Fuente: Álbum de personajes carlistas: Tomo I, de Francisco de Paula Oller, La Propaganda Catalana, Barcelona, 1887, pp. 78-84.

Día de júbilo fue para el partido legitimista español el 27 de junio de 1870, en que con el nacimiento del hijo de Don Carlos quedó asegurada la sucesión masculina en la rama del Rey Carlos V.

Vio la luz primera el Príncipe Don Jaime en la quinta-palacio de La Tour de Peilz, Vevey (Suiza), cantón del Vaud, Confederación Helvética.

El recién nacido fue solemnemente bautizado dos días después, festividad del apóstol San Pedro, y se le impusieron los siguientes nombres: Jaime, Fernando, Alfonso, Carlos, Juan y Felipe.

Apadrinaron al regio vástago la Archiduquesa Doña Beatriz y el Conde de Chambord, y asistieron a la ceremonia muchos antiguos e ilustres servidores de la Familia proscrita.

Los legitimistas asturianos, siguiendo la tradicional costumbre de aquella provincia con los hijos primogénitos de los Reyes de España, costearon la Cruz de la Victoria que llevó a Vevey una comisión del Principado.

El día 2 de Agosto tuvo lugar la solemne ceremonia de la entrega de la Cruz, signo de vasallaje ofrecido al que por consentimiento unánime de la España tradicional y católica había sido ya proclamado Príncipe de Asturias.

Anunciada la llegada al salón en que se encontraba reunida la comisión asturiana, de Don Carlos y del Príncipe Don Jaime, adelantóse el presidente de aquélla, don Guillermo Estrada y Villaverde, y leyó el Mensaje que los carlistas asturianos, reunidos en sesión extraordinaria en la ciudad de Oviedo, enviaban a su Rey, felicitándole por el nacimiento del Augusto Príncipe.

Acto continuo el mismo señor Estrada dirigió a S. M. el siguiente discurso (1):

«SEÑOR:

En nombre de los carlistas del Principado de Asturias tenemos la alta honra de felicitar a V. M., como nos felicitamos a nosotros mismos, por el nacimiento de S. A. R. el Serenísimo Sr. D. Jaime Fernando de Borbón y Borbón. Aquel país, con más razón que el de Gales en Inglaterra, o que el antiguo delfinado de Francia, sirve de título a las primicias de la estirpe Real de España, porque Asturias viene a ser como las primicias de la monarquía castellana, y su suelo sirvió de asilo y de cimiento para la reconquista contra los infieles. Y no es este el único título de gloria que Asturias puede presentar ante su Rey y ante su Príncipe: ya en la edad antigua, Augusto, emperador poderoso, se vio obligado a abrir las puertas del templo de Jano y a descender del solio de Roma para ir a sofocar en Asturias el último resto de la independencia cántabra; y en la edad moderna, otro poderoso emperador, Bonaparte, hubo de fijar su mirada de águila sobre Asturias, pobre rincón del mundo, desde donde el genio español le arrojó su primer reto, cuando toda Europa coaligada apenas se hubiera atrevido a hacer otro tanto.

Pues bien; si en esos tres solemnes y bien distinguidos momentos de la historia, Asturias puso tan alto su nombre, es porque su espíritu está más elevado aún que sus montañas, cuyas soberbias cimas se esconden en las nubes; y desde allí, atravesando quinientas leguas de distancia, los carlistas de Asturias vienen al pie de estas otras montañas, y a la orilla de estos grandes lagos, para ofrecer por conducto nuestro sus títulos de gloria ante un excelso recién nacido, ante un niño augusto, víctima inocente del odio de las revoluciones, venido al mundo en extranjero suelo, y que entró por las puertas de la Iglesia aquí donde el catolicismo vive como sospechoso huésped: niño augusto, representante de todos los dolores de una dinastía legítima nunca humillada: niño augusto que, a despecho de todas las iniquidades triunfantes, es, después de V. M., la única personificación verdadera de todas las glorias de España y de todas las glorias personales de sus reyes, desde Ataulfo y Recaredo hasta Carlos V y Carlos VII.

¡Quiera Dios oír los votos que le eleva el corazón de los carlistas asturianos , súbditos fieles de V. M., y hacer de vuestro Príncipe un fruto de bendición para V. M. y su Augusta Esposa, cuya ausencia de este sitio es para todos tan sensible; un monarca de reparaciones y bondades para la desventurada España, y un justo, tal vez un santo, para la patria inmortal de todos!

Y ahora, Señor, para concluir, dígnese V. M. aceptar, siguiendo antiguas tradiciones, un presente que los carlistas asturianos ofrecen a su Príncipe: presente humilde como nunca, pero también como nunca expresivo, pues que en mucha parte se debe al óbolo del pobre y es testimonio inequívoco de lealtad y de amor. Consiste en una condecoración mezquina, como lo sería todo lo que se dedicase a tan grandioso objeto, pero que tiene el valor inestimable de estar tocada en las santas reliquias depositadas en la catedral de Oviedo, tesoro con que Dios premió la fe de los antiguos asturianos; esta condecoración lleva las armas del Principado, el blasón sagrado de la cruz de Don Pelayo, que se llama la cruz de la Victoria, y este nombre debe ser muy significativo para V. M.; dígnese asimismo V. M. cubrir con ella, como con una égida que le libre de males y peligros, el pecho de S. A. R., siguiendo también la tradición de nuestros Reyes, que investían a sus primogénitos con esta insignia antes que con la del Toisón o cualquier otra correspondientes a su suprema dignidad.

Haciéndolo así, V. M. habrá dado una muestra de singular afecto a los asturianos y habrá colmado sus deseos.»

Tomada por Don Carlos de manos del Sr. Estrada la insignia la colocó sobre el pecho del Augusto Príncipe de Asturias, y contestó con estas palabras [Antología de Melchor Ferrer Dalmau, Escritos políticos de Carlos VII, Editora Nacional, Madrid, 1957, pp. 48-49]:

«Gracias a Asturias por su entusiasta manifestación de fidelidad y por el rico don que desde este momento adorna el pecho del tierno Príncipe, que lleva el título con que el mundo conoce desde antiguo a los herederos de la Corona de España.

Con noble orgullo habéis recordado vosotros, y con satisfacción imponderable he oído yo, los hechos preclaros que ilustran la historia de la hidalga tierra asturiana.

Bien juzgáis cuando atribuís al espíritu de religiosidad e independencia el origen de las proezas que, en épocas memorables, realizaron nuestros ilustres antepasados. Este espíritu es el que todavía, por gracia especial de Dios y a despecho de las revoluciones, vive y alienta al pueblo español; él es el que inspira mi alma al pensar en la restauración gloriosa que ha de poner término a los grandes dolores que sufre hoy mi amadísima Patria.

Pido a Dios que cumpla vuestros votos al dirigiros al Príncipe de Asturias, a quien la Iglesia acaba de imponer sobre la pila bautismal un gran nombre en honor del Santo Patrón de España, y en memoria de aquel Rey esclarecido, que si fue el Rey de las batallas y de las conquistas, lo fue también de los fueros y de las libertades.

Esos votos son los de todo el pueblo español, que, alegando títulos de antigua fe, es merecedor, por ello, de que llegue pronto el día de mostrar ante el mundo, ahora tan revuelto y trastornado, cómo pueden gozarse conquistas verdaderas de los tiempos sin renegar de la enseña con que se inmortalizaron los héroes de Bailén y Covadonga.»

Después de pronunciado esto discurso, Don Carlos invitó a la comisión a que subiera a las habitaciones de S. M. la Reina para saludarla, pues por el estado de su salud no pudo asistir a la ceremonia, con la que se dio ésta por terminada.

Este episodio, diremos con un ilustre escritor tradicionalista, es seguramente uno de los más importantes de la historia del partido legitimista en la época presente.

(1) Lo reproducimos integro, como también la contestación de Don Carlos, por juzgar que estos detalles son de especial interés histórico en la exposición de los hechos en que han intervenido los miembros de la Augusta Familia por cuyo triunfo alientan y trabajan tantos millares de españoles.

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