La Nueva España (01/11/2003): Serie Entrevistas en la Historia
José Ignacio Gracia Noriega

De creer a Jesús Evaristo Casariego, toda Asturias, o cuando menos la mayoría, fue carlista fervorosa. Que no haya sido así no es inconveniente para que Asturias haya dado grandes figuras al carlismo, y no sólo en el orden militar, como los jefes de partida Faes y el más moderado Melchor Valdés, en la tercera guerra, sino, sobre todo, en el político, destacándose hombres tan notables como Ceferino Suárez Bravo, que fue corregidor de Guipúzcoa, secretario de Negocios Extranjeros con Carlos VII y director del periódico «El Cuartel Real»; Juan Vázquez de Mella, ilustre no sólo como parlamentario, sino también como ideólogo y escritor, y en cuyos escritos se encuentran ideas y juicios muy dignos de ser tenidos en cuenta, o la noble personalidad de Guillermo Estrada, que fue secretario de la reina doña Margarita y consejero de Carlos VII, y catedrático de la Universidad de Oviedo, de quien decía Clarín que era mucho más liberal y comprensivo que otros compañeros krausistas del claustro ovetense. Todos ellos fueron figuras de enorme dignidad y decencia, a diferencia de los políticos profesionales al uso; que defendieron sus ideas con gallardía, contra viento y marea y sin tener jamás en cuenta el beneficio personal. Sirvieron a sus ideas sin servirse jamás de ellas, concediéndoles mayor importancia que a sus intereses personales, a los que renunciaron. Terminada la tercera guerra carlista, Ceferino Suárez Bravo hubo de exiliarse a Francia, y a su regreso, en 1876, tuvo que dedicarse al periodismo a destajo para poder sobrevivir y establecerse en Barcelona, donde murió, lejos de Oviedo y de la sombra de la Catedral, aun cuando había escrito un famoso poema que se remata con los famosos versos:

¡Cuánto la idea de morir me asusta

si no ha de ser bajo tu sombra augusta!

Sobre Guillermo Estrada escribe Clarín, que le apreciaba verdaderamente y le saca en «La Regenta», con su nombre propio: «Si hubiera querido evolucionar en media vuelta a la izquierda, con una seña le hubieran salido al encuentro y le hubiesen llevado al Congreso, y hubiera brillado, y hubiera sido ministro y rico… pero prefirió ser consecuente con veinte mil reales al año». Y Cánovas le ofreció a Vázquez de Mella un Ministerio, que rechazó, porque no consideraba legítima la rama reinante. A causa de su fidelidad dinástica, Vázquez de Mella redujo su actividad política al Parlamento, donde brilló por sus conocimientos y oratoria, como podía haber brillado en funciones de gobierno y renunció a ellas por lealtad a su causa y a sí mismo.

Otro carlista asturiano es José Indalecio de Caso, que vive exiliado en París desde hace muchísimos años, y muy austeramente, sosteniéndose sólo con los ingresos que obtiene como abogado consejero de la Embajada española en Francia.

José Indalecio de Caso, además de haber mantenido cierta actividad política y conspiratoria, y sobre todo de polemista, era un proyectista. Como buen proyectista, no siempre aferraba los pies a la tierra. No obstante, uno de sus proyectos políticos y sociales fue elogiado por Miguel de Unamuno, en su etapa de socialista, en una carta dirigida a Joaquín Costa: «Curioso es un plan de gobierno que presentaron a don Carlos, en 1874, don José Indalecio de Caso, don Julio Nombela y don Vicente Monterola. En el tal plan hay cosas como éstas: 1) Cédulas de profesión en vez de cédulas de vecindad, y al que no acredite profesión no puede ni demandar el pleito. 2) Imponer a la aristocracia la obligación de fundar colonias agrícolas con sus latifundios. 3) Declarar forzosa para las gentes acomodadas la tutela de huérfanos pobres. 4) Con atención a que se gobierna para los pobres a costa de los ricos, y debe suceder lo contrario, que la pequeña propiedad sea dispensada de todo tributo, compensándose esto mediante un recargo en progresión creciente sobre la gran propiedad. 5) Que el trabajo esté representado por el trabajo. Por mi parte», continúa Unamuno, «podría añadir a tal proclama manifiestos y pasajes carlistas en demostración de que las ideas puramente descentralizadoras y socialistas de tal plan eran expresión del sentimiento de las masas carlistas».

Julio Nombela, uno de los firmantes de este manifiesto, periodista y escritor de novelas populares y autor de un voluminoso e interesantísimo libro de memorias titulado «Impresiones y recuerdos», conoció a Caso y no sólo firmó a su lado proyectos de gobierno, sino que también conspiró con él, con pobres resultados, y tenía buena opinión de nuestro entrevistado, a quien reconoce como «abogado razonador y elocuente», «en extremo bondadoso» y que «poseía el don de saber escuchar». «Como tantos otros hombres amantes del orden y de la justicia», señala Nombela, «desengañado de la política revolucionaria, ingresó, aunque con ciertas precauciones y salvedades, en el partido carlista, y cuando me enteré de que se proponía realizar con la competencia que le daban sus excepcionales estudios el propósito que yo consideraba indispensable, me puse incondicionalmente a su disposición».

Sin embargo, Nombela dice también de usted que «era lástima que un hombre de tanto valor hubiera adquirido celebridad defendiendo a un impostor y liquidando una sociedad de crédito desacreditada».

Deje en paz a Nombela ­me contesta, dando a entender que no desea seguir por ese camino­. Le conocí en San Juan de Luz, donde yo veraneaba con mi familia. Pero no me parece bien que se me recuerden ciertas cosas. Sépase, de todos modos, que si algo puede reprochárseme es por haber actuado como abogado tal vez equivocadamente, pero nada se me puede echar en cara de mi actitud política. ¿Cree usted que si yo hubiera hecho como otros continuaría en París y trabajando a mis 73 años como abogado consejero de la Embajada de España? Y conste que si sigo ejerciendo de abogado es porque no dispongo de otro medio para poder vivir.

Sin embargo, otros se situaron mejor que usted. El propio Cabrera…

Pero otros son otros, y yo soy yo. Al final de sus días, cuando vivía en Londres casado con una dama rica, don Ramón Cabrera no se parecía en nada al Cabrera a quien yo conocí cuando todavía se guardaba recuerdo de la época en que le llamaban el Tigre del Maestrazgo. Ni decía en Londres las mismas cosas que le escuché en Morella. Al final, casi hablaba como un liberal. ¡Qué cambiazos da la gente!

¿Y usted no se considera liberal?

No, aunque es posible que lo sea mucho más que muchos que se dicen liberales. Y nada digamos de los de las nuevas ideologías modernísimas, como socialistas y demás.

Unamuno decía que algunas de sus propuestas no están muy alejadas del socialismo. El propio Marx consideró el carlismo con interés.

Es cierto. Los que están alejados del socialismo son los propios socialistas.

¿Usted nació en Oviedo?

En efecto, en 1830. Nací en hogar humilde, y a mucha honra. Mi madre era dulcera, y hacía esponjados y mantecadas a domicilio. Seguí los estudios de Leyes en la Universidad de Oviedo, con dificultades económicas, pero con brillantez. Antes de licenciarme como abogado ya me había dado a conocer en Asturias por lo que escribía en los periódicos.

¿En qué periódicos colaboró?

En varios de efímera vida, como «El Industrial», «Álbum de la Juventud», «El Independiente» y «El Nalón». Lo que sobre todo me dio a conocer fueron las polémicas que mantuve con Manuel Pedregal y José Hipólito Álvarez Borbolla, a propósito de derechos y deberes en el terreno político y moral, y en el económico, sobre el proteccionismo y el librecambio. Yo nunca entendía ni entenderé a esa gente que se titula progresista y cree que por ello ya se puede predicar que no existen deberes individuales ni colectivos, sino derechos y más derechos, y vengan derechos. A un folleto de Álvarez Borbolla titulado «Examen del dogma de la soberanía del pueblo», yo le contesté oportunamente y poniéndole en su lugar con otro al que puse el rótulo de «Pueblo soberano y súbdito», publicado en Oviedo en 1856.

De modo que muy joven se ganó usted fama de polemista.

Me gané fama de hombre inquieto, y por mis polémicas, de reaccionario. Pero una cosa es lo que digan los otros y otra, lo que sea uno. Recuerde usted lo que don Miguel de Unamuno dice de uno de mis proyectos. Y debe entenderse que no sólo me dediqué a la política en mis orígenes, sino que fui, además, uno de los fundadores de la Academia Científica y Literaria de Oviedo, en 1855. Esta academia fue escenario de mis polémicas con los señores Pedregal y Álvarez Borbolla.

¿Qué participación tuvo usted en la redacción del famoso «Manifiesto del hambre»?

Ninguna. Yo creo que el manifiesto es enteramente de Camposagrado. No obstante, yo conocí su contenido, y lo aprobé en su día, enteramente. El hambre del año 54 fue la peor de Asturias de la época moderna, y eso que los labriegos de nuestra tierra estaban acostumbrados a no levantarse saciados de la mesa, como escribió Feijoo en el siglo pasado. Pero después de las malas cosechas de 1852 el desastre se veía venir, y nadie hizo nada para detenerlo, ni siquiera para atenuarlo. En 1854, tres quintas partes de la población asturiana carecían de lo imprescindible para el sustento. Y dando la espalda y haciendo oídos sordos a esa situación desesperada, el gobernador civil, un miserable llamado De los Santos, más conocido por el apodo de El Ferre, sólo se preocupaba de obtener, por medio de impuestos brutales, un anticipo forzoso de ciento sesenta millones de reales para hacer frente a las dificultades hacendísticas del Gobierno de Madrid. Esa clase de gentuza nos enviaba para gobernarnos el Gobierno liberal de Madrid.

Sin embargo, usted no tarda en marchar a Madrid, cuna y cabeza del liberalismo y del centralismo. ¿Por qué?

Porque ¿dónde si no había de buscar su porvenir un mozo inquieto? Marché a Madrid en 1857 a ejercer la abogacía, y también trabajé como redactor del periódico carlista «La Esperanza».

Y sin embargo, y a pesar de ello, don José Posada Herrera le hizo su secretario.

Sí, porque don José era un gran liberal, un hombre que reparaba en la valía de las personas antes que en su afiliación partidista.

¿Y cómo reaccionaron ante esto los demás liberales?

De muy mala manera, pero el verdadero escándalo se produjo cuando Posada Herrera fue nombrado ministro de Gobernación, en un Gobierno de la Unión Liberal, y me nombró a mí fiscal de imprenta. No me quedó otro remedio que renunciar.

¿Entonces es cuando pasa de ser secretario de un político liberal como Posada Herrera a serlo de un caudillo carlista como Ramón Cabrera?

Sobre este punto existe una confusión interesada. Por cuestiones de edad, yo no pude ser secretario de Cabrera durante la segunda guerra carlista. Entonces yo estaba en Oviedo, estudiando en la Universidad. Cuando yo conocí a Cabrera, ya se encontraba él en la emigración, y en posición muy crítica hacia el carlismo. Sobre él escribí un folleto, «La cuestión Cabrera», entre otros escritos sobre asunto carlista como «Dios, Patria, Rey» y «La bandera carlista».

Sin embargo, usted se exilió también, y continúa en el exilio.

Sí, en febrero de 1876, después de que el general Primo de Rivera hubiera conquistado Estella. Ese mismo día, 28 de febrero, don Carlos abandonó el territorio español por Valcarlos. A mí poco me quedaba por hacer en España, de modo que me marché también.

¿Y aquel famoso pleito que le dio tanta fama?

Lo perdí, aunque estaba tan convencido de la causa que defendía que rebatí la sentencia en un folleto. Esto me enemistó con el estamento judicial español, de modo que, derrotada mi causa en la guerra y yo en los tribunales, ¿para qué seguir en la patria?

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