la regentaCarlos Albéniz

Lo que hoy algunos llaman “cultura española” es un invento de los intelectuales liberales que, a lo largo de los siglos XIX y XX, desmantelaron las culturas tradicionales de las Españas para imponer un engendro aculturizador que apuntalase un sistema económico injusto.

Sirva como ejemplo un pasaje de la, por otra parte excelente, citada novela de Leopoldo Alas “Clarín”. Uno de sus personajes es Don Francisco de Asís Carraspique, a quien se presenta como “uno de los individuos más importantes de la Junta Carlista de Vetusta”, de quien alguien dice que aunque es millonario vive como un miserable. Abundando en esa opinión, se le reprocha haber permitido que una de sus hijas, que había profesado en un convento, se esté muriendo de tísis, por la “humedad e inmundicia” del convento, al que se califica como “pocilga”. Otro personaje, el médico Don Robustiano, declara que “ya existen conventos que los construyan en condiciones higiénicas”. Alas define la religiosidad de Carraspique como “sincera y profunda” reconociendo que constituía en él “toda una virtud”.

¿Quiénes eran para Leopoldo Alas los carlistas? Además de Carraspique y sus hijas aparecen en las páginas de “La Regenta”, “trabajadores carlistas” que al Magistral, Don Fermín de Pas “respetaban por sacerdote, pero le temían por rico”. También dentro del “populacho madrugador” de “canteros, albañiles, zapateros y armeros carlistas”.

La hija de Carraspique muere de tuberculosis en el convento. El periódico liberal “El Alerta” proclama, probablemente con razón, que la pérdida es debida a “la falta de condiciones higiénicas del edificio miserable que habitan las Salesas” aprovechando para arrimar el ascua a su sardina política.

No sé si a Clarín se le pasaría por alto un detalle o quiso que sus lectores lo intuyesen. La tuberculosis, en ese tramo final del siglo XIX en el que transcurre “La Regenta”, asolaba los míseros hogares de los obreros. Aquellos obreros, campesinos desgajados del campo por las desamortizaciones, para enriquecer a la burguesía liberal, sucumbían a la enfermedad hacinados en sórdidos habitáculos, tras agotadoras jornadas de trabajo. Rosa Carraspique vivía como esos trabajadores, con lo cual no hacia sino ser consecuente con el Evangelio. Como era consecuente su padre, Don Francisco de Asís, de quien se dice que vivía como un miserable a pesar de su dinero, hecho que se califica de avaricia. Pero también se afirma que “era el mayor contribuyente que tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII”. El señor Carraspique vivía, en opinión de los burgueses de Vetusta, como un miserable, es decir como el populacho, como los trabajadores carlistas y no carlistas.

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