antigua ciudad del reino, no tiene voto en Cortes, porque erigida la corona de León y refundida en la de Castilla, Asturias conservó siempre su primitivo gobierno, quedándole la constitución municipal que de tan antiguo establecieron los ilustres fundadores de la corona». Pensamientos de Jovellanos sobre los fueros asturianos y sobre la personalidad autárquica de Asturias a los que hacen eco las siguientes precisas palabras con las que don Juan Vázquez de Mella define la personalidad del pueblo astur al que pertenecía; las que podéis leer en las páginas 317 y 318 del volumen V de sus Obras completas: «El noble Principado, donde parece refugiarse el alma nacional en las grandes crisis de la historia, tiene una fisonomía moral propia que le da, juntamente con su gloriosa historia, relieve sobrado para constituir, con la parte de Asturias oriental, incluida en la provincia de Santander, perfectamente diferenciada. No se olvide que las juntas de Asturias –que aparecen ya en el siglo XII y que fueron acrecentadas y no disminuidas en los siglos XVI y XVII y aun en los primeros lustros del XVIII, con el complemento de la audiencia independiente, llegaron hasta el siglo XIX, y en su organización interior no se diferencian substancialmente de las de Guipúzcoa. Un desafuero de la Romana disolvió la última cuando estaba instalada “conforme a la antigua inmemorial costumbre”, según la frase de Jovellanos en la enérgica y razonada presentación a la Junta central pidiendo su restablecimiento. Es decir, que los fueros de Asturias, en lo administrativo y económico, tardaron casi un siglo más en ser abolidos que los de Cataluña».

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Porque lo cierto es que después de la sesión del 13 de septiembre de 1834 los fueros asturianos dejaron de tener valía y Asturias cesa como principado para despeñarse en la conquista espiritual europea que se denomina la provincia. Provincia: tierra vencida; ahora vencida por la Europa absolutista o por la Europa liberal. Contra este amilanamiento, contra la desazón de la derrota, Vázquez de Mella diseñó en los prodigios de su verbo la federación histórica de las Españas, de las Españas de que es cabeza el Principado de Asturias.

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En la lección ejemplar de don Juan Vázquez de Mella crucémonos para la empresa de seguir sus pasos, bajo las mismas palabras con que los «cavalleros procuradores» en la Junta general del Principado solían iniciar sus tareas: «En el nombre de Dios todopoderoso y de Nuestra Señora la Virgen María».

 

Y nada más.

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