Jesús Arias de VelascoLa Nueva España (16-03-2008)

Juan Ramón Pérez Las Clotas

Con el mismo orgullo localista que su propio título delataba, el diario «El Carbayón» publicaba el día 31 de enero de 1929, bajo el encabezamiento «Asturias en la Universidad de París», la noticia de que el joven catedrático de la Universidad de Lyon don André Fugier, «de tan grato recuerdo entre los ovetenses», daría lectura en La Sorbona de sus dos tesis doctorales sobre Napoleón y la guerra de la Independencia, y la Junta Superior de Asturias durante la invasión francesa. El anónimo y bien intencionado redactor era bien ajeno a que tras tan afectuosa referencia estaba resumiendo un curioso y escasamente conocido episodio de la historia contemporánea en nuestro primer centro docente: el relativo al frustrado intento de hacer de éste lo que podría calificarse como la punta de lanza del desarrollo del hispanismo francés en España.

El supuestamente recordado profesor llega a Oviedo a comienzos del curso de 1921 consciente de que su tarea no va a ser sólo pura rutina docente, sino que constituye un instrumento más de una vasta empresa política de ambiciones hegemónicas. Y para que nada sea gratuito, portador también de un bagaje cultural del que forma ya parte su investigación sobre Napoleón, que culminaría años después. Circunstancias ambas que supuestamente contribuirían al desarrollo del ambicioso proyecto, aunque no impedirían que quedase a la larga en agua de borrajas.

No era, por otra parte, fácil su trabajo. Dos grandes y poderosas fuerzas mantienen en ese momento su puja por el control de la empresa: la que concibe una simbiosis franco-española, apoyándose en la fuerza del catolicismo, y la que representa el ámbito académico en el que se mueven ateos, librepensadores y krausistas. Sí se sabe que el patrocinador de Fugier es el entonces rector don Jesús Arias de Velasco, católico a machamartillo, no resulta difícil deducir de qué lado estaba el joven profesor. Existe a este respecto un dato revelador. Para evitar cualquier duda sobre su confesionalidad, sus mentores, entre los que figuraban los hispanistas Legendre y Chevalier, viajan con él a Oviedo, visitando «de paso», la basílica del Pilar, el monasterio de La Cogolla y Salamanca, en donde se entrevistan con Unamuno y el obispo de la diócesis. Nada que pueda sorprender a poco que se sepa que para la institución de la cátedra en la Universidad resulta aconsejable el plácet del canónigo lectoral de la Catedral.

Con tales acreditaciones tan poco políticamente correctas, el encomiable proyecto patrocinado por el rector estaba irremediablemente condenado al fracaso. Con un criterio manifiestamente partidista, lo justifica así el profesor Nuño Rodríguez en su texto «Los hispanistas franceses y España», al atribuirlo «a su carácter propagandístico mal disimulado; control diplomático; subordinación a intereses políticos y explícita orientación ideológica». Una nada elusiva manera de subrayar su heterodoxia política.

Con el segundo curso ya iniciado, a finales de 1923, don Jesús es destituido como rector y las clases de Francés suprimidas definitivamente. En carta a uno de sus amigos, no escatima duros calificativos al referirse a sus compañeros de claustro: «Su conducta no ha podido ser más indigna; rencores personales, envidias, ambiciones, incluso mi francofilia, todo se ha conjurado contra mí». No sería, sin embargo, para Fugier un adiós definitivo a Oviedo, al que de un modo u otro permanecería unido hasta su muerte. Nada más esclarecedor a este respecto que la recuperación que hace el profesor Limpo Piriz de su figura y de su obra, en el exhaustivo prólogo del primero de los tomos que componen su «Napoleón en España», único traducido dedicado a la guerra de las Naranjas, con el que la familia Arias de Velasco ha tenido la amabilidad de obsequiarme.

En 1926 el joven profesor regresa de nuevo a su amado Oviedo con una beca, que naturalmente le consigue Arias de Velasco para que investigue sobre la Junta General del Principado. Y aún llega a más la generosa ayuda de éste: le proporcionará los traductores para su trabajo y una ayuda de la Diputación de 3.222 pesetas a cambio de sus derechos. Meses después, el propio Fugier no puede dejar de sentirse satisfecho con la edición y traducción de la tesis, por parte de los hermanos don Manuel y don Gonzalo Rico Avello: «Es un sumo placer ver captar su pensamiento con tanta agudeza y verlo expresado de manera tan exacta, al mismo tiempo que con tanta soltura y elegancia», escribe Fugier en carta remitida desde Lyon.

Sería ésta una de las últimas satisfacciones que de su relación con Asturias iba a tener. Una gran parte de los documentos que amorosamente había consultado y en muchos casos ordenado en los archivos asturianos se perderían cuatro años después con el incendio y devastación a que fue sometido Oviedo durante la revolución socialista. Y otros dos después, en 1936, sería asesinado en el Madrid frentepopulista su traductor don Manuel Rico Avello, que había sido ministro de Gobernación en uno de los gabinetes de Lerroux.

De tan convulso tiempo existe un revelador testimonio que el profesor Limpo Piriz exhuma en su texto: la correspondencia mantenida entre Arias de Velasco y Fugier. En el caso del profesor ovetense, sus cartas son premonitorias crónicas políticas. Por ejemplo, en la del 5 de enero de 1936, cuando ya las dos Españas estaban radicalmente enfrentadas, advierte que «el Ejército, cuya oficialidad está hoy dispuesta a ello, no tendrá más remedio que intervenir. Y ello será el fin de todo». Y no menos descorazonadora es la que envía a su corresponsal con fecha 12 de mayo, cuando ya las elecciones de febrero han marcado un punto de inflexión en la historia de la república: «El buen sentido ya no existe en ella. Me atrevo a decir que es incompatible con la democracia. Los necios serán siempre más que los sabios y los insensatos más que los buenos». Criterios nunca ocultados que no más allá de cinco meses después iban a llevarle ante un pelotón de asesinos junto con sus dos hijos.

Consciente Fugier de que su amigo corría grave peligro, si es que no estaba ya en una de las múltiples chekas de las que en Madrid proliferaban, con la vida de las gentes al capricho de cualquier desalmado, realiza una intensa campaña para conseguir su liberación y salida de España, en la que participan los más cualificados hispanistas. Un inútil empeño. Tendrán que pasar dos años, para que a través de la información de un amigo vea confirmados sus peores augurios. Su protector yacía en una fosa común desde agosto del 36.

Difícilmente nadie de quienes poseídos por el mayor de los optimismos participaron en el fallido intento de creación de una entente espiritual entre España y Francia hubiera podido imaginar que tan generoso empeño terminase en tal trágico baño de sangre. Y menos aún que de él quedase tan escasa memoria. De don Jesús Arias de Velasco tan sólo permanece su nombre en el callejero local, y ello tras haber superado la vejatoria revisión de un juicio popular, supuestamente expurgador de ortodoxias ideológicas. Y en cuanto al joven profesor que tan grato recuerdo había dejado en su día entre los carbayones, aún permanece inédita la traducción al castellano de su trabajo sobre la guerra de la Independencia y la figura de Napoleón, olvido tanto más de subrayar cuando se celebra el segundo centenario de tan gloriosa ocasión.

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