muertesparalelasLa Nueva España

27/03/2007

Ernesto Burgos

A los historiadores clásicos les gustaba comparar personajes y acontecimientos en el pensamiento de que el destino va repitiendo periódicamente sus designios. Quien llevó esta técnica a su perfección fue Plutarco, autor de «Vidas paralelas», una serie de biografías de personajes ilustres escrita de manera que siempre se comparan un griego y un romano para buscar las semejanzas entre ambas culturas. Del texto original se conservan 23 parejas y cuatro vidas aisladas y su lectura nos sirve para acercarnos al ambiente de la Antigüedad mediterránea.

Cada semana indago en la historia local buscando temas que a ustedes les resulten originales o al menos les sirvan para recordar algún capítulo oculto tras las nieblas de la amnesia cultural que en las últimas décadas lo corroe todo, y el caso es que muchas veces también encuentro acontecimientos y protagonistas de diferentes épocas que parecen destinados a ser escritos sobre las esquinas del mismo papel, de forma que si jugamos a plegarlo no tengan más remedio que encontrarse. Es el caso de hoy, en el que, parafraseando a Plutarco, voy a contarles algo sobre dos «muertes paralelas».

Son las de José Faes, el último cabecilla carlista de las Cuencas, y Adolfo Quintana Castañón, «Quintana», el más conocido de los «fugaos» que se echaron a los montes de Mieres tras la última guerra civil. El primero murió en Villarejo en julio de 1874 y el otro en El Pedroso en agosto de 1950, dos lugares, respectivamente, a derecha e izquierda del puente de Santullano; a ambos los mataron las balas y con cada muerte se cerró una época.

El puente de Santullano fue proyectado en 1788 por el académico Manuel Reguera González -considerado por Jovellanos como el mejor arquitecto que entonces tenía el Principado- y junto al de Olloniego constituyó en su época la obra de mayor envergadura acometida en el trazado de la carretera a Castilla.

Desde su apertura se convirtió en el paso obligado sobre el Caudal y, consecuentemente, en el punto más estratégico del Valle, por ello su historia es intensa y sus pilares han soportado desde entonces el paso de ejércitos franceses, absolutistas, liberales, franquistas y republicanos, tropas regulares y de la Legión, partidas carlistas, mineros revolucionarios y, en fin, de todos aquellos que en los dos últimos siglos decidieron defender con las armas su manera de entender la sociedad. De modo que no es extraño que sobre él, o al lado de sus cepas, se haya derramado mucha sangre.

Un pequeño mito

De Faes ya hemos escrito en otras ocasiones. Fue, como recordarán, un pequeño mito de su tiempo. Valiente y apuesto, llegó a mandar una partida de 200 hombres y sus hazañas crecían cada vez que se contaban, pero le pasó lo que a todo aquel que corre mucho: acabó por tropezar. En 1874 el precio de su cabeza ya valía muchos reales y alguien decidió cobrarlos.

Existen dos versiones sobre su muerte, la oficial cuenta que el 7 de julio de aquel año regresaba de una acción por tierras leonesas donde había cortado las vías del ferrocarril León-Busdongo, cuando fue interceptado en las cercanías de Villarejo por un regimiento liberal que acampaba en Ujo, la cosa se lio y el héroe local fue abatido en el curso del enfrentamiento.

La segunda es más romántica y se contaba en el Mieres decimonónico asegurando que era la que habían presenciado los testigos; decía que Faes volvía aquella tarde después de haber pasado el día en La Villa y tras detenerse a conversar en Santullano con los señores de Gutiérrez -que sin ser abiertamente tradicionalistas simpatizaban con la causa del pretendiente Carlos VII- se adelantó a sus tropas con unos pocos leales. Entonces aún no estaba abierta la carretera a Lillo y era obligado transitar por el camino que serpeaba la montaña hasta Figaredo. Cuando la avanzadilla pasaba bajo Villarejo alguien escondido tras un matorral disparó varios tiros contra el cabecilla, que cayó fulminado desde su caballo. A pesar de que sus hombres le trasladaron con urgencia hasta Figaredo no pudieron evitar su muerte.

Tal vez sea más ajustada la primera interpretación, puesto que sabemos que en la misma jornada fallecieron también sus dos lugartenientes, José María, «El Vizcaíno», y Ramón de Grabelón, pero lo que hoy nos importa es que aquellos disparos supusieron el fin del carlismo en las Cuencas, ya que la partida dirigida desde entonces por Joaquín González, «Xuacu de la Güeria», no llegó a recuperarse nunca.

Tres cuartos de siglo más tarde, en 1950, las dos Españas seguían enfrentadas bajo otras banderas y, aunque la guerra civil era historia, quienes se resistían a aceptar la derrota mantenían la lucha en el monte por su cuenta esperando un milagro que diese la vuelta a la situación. Para aquellos últimos «fugaos» que aún seguían activos en las Cuencas aquel año resultó funesto. Muchos habían dejado ya las armas para marchar al exilio, mientras que las bajas y las caídas constantes iban diezmando a quienes se negaban a abandonar Asturias.

Un maqui viajero

En el Caudal operaba entonces Adolfo Quintana Castañón, «Quintana», al decir de los expertos, uno de los maquis más viajeros de la cornisa cantábrica, que se había desplazado varias veces a Galicia, el País Vasco y Francia para retornar siempre a la clandestinidad y que sin haber protagonizado ninguna acción de importancia era famoso por su audacia. Se comentaba que a veces se presentaba al cierre de las verbenas de los pueblos para tomar unas sidras o requebrar a alguna moza desapareciendo después como un fantasma, e incluso se sabía que cortejaba en Mieres. «Por aquí pasó Quintana», se leía en una butaca del cine Novedades y en algún banco del parque Jovellanos y aunque nadie sabía si en realidad el grabado había salido de su mano, aquello contribuía a aumentar su leyenda.

Quintana se mantuvo activo una década hasta que finalmente fue delatado por dos compañeros detenidos en la frontera francesa que una vez trasladados a Asturias no pudieron soportar las torturas sin relatar dónde estaban sus refugios. La historia nos dice que Barranca y Canor, después de infinitas vejaciones, también murieron aquel invierno en el garrote vil de la cárcel de Oviedo… pero volvamos a lo nuestro.

El caso fue que a mediados de agosto Adolfo Quintana y su compañero Ángel Díaz Diego, «Canario», fueron localizados, cercados y abatidos en una casa de El Pedroso, justo a la entrada del valle de Cuna. Los detalles de la refriega se han publicado en los libros que rememoran la actividad de la guerrilla en la posguerra y están al alcance de los interesados; luego los cadáveres fueron expuestos en la «pedrona», donde los curiosos -niños incluidos- pudieron cerciorarse de que los hechos que corrían de boca en boca eran ciertos.

Como sucedió con Faes, tras la muerte de Quintana su partida empezó a languidecer en el Caudal hasta que su sucesor, Manuel Rubio González, conocido como «el Rubio de la Inverniza» o «el Rubiales», que había heredado el sistema de enlaces y de apoyos, también acabó cayendo bajo las balas dos años después en un encuentro cerca de San Tirso.

Faes y Quintana, populares en su tiempo, defendían dos conceptos de la sociedad totalmente opuestos, pero coincidían en la negación de la derrota y en la fidelidad a unas ideas hasta el punto de perder la vida en su defensa. Fueron distantes en el tiempo pero próximos en la geografía de la muerte. Los dos se sabían temidos por algunos y admirados por otros y jugaban a dejarse ver para disfrutar de su fama. Aunque ambos tuvieron epígonos, sus muertes pusieron el punto final a dos épocas violentas para dejar paso a la política.

Nunca se supo quién mató a Faes ni si fue cierto que alguien cobró la recompensa por su cabeza. Es lo de menos. Los escapularios carlistas no tenían sitio en los consejos de administración. También la pistola de Quintana resultaba anacrónica e incluso molesta para muchos de quienes compartían su ideología, que ya se habían dado cuenta de que la mejor manera de combatir el franquismo era la estrategia político-sindical. Los dos cayeron junto al puente de Santullano y algunos de los que los lloraron en público respiraron con su desaparición.

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