1944 Carta Carlos VIIINotabilísimo es el documento que a continuación copiamos.

Es el mensaje de afecto y de gratitud que el Rey dirige a los leales asturianos, y en el cual habla su corazón de cristiano y de Monarca, demostrando, una vez más, que la Monarquía de los carlistas no ha cambiado, ni cambiará nunca; que hoy, en el siglo XX, como hace cientos de años, el Rey es el amigo de los humildes, el amparador de los desvalidos, el defensor de los pueblos, el paladín de la justicia; repitiendo Carlos VIII, con otras palabras, aquellos mismos conceptos que ya en los primeros momentos de su reinado escribió, en inolvidable documento, su Augusto Abuelo, el gran Carlos VII: No son los pueblos para los Reyes, sino que los Reyes son para el pueblo.

Son palabras de un corazón cristiano y de un corazón de Rey, que muestran a Carlos VIII, vibrando en amor a España, con la gran aspiración de su alma nobilísima, de dar la justicia y la paz, inseparables siempre de suyo, a estas clases sociales españolas, empeñadas hoy, por culpa del liberalismo de una parte y del marxismo por otra, en furiosa lucha de codicias, de odios y de venganzas, por haber olvidado, unas y otras, la voz del Evangelio, la voz de Cristo…

Constituyen las palabras del Rey, por decirlo así, la expresión del lema y aspiración capital de su reinado. Nuestros lectores las comentarán así y lo apreciarán por si mismos.

He aquí el importantísimo documento:

“Querido V. C.

Grandemente emocionado por las constantes pruebas de cariñosa adhesión a mi Persona y de entusiasta fidelidad a la Causa de las Tradiciones Religiosas y Patrióticas que el Carlismo significa y representa, me dirijo a ti, prototipo de lealtad, que has sabido mantener la tradición legitimista que te legaron tus antepasados y hoy riges, con sin igual celo, mi Causa en ese Principado, para hacerte presente a ti, y en ti a todos los leales asturianos, la expresión de mi gratitud y la de mi fe y esperanza en el esfuerzo de esa vuestra raza, que si libró la primera batalla contra los enemigos de la Cruz y de la Patria hace doce siglos, fue de los primeros en alzarse contra el intruso y usurpador Bonaparte, como fuisteis vosotros también ahora de los primeros en levantar mi Bandera, guiados por aquella gran inteligencia y no menos grande corazón, que se llamó Sancho Arias de Velasco, por desgracia ya desaparecido.

Asturias no puede dejar de ser jamás la Asturias de Covadonga, y hoy también os toca a vosotros la labor, tremenda por las dificultades propias de la extensión alcanzada por el mal que el país padece, pero generosa y regeneradora, de la reconquista espiritual de tantos y tantos españoles que, ansiosos de justicia y mejoramiento, se entregaron al socialismo revolucionario y a todas las locuras de una imaginación exaltada y enferma. Yo os confieso que me siento abrumado por las preocupaciones del problema social, tan agravado en Asturias, y prometo solemnemente, con toda la fe de los Príncipes de Mi raza, que ligo muy especialmente mi Causa a la causa de los humildes, pues, al cabo de tantas adversidades como Dios puso en mi camino para enseñarme, he comprendido bien que los Reyes han de mirarse continuamente en el ejemplo de Jesucristo, único y legítimo Soberano del mundo; y, en esta Edad Moderna y enloquecida, la Monarquía, más aún que en la Edad Media, ha de apoyarse, como en su raíz propia, en el pueblo, en esa honrada proporción de la sociedad española que dio a Mis antepasados cientos de miles de voluntarios carlistas, y que, a despecho de las revoluciones, no tardará, Dios mediante, en abrir los ojos a la luz de la verdad, y, de nuestra mano, caminará segura a su bienestar, y, con la Monarquía Católica, restauradora de las grandes y veneradas tradiciones, hará grande y famoso de nuevo el nombre de España.

Decidles a los obreros de vuestras minas y de vuestras fábricas, que el trabajo es ciertamente lo que dignifica, eleva y redime al hombre; que el trabajo hizo fértil, productiva y grata la tierra; y que es, en suma, fuente de honradez y de virtud, como proclamó nuestro Salvador; y que Yo, inspirándome en los principios del Evangelio, en las instituciones de nuestra tradición social, amparadora del pobre, y en el ejemplo y en la enseñanza de aquellos pueblos modernos que han comprendido la gran necesidad de dar al mundo una organización justa y cristiana, que permita a todos disfrutar de los bienes de la tierra y evite las explotaciones y codicias de los poderosos, no he de descansar hasta que la mano encallecida del obrero se estreche con la mía de Rey en un saludo cordial de reconciliación y de alegría.

Tengo grandes deseos de conocer ese hermoso pedazo de tierra, que me represento en mi imaginación con sus campos siempre verdes, con sus bosques y sus montañas, forja de nobleza y del hidalguía, y quisiera oír de vuestros labios la voz de vuestros corazones, que no han podido perder la ruda y viril sinceridad que hizo célebres a los viejos astures, tan amantes de su Patria y de su Religión.

Y tú, mi leal V. C., guía y alienta a esa valerosa legión de jóvenes requetés, que Yo sé bien ansían demostrar lo encendido de sus entusiasmos con los mayores y más dolorosos sacrificios; contagiad de esa fe, iluminadora de vida, a vuestros paisanos; Dios os premiará y hará que Asturias sea, como en otro tiempo, la luchadora de vanguardia.

Te abraza a ti, y en ti a todos mis leales asturianos, con el mayor afecto.- CARLOS.”

En los Valles de Andorra, a 4 de junio de 1944.

Así, con esta sencillez que nace de un corazón cristiano consagrado al bienestar de su pueblo, habla hoy el Descendiente de aquellas dinastías que hicieron grande a España, al asentar su Trono en la Cruz de Cristo.

Compara, lector obrero, esas palabras de amor de un gran Rey, cristiano y español, con las estimulaciones al odio, al crimen y a la destrucción con que quisieron envenenarte los falsos redentores que en el momento del peligro huyeron al extranjero dejándote abandonado a la clemencia cristiana del vencedor.

Entérate cómo ama a los pobres de España el Rey Carlos VIII, y si tu corazón conserva, como no dudamos, la honradez clásica y caballerosa española, sea cual sea tu modo político de pensar, descúbrete reverente y estrecha la real mano que te ofrece, con su magnánimo corazón, el restaurador de la Monarquía Tradicional, católica y española: del Régimen Carlista.

Anuncios