2009-04-21La Nueva España (14/04/2009)
Ernesto Burgos

Aún existen carlistas. Se dividen en dos corrientes completamente opuestas emplazadas en los dos extremos del raíl político: los unos siguen defendiendo a machamartillo a Dios, la patria y el Rey legítimo -que para ellos no es Juan Carlos I, sino uno de sus parientes lejanos-; los otros son laicos, federalistas y republicanos. Los primeros, tradicionalistas, tuvieron su último paradigma asturiano en Jesús Evaristo Casariego, al que aún recuerdo paseando con porte pretencioso, erguido y envuelto en una capa española por las calles de Oviedo y que hasta el momento de su muerte alimentó desde su finca en Barcellina (Valdés) su propia leyenda negándose a beber otro alcohol que no fuese el vino español o la sidra asturiana y colocando un cartel que se hizo popular en los años de la transición en el que prohibía la entrada en su casa a los curas sin sotana y las mujeres con pantalones.

Los que yo conozco ahora son de izquierdas y si usted les pregunta cómo se puede cocer un carlismo republicano le contestarán sin dudarlo que de la misma forma que un socialismo sin lucha de clases? y tienen razón: si el siglo XX fue un cambalache, no vean lo que puede llegar a ser el XXI.

Otras veces les he contado los episodios más conocidos que protagonizaron las partidas legitimistas por nuestras cuencas y he traído a esta página a sus protagonistas, sobre todo a Faes, el más conocido y recordado por sus acciones y su gallardía, que encandilaba a las mozas de La Pasera, pero hoy voy a narrarles la última intentona de sus herederos, que se quedó en eso, más que nada porque se produjo en una época que no le correspondía y cuando la gente ya pensaba en otras cosas.

Todo empezó con el desastre de 1898, tras la pérdida de la España ultramarina y la toma de conciencia de que este país había pasado de golpe desde la división de honor a la tercera. Con la caída de Cuba se puso un punto y aparte en nuestra historia y fueron muchos los que quisieron taponar la hemorragia a su manera. Los militares enterraron a sus muertos, que como ocurre en todas las guerra eran más nuestros que suyos; los escritores lo intentaron adecuando su estilo y su temática a lo que querían leer en aquel momento sus compatriotas; los obreros empezaron a pensar en cambiar el mundo por otros métodos; los políticos hicieron lo de siempre y se pasaron meses culpándose mutuamente; los Borbones no movieron ni una pestaña y los carlistas, en fin, volvieron a lo único que sabían hacer: echarse al monte.

En aquel momento su pretendiente era Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria-Este, duque de Madrid, conde de Dicastillo y aspirante a rey con el nombre de Carlos VII. Nieto del primero de los Carlos rebeldes, aquel que tras la muerte de su hermano Fernando VII había iniciado la primera guerra por la sucesión contra su sobrina Isabel II y al que sus partidarios habían bautizado como Carlos V. Un hombre que parecía inasequible al fracaso permanente.

Ya lo había intentado en otras ocasiones: el 2 de Mayo de 1872 quiso aprovechar el caos que se vivía en el país y entró por Vera de Bidasoa para encabezar las partidas que habían levantado sus seguidores; si reinó alguna vez fue en aquella ocasión, sobre los territorios que logró controlar hasta que los alfonsinos lo devolvieron a la frontera. El 27 de febrero de 1876 volvió a sacar brillo a sus charreteras y correteó de nuevo por Navarra, un nuevo fiasco, y por fin en aquel 1900 que recordamos hoy, cuando parecía que su única ambición ya estaba en contar consejas a sus viejos generales en las sobremesas de su exilio, estuvo a punto de volver a la aventura, aunque se quedó en casa porque un puñado de locos sin la autorización de los jefes de su partido se adelantaron en Cataluña a lo que prometía ser un movimiento más amplio.

La cosa la inició el 28 de octubre en Badalona una partida de unos 50 hombres que quiso asaltar el cuartel de la Guardia Civil de la localidad. Los mandaba un joven labrador veterano de la Guerra de Cuba llamado José Torrents y los sublevados se lo tomaron tan en serio que llegaron al lugar uniformados con blusa azul y boina roja y numerosas armas y pertrechos. En su camino desarmaron a un guardia de consumos y luego se dirigieron dando vivas a Carlos VII hasta el emplazamiento de la benemérita, que los recibió a tiros. Torrents murió aquel día y la partida fue disuelta, pero por otras zonas de la montaña catalana y Levante e incluso en algunos puntos aislados de la geografía peninsular hubo pequeños grupos que aguantaron una temporada.

Lo que se conoció después como la «Octubrada» también tuvo su pálido reflejo en nuestras cuencas, donde los carlistas aún mantenían partidarios aislados. En Langreo la Guardia Civil temió que se pudiese repetir lo sucedido en 1874 -precisamente el año de la muerte de Faes- cuando el cabecilla Ángel Rosas había ocupado Sama y la Felguera logrando convencer a grupos de obreros para que se uniesen a su causa, y procedió a registrar las viviendas de quienes se habían implicado en aquellos sucesos, pero aquella era una generación agotada y sus hijos estaban más interesados en defender la huelga que se mantenía aquella semana en el Valle que en pelear por un cambio de corona entre dos miembros de la misma familia.

Por otra parte, los servicios de información no son cosa de ahora. Las autoridades ya conocían los movimientos preparatorios del 28 de octubre y habían movido discretamente algunas tropas e incluso detenido como medida preventiva a algunos carlistas significados, lo que evidencia que las autoridades seguían de cerca todo lo que pasaba. En Asturias los gobernadores civil y militar mandaron elaborar un listado completo de sospechosos que relacionaba unos 800 elementos susceptibles de movilizarse en los concejos de Laviana, Aller, Quirós y Lena, y además recibieron el soplo de que se había convocado para el día 11 de noviembre una reunión en este último concejo para celebrar el santo del pretendiente, aunque el informe hacía la salvedad de que “es extraño, siendo el día 4 su fiesta onomástica”.

Finalmente, todo quedó en agua de borrajas, si había en las Cuencas algún comprometido con la conspiración, seguramente se echó atrás al conocer el fracaso de Badalona y ni los registros ni los interrogatorios que se ordenaron en aquellos días sirvieron para probar nada. Carlos VII se quejó más tarde de que la impaciencia de unos y la mala fe de otros habían paralizado los trabajos que tan bien se llevaban para la instauración de su Monarquía. Desde las alturas del partido se pidieron cabezas, y el carlismo entró en una crisis en la que menudearon los abandonos y las acusaciones de traición entre sus integrantes; hubo que renovar sus estructuras completamente, una labor de la que se encargó Matías Barrio Mier quien intentó la renovación potenciando el ascenso de los más jóvenes a los cargos de responsabilidad.

Luego llegó la represión gubernamental que se ejerció principalmente sobre las asociaciones tras las que se parapetaban los tradicionalistas; se cerraron sus revistas y sus editoriales y los militantes más destacados tuvieron que partir al exilio, que muchos ya conocían bien y lejos de España murió también el 18 de julio de 1909 el frustrado Carlos VII, en Varese, la capital de Lombardía, a los 61 años de edad.

Entonces le llegó el turno a un nuevo pretendiente. Ya conocen el gusto de los Borbones por desgastar el santoral y aunque pertenezcan a la rama díscola de la familia siguen cumpliendo esta costumbre. No me invento sus nombres de pila, vean como se llamaba: Jaime Pío Juan Carlos Bienvenido Sansón Pelayo Hermenegildo Recaredo Álvaro Fernando Gonzalo Alfonso María de los Dolores Enrique Luis Roberto Francisco Ramiro José Joaquín Isidro Leandro Miguel Gabriel Rafael Pedro Benito Felipe de Borbón y Borbón-Parma; aunque esperaba reinar simplemente como Jaime III en España reivindicando también de paso la corona francesa.

Con él cambió todo y sus ideas progresistas acabaron dividiendo al carlismo hasta nuestros días, como les explicaba al principio de este artículo. Para que se hagan una idea: se afilió a la CGT francesa y sus partidarios defendieron los estatutos vasco y catalán durante la II República -«me considero y me he considerado siempre como un socialista sincero, en el sentido exacto de la palabra, y nadie podrá negarme que en todo momento he hecho cuanto he podido para conocer las necesidades verdaderas del pueblo», dejó escrito-. Pero en el mundo real del trabajo esos personajes ya olían a polilla y el socialismo se entendía de otra manera: si alguna vez en el mundo rural de la montaña central se habían visto alguna boina roja, el polvo del carbón acabó haciendo que todas fuesen negras.

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